Cuando el cuerpo no apaga la alarma: las señales cotidianas del estrés que ya se cronificó
Dormir mal sin causa aparente, perder el hilo de una idea o explotar por un contratiempo menor pueden parecer males menores, pero especialistas y estudios recientes marcan un umbral a partir del cual la exigencia deja de ser una semana pesada y pasa a ser un modo de funcionamiento que deteriora la memoria, el ánimo y la salud.
Hay tardes de enero en Buenos Aires en las que el calor parece empujar la siesta hacia cualquier escritorio, y uno termina confesando, casi en voz alta, que está reventado. A mí me pasó esta semana, mientras leía los últimos reportes sobre cansancio sostenido: terminé convenciéndome de que el problema no es tanto dormir poco como no poder apagarse nunca. La diferencia entre una mala semana y algo más de fondo es, justamente, lo que los especialistas empiezan a marcar con bastante claridad, y es lo que vale la pena repasar con cuidado, porque nos toca de cerca a cualquiera que haya cumplido los cuarenta y siga intentando sostener trabajo, familia y algo parecido a una vida social.
Lo que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, más conocidos por su sigla CDC, vienen difundiendo es bastante directo: cuando el estrés se estira en el tiempo aparecen dificultades para dormir, problemas de concentración, cambios de humor y una menor capacidad para tomar decisiones, y la mayoría de las veces esos síntomas se presentan de manera dispersa, como si fueran cosas sueltas y no un cuadro único. Uno se despierta a las tres de la mañana sin un motivo claro, olvida lo que iba a decir a mitad de una frase o reacciona con más intensidad de la esperada ante un contratiempo menor, y al rato está otra vez firmando mails como si nada hubiera pasado.
Qué dice la ciencia que se publica este año
Una revisión muy reciente, publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology, se tomó el trabajo de repasar 45 revisiones y más de dos mil estudios, y encontró algo que a esta altura ya no sorprende pero sí ordena la discusión: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, especialmente los que tocan la atención, la memoria y las llamadas funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico, lo cual quiere decir que no es una impresión subjetiva sino un patrón que se repite en la literatura científica con una insistencia difícil de ignorar.
A ese cuadro se suma otro trabajo, publicado en 2024 en la revista Neurobiology of Stress, que observó que la exposición prolongada al estrés puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta, que son justamente las herramientas mentales que uno usa cuando planifica un viaje, organiza una reunión de consorcio o decide si lleva a los chicos al médico el sábado a la mañana. Leah Doane, profesora de Psicología de la Arizona State University, lo explica con una imagen que me quedó dando vueltas: el problema aparece cuando la respuesta de estrés no logra apagarse, y entonces el cerebro deja de administrar bien los recursos más básicos, como organizar, recordar, priorizar y responder con calma, que pasan a ser tareas que consumen más energía que antes, como si al auto le hubieran cambiado la nafta por aire.
Las señales que conviene aprender a leer
- Dormir peor sin una causa médica nueva, con despertares nocturnos o un sueño que ya no repara como antes.
- Perder el hilo de una conversación o no encontrar palabras que uno siempre tuvo a mano.
- Irritarse con cosas que antes no movían el amperímetro, desde una fila en el banco hasta un mensaje mal escrito.
- Sentir que la rutina sigue en pie por fuera pero que por dentro se está funcionando en modo automático, casi en piloto.
- Tener la sensación de que decidir cualquier cosa demanda un esfuerzo desproporcionado, incluso lo más simple.
Una de las razones por las que este cuadro pasa tan desapercibido es que la continuidad de la rutina funciona como una señal engañosa, porque uno puede seguir llegando a tiempo, contestando mensajes y cumpliendo con todo mientras convive con un sueño fragmentado y con una tolerancia a la frustración cada vez más corta, y eso es justamente lo que hace peligroso al fenómeno, ya que nadie alrededor se alarma si la persona sigue cumpliendo, y a veces ni la propia persona se alarma, porque la vara de lo normal se va corriendo de a poco, casi sin que nos demos cuenta. En los espacios de bienestar y de divulgación psicológica empezó a circular una expresión, que es la de modo supervivencia, que no es un diagnóstico clínico pero sirve para ordenar señales que tomadas de a una parecen intrascendentes, y lo que importa no es tanto el rótulo sino el patrón, porque cuando dormir mal, estar más corto de genio y desatender se vuelven la nueva normalidad, ya no estamos hablando de una semana pesada sino de un estado de alerta sostenido que nos va limando sin que lo notemos.
“Una de las razones por las que este cuadro pasa desapercibido es que la continuidad de la rutina actúa como señal engañosa: alguien puede seguir llegando a tiempo, respondiendo mensajes y cumpliendo compromisos, aunque conviva con sueño fragmentado y una tolerancia cada vez menor a la frustración.”Ariel Da Silva, sección Sociedad y vida cotidiana
A mí lo que me sirve, cuando el tema se pone así de denso, es hablarlo con alguien que no tenga ningún título colgado en la pared pero que conozca el problema de memoria. Por eso me acerqué hasta el bar de la esquina, en el barrio de San Telmo, donde atiende todas las mañanas Marta, que tiene 53 años y hace veintipacho que ve pasar oficinistas, madres con cochecito y jubilados que van a buscar el diario. Me dijo, mientras secaba un vaso, que lo nota en la gente: muchos entran pidiendo un cortado y ya están mirando el celular como esperando la próxima mala noticia, y a veces les pregunta cómo andan y le contestan un bien que suena hueco, como una palabra gastada de tanto usarla, y ella, que es de esas personas que se criaron escuchando hablar en guaraní a su abuela correntina, repite una frase que le quedó de chica y que cada tanto me parece más justa, que es la de ñande reko, que en criollo viene a significar algo así como nuestro modo de vivir, porque a veces uno se olvida de cómo vive y se queda solamente con cómo sobrevive, y eso, miren lo que les digo, no es lo mismo.
La recomendación que se repite, y que los propios CDC comparten en sus materiales de divulgación, pasa por no esperar a estar quebrado para tomar cartas en el asunto, porque cuando el cansancio deja de ser una respuesta puntual a una exigencia concreta y se convierte en el estado de fondo, el cuerpo termina pagando la cuenta en forma de sueño que no alcanza, memoria que falla y un humor que se va angostando sin aviso, así que la mejor herramienta sigue siendo la más antigua y la más difícil, que es frenar a tiempo, pedir ayuda cuando hace falta y volver a mirarse sin la prisa de la rutina, aunque la rutina siga ahí, del otro lado de la puerta, esperando como un perro fiel al que también hay que sacarlo a pasear.
Cierro la nota como la empecé, en una vereda de Buenos Aires con un sol que no afloja: lo que se cronifica no es el trabajo ni los problemas, porque esos van y vienen, lo que se cronifica es la sensación de no poder parar nunca, y a veces alcanza con reconocerla para que deje de mandar, aunque sea un rato, aunque sea hasta la próxima mancha.
