El Niño que se viene asusta a los meteorólogos: 75% de chances de que sea el más feroz desde 1950
La NOAA actualizó sus proyecciones y advierte que el Índice Oceánico Relativo podría superar los 2,5 grados en el Pacífico ecuatorial, un umbral que ningún evento anterior logró cruzar. En el Litoral argentino ya se preparan para lluvias históricas y crecidas que pueden complicar la vida en varias provincias.
Arrancamos la nota con un termómetro en la mano porque la cuestión es justamente esa, la del calor que viene del Pacífico y que empieza a sentirse del otro lado de la cordillera. Yo soy de los que cree que cuando un organismo como el Centro de Predicción Climática de la NOAA, que depende de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, mueve sus números de un mes a otro, conviene prestar atención, y en este caso los movió para arriba: la probabilidad de que el fenómeno de El Niño que se está gestando sea el más intenso desde que existen registros sistemáticos pasó del 69% en agosto al 75% en la actualización de septiembre, un salto de seis puntos en apenas cuatro semanas que, para los científicos del organismo, refleja una aceleración preocupante del calentamiento en las aguas ecuatoriales del océano Pacífico.
Para medir esta bestia los especialistas usan desde hace años el Índice Oceánico Relativo de El Niño, conocido por sus siglas en inglés como RONI, que tiene la particularidad de no quedarse solo con la temperatura de la superficie del mar sino que la corrige descontando el calentamiento general que vienen sufriendo los océanos tropicales a nivel planetario, una manera de aislar lo que verdaderamente aporta El Niño del ruido de fondo del cambio climático. Según los modelos de la NOAA, existe un 75% de chances de que ese índice supere los 2,5 grados centígrados entre octubre y diciembre de 2026, un umbral que ninguno de los cuatro eventos catalogados como muy fuertes desde 1950 logró franquear: el récord actual lo tiene el episodio de 1982-1983 con 2,4 grados, y los otros quedaron todos en el rango de 2,0 a 2,4 grados, de modo que estamos hablando de un salto cuantitativo que no tiene antecedentes en más de siete décadas de mediciones.
Lo que ya se ve en el agua
Las anomalías de temperatura registradas en agosto sirven como termómetro de lo que está por venir: en la región conocida como Niño 3.4, la franja del Pacífico ecuatorial que los científicos miran con más atención, el agua estaba 1,8 grados por encima del promedio histórico; en la zona Niño 3 el termómetro marcaba 2,5 grados de anomalía; y frente a las costas de América del Sur la cifra se disparaba hasta los 3,4 grados, un número que pone en alerta a cualquier hidrólogo de la región porque es justamente esa zona la que termina alimentando las lluvias que caen sobre el Litoral argentino, el sur de Brasil y el Paraguay. La probabilidad de que el episodio sea catalogado como muy fuerte durante el otoño y el invierno del hemisferio norte, que es nuestra primavera y verano, supera el 90% según los modelos revisados por el Centro de Predicción Climática, lo que en la práctica significa que los meses que vienen van a ser movidos en gran parte del territorio nacional.
“El Niño es un fenómeno natural y global que nos está afectando y recién está empezando. Se intensificará de octubre a febrero. Es un Niño muy fuerte.”María Alejandra Cristanchi, jefa del sector de Hidrología de la Central Hidroeléctrica Yacyretá
Qué se espera en cada zona de Argentina
En Chaco, Formosa, Misiones y el este de Salta se esperan acumulados de 20 a 50 milímetros por encima de lo normal, con picos superiores a los 50 milímetros en zonas puntuales del Litoral durante diciembre, cuando la estación húmeda ya estará plenamente instalada.
A esta altura, y después de escuchar a los técnicos de Yacyretá y al pronosticador del Aeropuerto de Córdoba Marcelo Madelón, que calculó que el fenómeno posiblemente se extienda hasta el otoño de 2027, uno entiende que la palabra precaución dejó de ser un consejo y pasó a ser una necesidad concreta, sobre todo para los que vivimos en zonas ribereñas o en barrios bajos de ciudades como Corrientes, Resistencia, Posadas o Formosa, donde cada vez que el río se acerca al nivel de alerta suenan los teléfonos de los vecinos y se empiezan a subir las cosas al primer piso, una coreografía que muchos conocen de memoria y que este verano puede volver a repetirse con más agua de la que el suelo y las defensas están acostumbradas a aguantar. Yo, mientras tanto, miro la vereda de casa después de cada tormenta y trato de acordarme de aquella palabra en guaraní que los vecinos de la costa chaqueña usan para nombrar a la crecida, yvy marã'ỹ, que traducida vendría a ser algo así como la tierra sin fondo, una imagen que se me aparece cada vez que los partes meteorológicos empiezan a hablar de milímetros por encima del promedio como si fueran cifras menores, cuando en realidad cada milímetro extra es un centímetro menos de aire entre el agua y la puerta de mucha gente.
