Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

Cuando un café de más les roba el sueño a los pibes: lo que hay que saber sobre la cafeína en la adolescencia

Especialistas de Yale advierten que el consumo de cafeína en adolescentes puede traducirse en insomnio, temblores, palpitaciones y un cansancio que se retroalimenta; recomiendan revisar qué se toma, a qué hora y hasta qué punto las bebidas energéticas no son una opción para los menores de 18 años.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 24 d
Cuando un café de más les roba el sueño a los pibes: lo que hay que saber sobre la cafeína en la adolescencia

A esta altura de la tarde, con el río Paraná entrando naranja por la ventana y el ventilador girando sin parar, uno se imagina a cualquier pibe de quince o dieciséis años con un vaso largo de gaseosa cola en la mano y el celular encendido hasta la madrugada. Lo que parece una costumbre sin consecuencias, sin embargo, empieza a ser mirado con lupa por los médicos. Yo te lo cuento mientras el calor te pega en la cara, porque el tema va de eso: de lo que parece un gusto inofensivo y termina jugándole una mala pasada al cuerpo cuando todavía está creciendo. Un grupo de especialistas de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, vino a recordar algo que en muchas familias argentinas se da por sentado: la cafeína no es agua bendita, y en la adolescencia puede empeorar el descanso en lugar de espantar el cansancio.

La señal de alarma, dicen, no hay que buscarla en los manuales sino en la mesa de la cocina. Si el chico o la chica tarda en dormirse, se muestra irritable, le tiemblan las manos o le cae el rendimiento en la escuela, vale la pena revisar qué tomó a lo largo del día. No es cuestión de volverse policía de la heladera, me aclara mi vieja cada vez que le pregunto, pero sí de abrir el diálogo sin sermonear. Como me decía Marta, vecina del barrio de San Telmo, mientras esperaba el colectivo: a mí me pasaba de tomar tres matecocidos a la noche y después no pegar un ojo, imaginate un pibe con tres latas de energizante.

No todo es café: la cafeína se esconde donde menos se la espera

Acá viene uno de los datos que más me llamó la atención de la investigación. Cuando uno piensa en cafeína, piensa en el pocillo de café, en el cortado de la mañana o en un par de mates bien cargados. Pero los especialistas de Yale remarcan que la lista es bastante más larga y, para los adolescentes, bastante más tramposa. La sustancia aparece en bebidas energéticas, en algunas gaseosas, en el chocolate, en chicles e incluso en esos sobrecitos saborizados que se disuelven en agua y que los pibes llevan al colegio como si fueran caramelos. Según detallaron, esos sobres pueden aportar entre 50 y 200 miligramos de cafeína por unidad, un rango que ya se mueve en valores de los preocupantes para un cuerpo en formación.

“Los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden hacer que los jóvenes los prueben sin dimensionar cuánto están consumiendo realmente.”Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale

La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, también de Yale, fue más allá y describió el cuadro que puede aparecer cuando el consumo se desborda: palpitaciones, molestias digestivas, una inquietud que no se explica y, en los casos más sostenidos, ansiedad. No es que un café de tarde vaya a desatar una emergencia, pero lo que los médicos describen es una sumatoria silenciosa, de esas que van minando el sueño noche tras noche hasta que el pibe llega a marzo con cara de haber corrido una maratón.

La hora de la merienda manda: por qué después de las 14 ya no conviene

Otro punto que la investigación puso sobre la mesa es el horario, y ahí el reloj argentino tiene sus bemoles. Agrawal explicó que la cafeína empieza a hacer efecto entre 30 y 45 minutos después de tomarla y que, pasadas entre cinco y seis horas, todavía queda en el organismo alrededor de la mitad de lo que se ingirió. Es decir: si un pibe se toma una lata a las cinco de la tarde, a las once de la noche todavía tiene la mitad circulando. Por eso la sugerencia concreta es cortar el consumo después de las 13 o las 14, según el horario en que cada familia acostumbra acostarse.

Y acá entra algo que en la jerga médica se escucha seguido, aunque en criollo lo decimos a nuestra manera: la biología del pibe ya viene jugada. Durante la adolescencia el reloj interno se corre hacia horarios más tardíos y levantarse temprano cuesta el doble. Si a eso se le suma un energizante a la tarde para bancar la pelea contra el sueño, lo que se logra es un círculo vicioso: el estimulante apura la noche, el cansancio empuja a tomar otro al día siguiente y el descanso nunca llega completo. Como me decía Hugo, del barrio de Flores, mientras tomábamos una soda en la vereda: yo a esa edad vivía muerto, y en lugar de descansar me tomaba dos cafés más; peor era el remedio que la enfermedad.

Qué recomiendan los especialistas y qué lugar ocupa la pantalla

  • Evitar la cafeína antes de los 18 años y sacar las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes, según planteó Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale.
  • Prestar atención a las cantidades: revisar no solo el café y el mate, sino también gaseosas de cola, chocolates, chicles y sobrecitos saborizados que pueden sumar miligramos sin que la familia lo advierta.
  • Cortar el consumo después de las 13 o las 14, ya que la cafeína permanece en el cuerpo durante varias horas y puede interferir con el sueño nocturno.
  • Revisar las rutinas de pantallas antes de dormir: la luz de los celulares y las consolas reduce la producción de melatonina y, si se le suma cafeína, el combo se vuelve una pared para el descanso.
  • Establecer acuerdos familiares antes que prohibiciones absolutas, porque el consumo durante los videojuegos, por ejemplo, suele ser tanto un intento de mantenerse despierto como una costumbre compartida con otros jugadores.

Con todo, lo que más rescato de lo que dicen los especialistas de Yale no es la lista de prohibiciones, sino el llamado a mirar al pibe como lo que es: alguien en plena transformación. Los mismos médicos aclaran que los adolescentes pueden experimentar molestias con cantidades que a un adulto no le harían ni cosquillas. Entonces no se trata de asustarse por un cortado compartido en una sobremesa, sino de entender que lo que para uno es un ritual, para el cuerpo de un hijo en crecimiento puede ser un peso extra. Y ahí, claro, vuelve a aparecer la palabra que a mí, como porteño de toda la vida, me sale sola y que aprendí de mi abuela correntina, que en guaraní significa algo así como el corazón, lo que se siente de verdad: el ñehe. Porque más allá de los miligramos y los papers de Yale, lo que termina cuidando el sueño de un adolescente es que en la casa haya alguien dispuesto a mirarlo a los ojos y preguntarle cómo está durmiendo, sin apurarlo y sin juzgarlo.

AD
Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

Te puede interesar