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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando el plato y la cabeza cuentan la misma historia: la propuesta de una psicóloga para mirar la fatiga y el desánimo sin quedarse en la superficie

Kimberley Wilson sugiere sumar preguntas sobre alimentación, descanso y movimiento a la consulta por síntomas emocionales. Asegura que una carencia no reemplaza un diagnóstico, pero puede ser una pieza clave del rompecabezas.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 11 d
Cuando el plato y la cabeza cuentan la misma historia: la propuesta de una psicóloga para mirar la fatiga y el desánimo sin quedarse en la superficie

Todavía pega el sol de las cinco de la tarde sobre la vereda cuando uno empieza a conversar con María Laura, vecina de Villa del Parque, que dice estar cansada desde hace meses. No es un cansancio de correr detrás del colectivo: es ese que no se va ni durmiendo, el que se mezcla con la apatía y con una tristeza que no sabe bien de dónde sale. Mientras caminamos hacia la plaza, ella me cuenta que ya probó con análisis de sangre, con cambiar la dieta por su cuenta y con caminar un rato más por la manzana, pero nada termina de cerrar del todo. Esa sensación de búsqueda, esa de no encontrar una respuesta única, es la que puso en palabras la psicóloga Kimberley Wilson en un planteo que empieza a circular con fuerza en el mundo de la salud mental: la idea de que la evaluación de un síntoma emocional no puede quedarse en la consulta estrictamente psicológica, sino que tiene que mirar también lo que hay en el plato y en la almohada.

La especialista propone, ni más ni menos, incorporar la evaluación nutricional como una pieza más del cuidado de la salud mental. Para ella, el cansancio persistente, la apatía y el ánimo bajo deberían abrir la puerta a una revisión integral, que sume alimentación, descanso y movimiento a la psicoterapia y a los medicamentos cuando haga falta. No se trata, aclara, de reemplazar ningún abordaje, sino de ampliar la lupa. En su planteo, una persona con antecedentes traumáticos puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría ver cómo parte de sus síntomas se alivian al corregir una carencia concreta. Es, si se quiere, una mirada que acepta que el sufrimiento psíquico suele tener varios dueños a la vez.

Qué nutrientes quedaron en el centro de la escena

  • Vitaminas del grupo B, en particular la B3 y la B12, ligadas al funcionamiento cerebral.
  • Zinc y selenio, minerales que participan en la regulación del ánimo y del sistema nervioso.
  • Omega-3, presentes en los pescados grasos y asociados a procesos inflamatorios y cognitivos.

Wilson aclara, y esto me parece clave para no simplificar el debate, que la insuficiencia de cualquiera de estos nutrientes no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental. Puede, en todo caso, agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso sugiere investigar posibles déficits ante síntomas persistentes, en lugar de darlos por sentados. En la lista de alimentos recomendados aparecen los pescados azules, esos que en la costa se conocen de toda la vida: sardina, salmón y caballa, con la sugerencia de incorporar al menos una porción por semana. Para quienes llevan una dieta vegetariana o vegana, la psicóloga remite a un profesional de salud para evaluar alternativas de suplementación, sin recetas caseras ni atajos por las redes.

Detrás de esta mirada hay una historia concreta: su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias. También suele citar ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con una disminución de episodios violentos. La propia psicóloga reconoce que esa asociación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, y lo dice para evitar lecturas lineales que terminan siendo injustas con quien las sufre. En criollo, y aunque el término suene ajeno, la idea se parece mucho a lo que en algunos barrios del Litoral se resume con el guaraní jepota, esa fuerza que se gasta cuando el cuerpo no recibe lo que necesita para sostenerse. No es un reemplazo de la palabra clínica, es apenas una imagen para entender por qué la propuesta de Wilson empieza a resonar.

El mapa completo de la consulta

  • Sueño: cantidad, calidad y regularidad.
  • Movimiento: sedentarismo o actividad física.
  • Consumo de sustancias: alcohol, tabaco, psicofármacos no prescriptos.
  • Conflictos personales y situaciones de estrés, incluido el laboral.
  • Alimentación: patrones, restricciones y posibles déficits.

La propuesta, en definitiva, se sostiene en una idea bastante simple de explicar y bastante difícil de aplicar: los efectos de modificar la alimentación, el descanso y el movimiento corporal no aparecen de un día para el otro. Pueden tardar meses en percibirse, y por eso la constancia y el acompañamiento profesional son tan importantes como la elección del suplemento o del menú. María Laura, mientras tanto, se acomoda el bolso, mira la plaza ya casi vacía y me dice que va a pedir un turno con un nutricionista además de seguir con su psicóloga. Dice, con esa mezcla de cansancio y de esperanza que ya conozco en varios vecinos del barrio, que por lo menos ahora siente que alguien la mira completa y no solo una parte. Y uno se queda pensando que, en el fondo, de eso se trata la salud: de animarse a leer la historia entera.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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