El Coyote cambia la trampa por el juzgado y se cruza con Will Forte en una cruzada que incomoda a los poderosos
La película combina dibujo y actores reales, se anima al formato de juicio y convierte al perseguidor del Correcaminos en un querellante de manual: quién es quién, qué viejas reglas rescata la historia y por qué el público sale pensando en lo suyo.
Lo confieso: entré a la sala esperando ver al Coyote corriendo detrás del Correcaminos con otra trampa destartalada y salí pensando en algo muy distinto. La nueva película que lo pone en el centro de la pantalla dura más de noventa minutos y se anima a un género que no es el suyo: el cine de juicios. Sí, el mismo bicho que se lleva por delante acantilados, rocas y cohetes mal calibrados termina parado frente a un tribunal, con abogado y todo. Y lo mejor es que el ridículo nunca termina de irse del todo: está a la vista, funciona como motor cómico y, a la vez, como herramienta dramática.
El motor del relato es la dupla improbable. De un lado está el Coyote, personaje animado con casi todo el peso del humor físico: planes elaborados que revientan en el aire, aparatología imposible y una obstinación que ya es marca registrada. Del otro aparece un personaje humano interpretado por Will Forte, que encarna al contrapunto: el hombre común, trabajador, que ve cómo una empresa gigantesca le pasa por encima. Los dos funcionan con reglas distintas, pero comparten algo que la película se ocupa de subrayar: la insistencia de seguir de pie después de que todo sale mal. Esa coincidencia es la que organiza la historia y la que vuelve interesante verlos juntos en un mismo cuadro.
La fórmula corta, estirada a largo
La base que conoce cualquier fan de los Looney Tunes sigue intacta: un plan, un obstáculo inesperado, un desenlace adverso y vuelta a empezar. Lo que cambia es que ahora ese loop no dura siete minutos, sino que se estira para sostener una trama con búsqueda de justicia de por medio. Las caídas y los golpes dejan de ser sólo gag y se transforman en parte del recorrido del protagonista, en una manera de mostrar cómo se construye una decisión. La animación con actores reales vuelve a quedar probada como recurso: el caos animado convive con la pantalla con personas, y la mezcla no se siente forzada, sino parte del ADN de la saga.
- La transición del corto al largo no se nota tanto porque la perseverancia del Coyote ya era un motor en sí mismo: acá simplemente se le da más aire para respirar.
- El formato de juicio le saca al personaje el lugar del que siempre hizo reír y lo pone del lado del que pelea por algo concreto, lo que cambia el tono sin traicionarlo.
- La combinación con un personaje humano, el de Will Forte, ancla la historia en algo reconocible y le da una puerta de entrada al público que no creció mirando Looney Tunes.
- El humor físico sigue funcionando como alivio, pero ya no compite con el conflicto: lo acompaña, y eso es lo que sostiene las casi dos horas de película.
Si uno repasa los antecedentes de mezclar animación con personas reales en este universo, el camino está claro: Space Jam puso a los dibujos junto a Michael Jordan y convirtió al humano en la pieza central del conflicto, y Looney Tunes: De nuevo en acción repitió la idea con resultados desparejos. Esta nueva película hereda esa estructura y la pone al servicio de una historia con menos estrellas del deporte y más gente de a pie. Es un paso lógico y, a la vez, una declaración de intenciones: el Coyote ya no corre sólo detrás de un pájaro, corre detrás de algo mucho más grande.
La próxima función es la excusa perfecta para volver al cine a ver al Coyote litigando en lugar de preparando otra trampa. Si te lo cruzaste de chico en la tele y te dio lástima cada vez que se estampaba contra el cartel, esta película te va a dar algo más que lástima: te va a dejar con la sensación de que la insistencia, aunque sea en dibujos animados, todavía sirve para algo.
