La droga del Parkinson se ausenta: pacientes peregrinan por farmacias y Pfizer avisa que recién en 2027 volvería a normalizarse
Faltantes de Lebocar, una de las marcas más recetadas de levodopa/carbidopa, complican la vida de miles de familias argentinas. Especialistas piden no suspender el tratamiento y explican qué alternativas existen mientras la empresa regulariza la producción.
Soy Ariel Da Silva y arranco esta nota como tantas otras veces, saliendo de casa temprano para caminar hasta el kiosco de la esquina a comprar algo fresco, y me cruzo con don Ernesto, vecino de Balvanera, que me agarra del brazo y me dice casi en un susurro que a su mujer le cuesta horrores conseguir la pastilla del Parkinson. "Vamos de farmacia en farmacia como cuando éramos jóvenes y había que rebuscarse la moneda", me cuenta, con esa mezcla de cansancio y dignidad que conozco bien en la gente grande del barrio. Esa imagen, la de la recorrida por las farmacias porteñas y del conurbano, es la postal que más se repite en las últimas semanas entre pacientes y familiares que dependen de la levodopa, la droga más usada para tratar el Parkinson y que, en algunas de sus presentaciones, directamente no aparece en las estanterías.
La confirmación del problema llegó desde el laboratorio. Pfizer admitió que su producto Lebocar, que combina levodopa con carbidopa, presenta demoras de manufactura y calculó que las entregas se van a normalizar recién hacia marzo de 2027, un horizonte lejano para quien necesita la medicación todos los días. La compañía no aclaró qué pasó concretamente en la línea de producción ni si el faltante se replica en otros países, y lo único que ofreció a los usuarios fue un teléfono para consultas. Mientras tanto, en los mostradores de las farmacias de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano bonaerense la escena se repite: algunas personas logran hacerse de alguna caja suelta, otras se van con las manos vacías, y hasta hay obras sociales que entregaban la medicación directamente y hoy tampoco tienen stock para responder.
No se puede cortar el tratamiento así nomás
La palabra "kambuchi", que en guaraní se usa para nombrar a quien se queda esperando sin tener muy claro cuándo va a llegar lo que necesita, me parece la que mejor le cabe a esta situación, porque lo que está en juego no es un trámite administrativo sino la salud de personas con una enfermedad neurológica que no admite licencias. Por eso el neurólogo José Luis Etcheverry, especialista en Parkinson, salió a poner paños fríos y a marcar un punto central: la levodopa no se puede suspender de un día para el otro ni cambiar a la ligera. El especialista explicó que la droga cumple un rol clave en el funcionamiento motor, anímico y conductual de los pacientes, y que cualquier reemplazo de marca o modificación de dosis tiene que pasar sí o sí por la consulta con el médico tratante.
El otro dato clave que dejó Etcheverry es que el faltante de Lebocar no significa que se haya terminado toda la oferta del mercado. Existen otras marcas que también combinan levodopa y carbidopa, como Parkinel, y otra opción terapéutica equivalente, Madopar, que en lugar de carbidopa lleva benserazida. La función es parecida, aclaró, pero la tolerancia puede variar de un paciente a otro, de modo que el cambio no es automático y mucho menos una decisión de bolsillo. Cuando falta una concentración puntual, una estrategia habitual entre los neurólogos es ajustar la cantidad de comprimidos usando otra dosis disponible para mantener la dosis total de levodopa que cada persona necesita, algo que parece sencillo pero que requiere control profesional.
“Lo que se viene ahora es un tiempo de paciencia y de mucha consulta médica. La gente no tiene que quedarse callada si nota cambios en los síntomas: el temblor, la rigidez o la lentitud que vuelven pueden estar hablando de un ajuste que no se hizo a tiempo.”José Luis Etcheverry, neurólogo especialista en Parkinson
Desde la Red Argentina de Parkinson, las asociaciones de pacientes salieron a pedir información concreta sobre las existencias disponibles y a coordinar con obras sociales y farmacias para evitar que la cadena de suministro se corte del todo. Mientras tanto, en los barrios la escena que me describió don Ernesto se multiplica, y lo que era un trámite mensual de retirar una caja se transformó en una especie de búsqueda del tesoro, con llamados, idas y vueltas y la preocupación lógica de quien sabe que una interrupción del tratamiento puede traer consecuencias serias. La cita con el neurólogo, en este contexto, se vuelve tan importante como la receta misma: nadie debería automedicarse ni improvisar reemplazos por su cuenta. Cierro esta nota volviendo a la vereda de Balvanera, con el sol de la tardanza cayendo sobre los adoquines y la señora de Ernesto asomándose al balcón para ver si el aire la calma un poco: una imagen pequeña que, me parece, resume mejor que cualquier cifra lo que se siente cuando falta la pastilla de todos los días.
