Cuando la grasa se va demasiado lejos: lo que el cuerpo empieza a perder sin que uno lo note
Expertos en fisiología y metabolismo coinciden en que reducir el tejido adiposo por debajo de ciertos umbrales puede comprometer músculos, huesos y equilibrio hormonal. La edad, el sexo y hasta el método con el que uno se mide cambian la lectura.
A veces uno sube a la balanza de bioimpedancia del gimnasio convencido de que mientras más bajo aparezca el porcentaje de grasa corporal, mejor. Es un razonamiento tentador, sobre todo en un país donde las revistas del corazón y las publicidades de suplementos repiten sin cesar la idea de que un cuerpo «definido» es, por definición, un cuerpo sano. Lo que suele quedar callado, en cambio, es que existe un punto a partir del cual la delgadez deja de ser aliada y empieza a pasarnos factura. Y no hablo de cuestiones estéticas: hablo de hormonas que se desordenan, de huesos que se vuelven más frágiles y de músculos que, paradójicamente, se pierden justo cuando uno más entrena.
Por qué el cuerpo necesita una reserva mínima
El tejido adiposo no es un adorno ni un enemigo a exterminar a cualquier precio. Es, entre otras cosas, una especie de tanque de combustible que el organismo utiliza cuando la comida escasea o cuando el esfuerzo físico lo demanda. Y por si eso fuera poco, fabrica hormonas. Una de las más conocidas es la leptina, que le dice al cerebro cuánta energía tenemos guardada. Cuando esa señal baja demasiado, el cuerpo toma decisiones drásticas: apaga funciones que considera prescindibles, como la reproducción, para reservar lo poco que queda.
- La masa magra puede empezar a consumirse como fuente de energía alternativa, lo que va en contra de los objetivos de quien entrena pensando en ganar músculo.
- La producción de tejido óseo y la reparación de los huesos se ven afectadas, con un riesgo de osteoporosis que en las mujeres se potencia tras la menopausia.
- En los hombres, la testosterona puede caer, y con ella la energía, la fuerza y el ánimo.
- En algunas deportistas aparecen irregularidades menstruales o directamente ausencia de menstruación, una señal de alarma que nunca conviene subestimar.
- El sistema inmune responde peor ante infecciones serias: sin reservas suficientes, el cuerpo se queda sin herramientas para defenderse.
“Cuando la grasa cae por debajo de cierto umbral, el cuerpo prioriza sobrevivir y empieza a dejar de lado funciones que, a corto plazo, no le resultan indispensables.”Fredrik Karpe, profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford
Los números, además, son más altos de lo que uno imagina. En un estudio con más de setecientos deportistas que utilizó densitometría DEXA —el método más preciso que existe para diferenciar grasa, músculo y hueso—, los valores mínimos registrados fueron del 10% en hombres y del 16% en mujeres. Es decir, estamos muy lejos de aquel 1% o 2% que circula en las redes cuando alguien presume de estar «definido». «Menos reservas no significa automáticamente mejor estado físico», resume Jessica Maung, investigadora de enfermedades metabólicas de la Universidad de Míchigan.
La advertencia, igual, vale para el otro extremo. El exceso de grasa también preocupa, sobre todo cuando se acumula en la zona abdominal, lo que en la jerga médica se llama grasa visceral. Esa es la que envuelve los órganos, la que se asocia con problemas cardiovasculares, diabetes tipo 2 e inflamaciones crónicas. El punto intermedio, entonces, no es un número mágico: depende de la edad, del sexo y de cómo se reparte el tejido adiposo en cada cuerpo.
En lo personal, cada vez que escucho a algún vecino del barrio de San Telmo decirme que se pasó tres meses sin probar un pan y ahora se siente «bárbaro», me acuerdo de doña Estela, que toda la vida atribuyó sus desmayos a los nervios hasta que un endocrinólogo le explicó que llevaba años comiendo muy poco. A veces la sensación de bienestar es real, sí, pero está montada sobre una fragilidad que sólo se ve cuando algo se rompe. Por eso insisto: antes de celebrar un porcentaje bajo en la balanza, conviene sentarse con un profesional, cruzar datos con un análisis de sangre y, sobre todo, recordar que el cuerpo no es una escultura. Es una máquina de conversar consigo misma, y cuando le quitamos demasiada grasa, lo que oímos de vuelta es un mensaje que conviene aprender a leer antes de que sea tarde.
