Caminar, cargar peso y revisarse: la receta de López Rosetti para llegar grande a los ochenta
El médico clínico y cardiólogo Daniel López Rosetti explicó cómo armar una rutina gradual para cuidar cerebro y corazón al mismo tiempo, con foco en la autonomía después de los sesenta.
Arrancamos la tarde con esa humedad tibia que se pega a la vereda de adoquines en los barrios del sur, y que a veces parece empujarte a quedarte adentro con el ventilador puesto. Pero justamente de eso se trata lo que vino a recordar el doctor Daniel López Rosetti: de no regalarle a la silla el dominio de la jornada. En su último paso por los medios, el médico clínico y cardiólogo propuso algo que suena sencillo y al mismo tiempo cuesta horrores sostener: sumar caminatas, algo de fuerza y los controles médicos de rutina como trípode para cuidar, juntos, cerebro y corazón.
La idea central, según desarrolló, es que ambos órganos comparten las mismas arterias y la misma sangre, así que lo que le hace bien a uno termina ayudándole al otro. Eso, contó, es la razón por la que recomienda empezar a moverse aunque la decisión llegue tarde y la panza ya pida reposo. Lo importante, dijo, es empezar con algo que resulte agradable y que se pueda sostener en el tiempo, porque la magia no está en la intensidad sino en la constancia.
La caminata como punto de partida
López Rosetti sugirió tomar como base los famosos ciento cincuenta minutos de caminata rápida por semana, repartidos en cinco días de media hora cada uno. La forma de saber si el ritmo es el adecuado, explicó, es muy práctica: tiene que permitir conversar sin quedarse sin aire, como dijo él, "caminar y charlar a la vez". Esa referencia sirve de termómetro casero para no pasarse ni quedarse corto, porque el cuerpo termina marcando el pulso aunque uno no se lo proponga.
- Caminar media hora cinco días por semana, sin necesidad de hacerlo todo de corrido.
- Tomar como referencia la posibilidad de mantener una conversación sin ahogarse.
- Sumar ejercicios de fuerza dos o tres veces por semana, en casa o en el club.
- Usar opciones simples: pararse y sentarse de una silla, flexiones contra la pared, bandas elásticas o pesas livianas.
- Sumar controles de presión arterial, diabetes, colesterol, peso y audición.
- Dormir bien, comer al estilo mediterráneo y mantener vida social activa.
La fuerza, el oído y el café con los amigos
El especialista puso el foco también en el trabajo muscular, sobre todo en las personas mayores, porque del tono de los músculos dependen el equilibrio, la manera de levantarse de una silla sin ayuda y, en definitiva, la autonomía. Levantarse y sentarse varias veces, hacer flexiones contra la pared o usar bandas elásticas y cargas livianas son opciones al alcance de cualquier living, sostuvo. A eso le sumó una recomendación que suele quedar olvidada: controlar la audición. La pérdida de oído, advirtió, va aislando a la gente de a poco, y ese aislamiento es un enemigo silencioso tanto del corazón como del cerebro.
La parte social, para mí, es la más linda de toda esta conversación. López Rosetti insistió en que mantener el contacto con otras personas forma parte del tratamiento aunque no haya píldoras de por medio. Como me dijo una vez Irma, del barrio de San Telmo, mientras tomábamos un café con leche en su mesa del fondo: "A mí lo que me levanta es verle la cara a la gente". Esa frase, que no es médica pero tampoco le va muy lejos, resume algo que la ciencia viene repitiendo hace rato y que en estas tierras siempre supimos: el ñeheñói, esa conversación larga de sobremesa que en guaraní describe ese rato donde uno se queda charlando sin apuro, también cuida.
Señales para frenar y consultar
El cardiólogo dejó una lista de luces amarillas para no dejarse estar: si durante la actividad aparecen mareos, dolor de pecho, palpitaciones o una falta de aire que no estaba antes, lo que corresponde es detenerse y consultar al médico. También señaló que sentir fatiga en tareas cotidianas, como subir dos tramos de escalera, es motivo suficiente como para pedir un turno y revisarse. En ese punto coincidió con los controles de siempre: presión, diabetes, colesterol, peso, tabaquismo y consumo de alcohol, más la atención de los cuadros depresivos, que muchas veces se disfrazan de cansancio y terminan pasando por alto.
Me quedo con la imagen de una amiga de la cuadra, Marta, que a sus setenta y dos años volvió al club de su barrio después de años de no pisarlo. Me contó que empezó yendo solo a tomar un café en el buffet, después se anotó en un taller de memoria, y hoy camina tres veces por semana con un grupo de señoras del barrio que se conocen desde el secundario. Cuando le pregunté qué había cambiado, me dijo, mirándome fijo mientras acomodaba una gardenia en el florero de la mesa: "Nada, hija, lo único que hice fue dejar de quedarme adentro". Esa frase, me parece, vale más que cualquier indicio de prospecto.
