Dos preguntas que cortan el ruido: cómo decidir la propia vida sin copiar el molde ajeno
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio sencillo para distinguir qué decisiones nacen de uno mismo y cuáles pesan por la familia, el barrio o la cultura. La ciencia lo respalda: elegir en función de los propios valores se asocia con más esfuerzo, más avance y más bienestar.
El sol cae a plomo sobre la vereda de Ramos Mejía cuando Daniel, vecino de toda la vida, me cuenta que lleva meses dándole vueltas a una decisión que parece chica pero no lo es: dejar el estudio jurídico que armó su padre para abrir un taller propio. No es el primer caso que me cruzo. En cada barrio que recorro aparece la misma sensación, esa especie de zumbido de fondo que dice que uno está viviendo un guion que le quedó grande, prestado, heredado sin haberlo pedido. Por eso me detengo cuando aparece un artículo que, en lugar de dar consejos declamativos, ofrece dos preguntas concretas para distinguir qué parte de la vida es genuinamente nuestra y qué parte responde a mandatos que ni siquiera sabíamos que cargábamos.
Las dos preguntas de Ira Bedzow
Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, en la Universidad de Emory, plantea el ejercicio con una crudeza que incomoda. La primera pregunta es directa: ¿de quién es la vida que estás viviendo? Casi todos respondemos rápido, sin trabarse, porque sentimos que la respuesta es obvia. La segunda es la que raspa: ¿quién debería determinar cómo vivís? Ahí aparece el silencio, la cara larga, la sensación de que el rumbo no estaba fijado por nadie desde afuera y que la responsabilidad del próximo paso también es nuestra, sin red.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, filósofo y director ejecutivo del Emory Purpose Project
Bedzow aclara que su planteo no es hermético ni solemne. Lo define como pensar en un nivel meta, lo que en la jerga filosófica suena denso pero en castellano de todos los días equivale a algo bien simple: revisar por qué elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados. Eso se puede practicar en decisiones chicas, del tipo de cambiar el horario de una clase o aceptar un café con un colega que sabe más que uno de un tema puntual, para ir fortaleciendo el criterio de cara a las decisiones grandes.
Lo que dice la ciencia sobre perseguir metas propias
El ejercicio que propone Bedzow, pensado para lectores de entre cuarenta y sesenta años que se encuentran en la mitad de la ruta y empiezan a notar el peso de los mandatos que arrastran desde la primaria, tiene una utilidad concreta: poner nombre a esos mandatos. Una vez que uno los identifica, puede decidir si los sostiene, los negocia o los deja ir, en lugar de seguir repitiéndolos por inercia. Y acá aparece el costado más humano del asunto, el que me cruzo cada vez que un vecino me abre la puerta: decidir no es un acto aislado, es un ida y vuelta permanente con la familia, los amigos, el barrio, la cultura, y por eso duele, y por eso también libera. Cerrar los ojos por un segundo frente a la ventana, escuchar el ruido de la calle y preguntarse en serio de quién es la vida que se está viviendo es un primer paso, chico pero decisivo, para dejar de actuar en la obra de otro y empezar a escribir la propia.
