El pozo silencioso de los que siempre cuidaron a los demás
La psicología clínica advierte sobre un perfil que recién descubre su soledad a los 60: personas competentes, queridas y siempre disponibles, cuya red se fue vaciando de a poco sin que nadie lo notara. Un mapa para entender el fenómeno y, sobre todo, para empezar a revertirlo a tiempo.
Volví a leer el informe en una mañana pegajosa de noviembre, con la térmica trepando antes de las diez y un ruido de colectivo que se perdía por la calle cortada. Me había quedado en casa revisando un recorte que me pasó una colega sobre un fenómeno que, cuanto más lo pienso, más conozco de cerca: gente que llegó a los sesenta rodeada de gente y, de golpe, se despierta sola un domingo a la tarde. No es una rareza clínica, ni un fracaso personal. Es un patrón. Y tiene nombre.
Los especialistas lo llaman cuidado compulsivo, aunque la palabra suena más a manual de autoayuda que a consultorio. Lo que describe es algo mucho más sencillo de explicar en la mesa de un bar: hay personas que construyeron toda su identidad alrededor de ser el pilar de los demás. Escuchan, aconsejan, contienen, organizan. Son la tía que arma el asado y desata el conflicto, el vecino al que todos llaman cuando se rompe una canilla o se complica un trámite. Durante décadas, esa disponibilidad fue su manera de estar en el mundo y de sentirse útiles. El problema empieza cuando se dan cuenta de que el contrato era, en realidad, bastante desparejo.
La trampa de ser el que siempre puede
Porque el entorno se acostumbra. Y se acostumbra rápido. Si vos sos el que siempre tiene una solución, un contacto o una palabra justa, los demás dejan de preguntarte cómo estás. No por maldad: por repetición. Aprendieron que del otro lado de la mesa hay un recurso, no una persona con necesidades. La asimetría se vuelve tan natural que hasta el que la ejerce se olvida de que también él podría pedir, errar, caerse un rato.
Eliana, vecina de Villa del Parque, me lo resumió sin rodeos cuando la fui a ver a su casa, con el patio todavía empapado por la lluvia de la madrugada: "Yo era la que apagaba todos los incendios. Cuando me jubilé, descubrí que la mayoría de la gente me llamaba para pedirme cosas, no para verme. Y ahí me cayó la ficha". Tiene 62 años, tres hijos grandes y un divorcio a cuestas. Lo que cuenta no es una queja aislada: es exactamente el cuadro que describen los terapeutas cuando hablan de vínculos funcionales.
- Vínculos funcionales: se sostienen mientras uno aporta experiencia, contactos, plata o gestión. Cuando eso se corta, el vínculo se enfría sin que medie un conflicto.
- Vínculos recíprocos: sobreviven a los cambios de etapa porque el lazo no depende de un servicio sino de un afecto construido en ambos sentidos.
- Dificultad para pedir: quien se acostumbró a cuidar asocia pedir ayuda con perder estatus. Esa traba los deja solos incluso rodeados de, como suele decirse en el consultorio.
En criollo, y sin que suene a cliché de libro de autoayuda, la cuestión es esta: durante años te entrenaste para ser indispensable, y la consecuencia no buscada es que te volviste prescindible a los ojos de los demás apenas dejaste de servir. No porque seas menos valioso, sino porque el lazo se había vuelto transaccional sin que nadie lo firmara. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, vienen marcando hace rato que los vínculos sostenidos solo en la utilidad tienden a colapsar cuando cambia el contexto. La reciprocidad, en cambio, es lo que los hace durar. Y la reciprocidad no aparece sola: hay que habilitarla.
Pedir, aunque cueste
Hay una escena que se repite en los consultorios. El paciente llega a los sesenta y pico, habla de una crisis personal, de un duelo, de un cambio laboral. Y cuando el psicólogo le pregunta con quién está compartiendo eso, se hace un silencio. No porque no tenga conocidos: tiene cientos. Sino porque nunca se le ocurrió que podía contarles algo que no fuera un pedido de ayuda concreta. Mostrar vulnerabilidad le resulta casi una deslealtad con la imagen que construyó. Y entonces se banca solo lo que, bien acompañado, sería un trance más.
La salida que propone la psicología no es dejar de cuidar. Eso sería tirar al bebé con el agua del baño, como decía mi vieja chaqueña cada vez que alguien exageraba la receta. La salida es habilitar el ida y vuelta. Dos movimientos, dicen los terapeutas, que parecen simples y no lo son: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar con calma qué vínculos se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta. Cuanto antes se haga ese trabajo, más tiempo queda para rearmar la red antes de que la vida vuelva a cambiar de etapa, como siempre cambia.
Antes de cerrar la nota me acordé de Manuel, un jubilado de Devoto que conozco desde hace años. Lo veo cada tanto en la plaza, sentado en el banco de siempre, con el mate que ya no ofrece porque dice que le da fiaca cargar el termo. El mes pasado, en cambio, lo vi llegar con dos termos. Uno suyo y uno para el vecino de la derecha, que anda con la cadera complicada. Estaban los dos charlando de fútbol con una tranquilidad que no le conocía. Cuando le pregunté qué había cambiado, se encogió de hombros y me dijo, casi sin mirarme: "Me cansé de esperar que me vinieran a buscar. Salí yo". La imagen es esa: alguien que dejó de esperar sentado en la vereda, y volvió a salir a la calle.
