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Domingo, 18 de octubre de 2026
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El ovario no se apaga: un estudio revela que sigue activo décadas después de la menopausia

Una investigación de universidades estadounidenses cuantificó más de 5.800 proteínas en tejidos de mujeres de entre 50 y 75 años y encontró que el órgano cambia, pero no deja de trabajar: se rearma, se inflama, se repara.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 2 h
El ovario no se apaga: un estudio revela que sigue activo décadas después de la menopausia

A veces uno se imagina el cuerpo como una casa a la que se le van cerrando las habitaciones con el paso de los años: la cocina primero, después el comedor, y al final queda nada más el pasillo. Pero la menopausia, ese umbral que tantas veces se describe como un punto final, no parece ser el cierre de una llave tan definitivo como nos contaron. Un equipo de la Universidad Northwestern y del Instituto Buck para la Investigación del Envejecimiento, en Estados Unidos, publicó en la revista Aging Cell un trabajo que describe con pelos y señales qué pasa adentro del ovario mucho después de que deja de liberar óvulos. Y la respuesta, mirá qué cosa, es que el órgano no se queda quieto: se transforma, se reacomoda, y sigue fabricando proteínas como si tuviera algo importante para hacer.

El estudio, que tengo en mente desde que llegó al portal esta mañana, es uno de esos trabajos que parecen técnicos hasta que uno los traduce y se da cuenta de que están hablando de la vida cotidiana de miles de mujeres que, ya pasados los cincuenta, creen que ese capítulo se cerró para siempre. Los investigadores analizaron 28 muestras de tejido ovárico extraídas a mujeres operadas por motivos benignos, sin rastros de cáncer, y las agruparon en tres franjas: de 50 a 59 años, de 60 a 69 y de 70 en adelante. Con una técnica llamada espectrometría de masas, cuantificaron 5.812 grupos de proteínas, una cifra enorme, y compararon los perfiles entre los tres grupos para ver qué se movía y qué se quedaba quieto.

Qué encontraron adentro

  • A mayor edad, aumentaron las proteínas asociadas a la inflamación y a la respuesta inmunitaria innata, que es la primera línea de defensa del organismo.
  • Disminuyeron, en cambio, las proteínas vinculadas a la arquitectura celular: filamentos, queratinas, estructuras que mantienen la forma de los tejidos.
  • En las mujeres de 70 años o más se detectaron 117 proteínas con cambios relevantes respecto de las de 50 a 59: 84 bajaron y 33 subieron, lo que dibuja un tejido que pasa de sostener su estructura a reparar y señalizar.
  • También creció la presencia de proteínas relacionadas con la matriz extracelular, esa red de moléculas que hace de andamio para las células, como si el órgano estuviera en plena obra.

Mirta, vecina del barrio de Belgrano, me decía el otro día mientras tomábamos un mate en la vereda, con el sol cayendo sobre los jacarandáes, que a los 62 años sentía que el cuerpo le había cambiado de un modo que no le explicaba ningún folleto: "Yo me imaginaba que era todo hormonal y listo, pero tengo la pancha rara, me duelen las articulaciones y los médicos me hablan de inflamación, como si el ovario fuera una cocina económica que sigue echando humo". La comparación es bien de vecina, pero el estudio viene a darle un poco de razón: el ovario, lejos de apagarse, entra en una especie de reorganización silenciosa que modifica su paisaje interno.

“La pérdida de fertilidad está definida por el agotamiento de los óvulos, pero eso no implica que el órgano quede sin función. Los cambios moleculares continúan a lo largo de las décadas posteriores a la menopausia.”Francesca Duncan, profesora asociada de Ciencias Reproductivas en la Facultad de Medicina Feinberg de Northwestern

En guaraní, mbara'aré, le decimos al que camina con pasos cortos y seguros, y eso es un poco lo que hace el ovario después de los 50: no corre, pero sigue andando. El trabajo también cruzó los perfiles proteicos con datos previos sobre cáncer de ovario y notó que las mujeres de 60 a 69 años mostraban mayor presencia de algunas proteínas que antes se habían asociado a ese tipo de tumor, justo en la franja de edad donde se diagnostica más. Los autores aclararon que ninguna muestra tenía signos de cáncer, pero la coincidencia abre una puerta para investigar por qué en esas décadas el riesgo empieza a crecer. Será cuestión de seguir caminando el pasillo y mirar qué hay detrás de cada puerta.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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