Cuando la presión sube sin aviso: la otra pandemia que atraviesa a la Argentina
Casi doce millones de adultos conviven con hipertensión en el país y cuatro de cada diez lo ignoran. Una recorrida por los números, los cuidados cotidianos y lo que dice la Organización Mundial de la Salud sobre una condición que avanza en silencio.
Una de esas mañanas de enero en las que el termómetro no da tregua y el río baja pardo y lento, me acordé de algo que me dijo hace un tiempo don Osvaldo, de Boedo, mientras tomábamos un cortado en el bar de la esquina: «Yo me sentía bárbaro, y cuando me fui a hacer el chequeo de rutina tenía la presión por las nubes». Esa frase me quedó dando vueltas porque resume, sin saberlo, lo más traicionero que tiene la hipertensión arterial: que suele instalarse sin que el cuerpo avise, y que uno se entera, muchas veces, cuando ya es tarde. La OMS acaba de sacar un informe mundial que vuelve a poner el tema en el centro de la escena, y los números argentinos son un espejo de lo que pasa en buena parte del mundo.
Una condición que crece en silencio
El Registro Nacional de Hipertensión Arterial, que reúne datos de todo el país, indica que el 36,3% de los adultos mayores de 18 años en la Argentina tiene la presión elevada. Son cerca de 12 millones de personas, un volumen enorme para una enfermedad que, en sus inicios, no duele, no molesta y suele pasar inadvertida. Lo más inquietante del cuadro es que casi cuatro de cada diez de esos doce millones desconocen que la tienen, lo que significa que conviven con un factor de riesgo sin haber sido diagnosticados ni, por lo tanto, tratados.
- Medirse la presión de forma periódica, aunque uno se sienta bien, porque la hipertensión suele ser asintomática en sus etapas iniciales.
- Reducir el consumo de sal y mantener una dieta variada, con verduras, frutas y legumbres como base cotidiana.
- Hacer actividad física de manera regular, incluso caminatas sostenidas varias veces por la semana.
- Atender el estrés crónico, dormir bien y sostener los controles médicos como parte de la rutina, no como una excepción.
A esa dificultad para detectar se le suma otra no menor: entre quienes ya están diagnosticados y reciben algún tipo de tratamiento, apenas alrededor del 44% logra mantener sus valores dentro de los rangos recomendados, según los datos que circulan a partir de registros sanitarios y estudios poblacionales. Es decir, no alcanza con saber que la presión está alta: hay que sostener un seguimiento que combine medicación cuando el médico lo indica, cambios de hábitos y controles periódicos para ajustar lo que haga falta. Y acá reaparece la frase de Osvaldo: sentirse bien no es sinónimo de tener la presión controlada, y la única manera de confirmarlo es midiéndola.
Un problema que cruza fronteras
El cuadro local se inscribe, además, en un escenario global preocupante. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial que publicó la Organización Mundial de la Salud en 2023, y que se reitera en las comunicaciones más recientes de la agencia, estima que alrededor de 1.400 millones de adultos en el mundo viven con presión elevada y que apenas uno de cada cinco la tiene controlada. Los países de ingresos bajos y medios concentran una proporción significativa de los casos no diagnosticados, y la Argentina, por su perfil epidemiológico, no escapa a esa lógica: el subdiagnóstico convive con un acceso desigual a controles según la región y la cobertura de salud.
Con el paso de los años, la hipertensión no controlada va deteriorando las paredes de las arterias y comprometiendo órganos vitales. Las complicaciones más temidas son los infartos de miocardio y los accidentes cerebrovasculares (ACV), pero también el daño renal, los problemas de visión y el deterioro cognitivo. Por eso los especialistas insisten en que la medición periódica de la presión, en el consultorio, en una farmacia o en el domicilio con un tensiómetro validado, es una herramienta sencilla, indolora y barata para cortar el problema antes de que se vuelva una urgencia.
Hábitos que pesan más de lo que parecen
Aunque la medicación es clave para muchos pacientes, hay un tramo importante del cuidado que pasa por lo cotidiano, y ahí la palabra en guaraní que siempre me vuelve a la cabeza es «ñande», que en criollo usamos para decir «nosotros, los de acá»: porque la presión no se cuida solo en el consultorio, se cuida en la mesa, en la plaza, en la forma de atravesar el día. Reducir la cantidad de sal que se agrega a las comidas, sostener una alimentación equilibrada, moverse al menos treinta minutos la mayoría de los días, controlar el peso, moderar el consumo de alcohol y atender el estrés crónico son medidas que, sumadas al tratamiento médico cuando corresponde, pueden hacer una diferencia enorme. «No es que la hipertensión se cure con una ensalada», me dijo una médica clínica del barrio de Caballito hace un tiempo, «pero sí es cierto que, sin esos cambios, ningún remedio termina de alcanzar».
Cierro esta nota como empecé: con el río a la vista y el calor pegando de lleno. La hipertensión tiene algo de metáfora de estos veranos largos: avanza callada, no avisa, y cuando uno se da cuenta ya acumuló varios grados de más. La buena noticia es que, a diferencia del clima, esta sí se puede domeñar: con controles regulares, con hábitos sostenidos y con el compromiso de tomarse la presión aunque el cuerpo no esté pidiendo nada. La próxima vez que pase por una farmacia o por el centro de salud, piense en Osvaldo, piense en esos doce millones de argentinos que caminan con la presión alta sin saberlo, y regálese un minuto para medirla. A veces, una cifra que parece menor cambia el resto de la vida.
