Cuando la vista, el cuerpo o las creencias avisan: señales que piden una consulta médica
Ver cosas que nadie más ve, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener ideas que alteran la convivencia no son exageraciones: pueden ser motivos válidos para pedir una evaluación profesional, que siempre pone los síntomas en contexto antes de llegar a un diagnóstico.
Volvía del supermercado con la bolsa pesada y el sol todavía clavado en la vereda cuando me detuve en la esquina de siempre. Ahí, mientras esperaba el colectivo, pensé en cuántas veces escuché eso de "no es nada, ya se me va a pasar" dicho con una sonrisa que tapa la preocupación. Pero hay señales que conviene no dejar correr, y que un profesional de la salud puede ayudar a leer antes de que se enquisten. Lo que sigue no reemplaza una consulta, pero ordena un mapa de situaciones que la gente suele descreer o relativizar hasta que ya se hizo tarde.
Ver, sentir o creer: por qué no alcanza con la voluntad
Una distorsión modifica algo que existe, como cuando una habitación parece encogerse de golpe. Una alucinación es percibir algo que no está afuera: una voz, una figura, una textura. Un delirio, en cambio, es una idea fija que se sostiene aunque haya pruebas en contra, y que suele meterse en la vida diaria hasta afectar el laburo, la pareja o la crianza. Las tres experiencias son distintas, y por eso cada una pide un abordaje distinto, empezando siempre por descartar causas médicas generales antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico.
- Ver imágenes que nadie más percibe, sobre todo en personas con pérdida importante de visión: puede tratarse del síndrome de Charles Bonnet, donde la persona suele reconocer que lo que ve no es real.
- Sentir que el cuerpo, los objetos o el tiempo cambian de tamaño, como en el síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, que en adultos se asocia con migrañas y en menores con encefalitis.
- Creer firmemente que uno no existe, que se convirtió en animal o que un ser querido fue reemplazado por un impostor: son experiencias que requieren atención profesional y no deben leerse como caprichos.
- Tener celos tan intensos que se vuelven una convicción inamovible, distintos de las discusiones habituales de pareja, conocidos como celos delirantes.
- Sentir organismos caminando sobre la piel o debajo de ella: hay que descartar primero infestaciones reales, déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones o consumo de sustancias.
La evaluación médica suele empezar por los antecedentes clínicos, un examen neurológico y cognitivo, y, si el cuadro es atípico, estudios de neuroimagen. Recién después de descartar otras causas se piensa en un posible cuadro psiquiátrico, y aun así el tratamiento se arma a la medida de cada persona, de su historia y de su entorno. Por eso ningún síntoma de los que mencioné alcanza por sí solo para hablar de una enfermedad: el contexto es el que termina de darle sentido, y ese contexto lo construye el profesional junto con el paciente.
“No hace falta tener un diagnóstico en la cabeza para pedir una consulta. A veces el cuerpo, la vista o las ideas avisan antes de que le pongamos nombre, y escucharlos a tiempo es la forma más concreta de cuidarse.”Ariel Da Silva, Sociedad y vida cotidiana
