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A los 93, Ellen Burstyn mostró que caminar no alcanza: por qué la fuerza se volvió clave en la vejez

La actriz mantiene paseos diarios, gimnasio y un preparador físico. Especialistas consultados recomiendan sumar trabajo de resistencia para sostener la estabilidad y prevenir caídas, sobre todo cuando hay artritis o fracturas previas.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 24 d
A los 93, Ellen Burstyn mostró que caminar no alcanza: por qué la fuerza se volvió clave en la vejez

El sol cae a plomo sobre la vereda de cualquier barrio porteño y uno piensa en cruzar la plaza al paso, sin más. Pero el cuerpo, a cierta edad, pide algo más que buena voluntad y una caminata. La actriz Ellen Burstyn, que acaba de cumplir 93, lo dejó claro en una entrevista reciente: "Camino todos los días, hago ejercicio en el gimnasio y me cuido", resumió, como si fuera la cosa más simple del mundo. Y sin embargo, debajo de esa frase, hay toda una filosofía de vida que los especialistas en medicina del deporte y los kinesiólogos vienen repitiendo hace años: caminar está bien, pero no siempre alcanza.

Caminar y levantar peso no son lo mismo

La distinción importa más de lo que parece. Caminar es una actividad aeróbica, mueve el corazón, mejora el humor, oxigena la cabeza y permite recorrer la ciudad con una compañía, un perro, un amigo. Pero no trabaja los músculos de la misma manera que una sesión de fuerza. Para acciones tan cotidianas como levantarse de una silla sin empujarse con las manos, cargar una bolsa del super o mantenerse firme cuando el colectivo frena de golpe, hacen falta glúteos fuertes, piernas firmes y un tronco estable. Ahí entra el otro plato de la rutina que Burstyn describe: el gimnasio y el entrenamiento con un preparador físico.

Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva y responsable del Programa de Medicina del Estilo de Vida de Cleveland Clinic, lo dijo con una imagen muy concreta: fortalecer los glúteos favorece la estabilidad cotidiana y puede contribuir a que los adultos mayores sufran menos caídas. Parece menor, pero una caída a los ochenta o noventa años puede terminar en una internación, una fractura de cadera y meses de recuperación. Por eso los profesionales insisten en que la fuerza no es un capricho estético: es una forma de sostener la independencia.

Un circuito breve, de pocos minutos

El entrenador Álvaro Puche suele proponer, para sumar a las caminatas, un circuito muy corto de resistencia. La idea es simple: tres o cuatro minutos, tres veces por semana, con ejercicios que se pueden hacer en casa o en un gimnasio, según las posibilidades de cada uno. La lista incluye movimientos que cualquier vecino puede entender sin demasiada explicación:

  • Ponerse de pie desde una silla sin ayudarse con las manos.
  • Elevar los talones parado, para trabajar gemelos y equilibrio.
  • Remo con banda elástica, sentado o de pie, para la espalda.
  • Flexiones inclinadas contra una mesa o un apoyo firme que no resbale.

La altura del asiento, el recorrido del movimiento, la tensión de la banda y la cantidad de repeticiones se ajustan a quien entrena. La técnica y la seguridad van antes que la velocidad. Eso lo remarcan tanto los médicos como los kinesiólogos: no se trata de hacer muchos repeticiones rápido, sino de hacerlas bien, sin dolor, sin forzar articulaciones que ya tienen sus años.

Cuando el cuerpo pide cuidados especiales

Acá entra un dato que el material menciona y que vale repetir, porque no es un detalle menor. La propia Burstyn tuvo dos fracturas de muñeca, usa una férula en una mano y convive con artritis. Eso quiere decir que su rutina es suya, no una receta para copiar y pegar en la vida de cualquier jubilado. Quienes tengan lesiones previas, dolores que no se van, enfermedades crónicas o dificultades para mantener el equilibrio deberían pasar primero por una consulta con su médico de cabecera, un kinesiólogo o un profesional capacitado en ejercicio antes de empezar a levantar peso o hacer sentadillas en el living de casa. En el barrio de Saavedra, donde me crié, la doña del almacén siempre decía que cada cuerpo trae su historia, y en este tema la frase calza justo.

Y hay un costado que a veces se pasa por alto, pero que los especialistas rescatan: la fuerza también es salud mental. Levantarse solo de una cama, subir una escalera sin ayuda, poder cargar un bolsón son gestos pequeños que sostienen la autoestima de los adultos mayores. Perderlos, aunque sea de a poco, va erosionando la confianza y favorece el aislamiento. Por eso entrenar, aunque sea unos minutos, termina siendo también una forma de seguir adentro del mundo.

La vida entera como rutina

Burstyn contó que empezó a cambiar sus costumbres cerca de los 40 años. Mantiene una alimentación vegetariana, dejó el alcohol y el cigarrillo hace décadas, sigue trabajando, lee, recibe visitas, va a conciertos. El movimiento es una pieza más de esa vida, no un sacrificio aislado. Como quien riega una planta cada mañana sin pensarlo, ella camina, va al gym y se cuida como parte del día. No lo presenta como una hazaña ni como un mandato, sino como un hábito construido durante décadas, con paciencia y con ayuda profesional cuando hizo falta.

Quizá lo que queda, después de repasar su rutina y las recomendaciones de los especialistas, es esa imagen que me gusta cerrar: una señora de casi noventa y tres años cruzando una calle de Manhattan con su perro, el bastón firme, el paso corto pero seguro, y del otro lado del mundo, en cualquier ciudad de la Cuenca del Plata, una persona de su edad levantándose sola de una silla en el patio, sin que nadie tenga que ir a ayudarla. El movimiento, cuando se vuelve costumbre, termina siendo una forma de seguir contando los días uno por uno, en primera persona, hasta que el cuerpo diga basta. Y ese día, dicen los que saben, suele llegar mucho más lejos de lo que uno imagina si se empezó temprano y no se dejó nunca.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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