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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La herencia que duele: cuando los sueños no tranjeros de los padres pesan sobre los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las aspiraciones familiares pueden transformarse en mandatos persistentes que atraviesan la crianza y la vida adulta.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 10 d
La herencia que duele: cuando los sueños no tranjeros de los padres pesan sobre los hijos

El sol cae a plomo sobre la vereda de cualquier barrio porteño a esta altura del año, y uno no puede evitar pensar en cuántas de esas conversaciones de sobremesa, donde el aire se espesa y las palabras pesan más que el calor, giran en torno a lo que se esperaba de nosotros. La psicóloga Cynthia Wila, vecina de Saavedra y autora del ensayo La culpa (Paidós), se dedica hace rato a poner en palabras algo que muchos sienten sin saber cómo nombrarlo: el modo en que las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos pueden convertirse en una carga que se arrastra durante décadas, incluso cuando se transmiten con la mejor de las intenciones.

Lo que Wila propone, en diálogo con este medio, es algo tan simple como incómodo: preguntarnos qué responsabilidad tenemos realmente en aquello que nos reprochamos. Esa pregunta, que parece casi obvia, no lo es tanto en la vida cotidiana, porque en los vínculos familiares la culpa se pega a la piel como el sudor de enero y aparece cada vez que hay que tomar una decisión que no fue conversada, consensuada o bendecida por quienes nos criaron.

Sueños propios, mandatos ajenos

La psicóloga, que trabaja con adultos y adolescentes en su consultorio de Capital Federal, señala que las aspiraciones que llegan de la familia suelen incluir proyectos que los propios progenitores no lograron concretar. Esos pendientes, explica Wila con una cadencia bien didáctica, se transforman en demandas hacia los hijos: aprobar tal carrera, conseguir tal trabajo, formar tal tipo de familia. El problema, advierte, es que se trata de exigencias prácticamente imposibles de satisfacer, porque el hijo no puede hacerse cargo de los deseos incumplidos de otra persona, por más que la quiera y por más que la admire.

María Teresa, vecina de Villa Urquiza que concurrió a varias charlas de la psicóloga, resume la idea con una frase que le salió sin pensar mientras tomaba mate en la esquina de su casa: uno termina queriendo sacarse la foto del cuadro ajeno, y encima pretende que le quede bien. La imagen, que Wila recibió como testimonio ilustrativo, grafica algo que la especialista desarrolla en su libro: cuando el mandato se internaliza, la búsqueda de aprobación se vuelve permanente, y con ella vuelve también la culpa por no alcanzar jamás un objetivo que, en realidad, nunca fue del propio.

  • Las expectativas familiares no siempre necesitan palabras hirientes para generar culpa: un pedido cariñoso también puede dejar abierta la pregunta por la aprobación adulta.
  • Hay diferencias entre las normas que organizan la convivencia, como poner límites a la agresividad, y los mandatos que restringen las elecciones personales.
  • Los mandatos pueden quedar asociados al miedo a perder el afecto de quienes los transmiten, lo que condiciona las decisiones propias.
  • Las voces y los juicios recibidos en la infancia suelen incorporarse como reproches internos que persisten en la adultez, aun cuando ya nadie los formule desde afuera.
  • La propuesta de Wila apunta a revisar de qué se acusa cada persona, separando la responsabilidad por los propios actos del cuestionamiento permanente sobre uno mismo.

La culpa que se hereda y no se va

Wila aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada persona, y por eso describe en su ensayo recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. No hay recetas universales ni listas de buenos y malos para un despliegue que la especialista prefiere ordenar como un mapa antes que como un manual. Lo que sí plantea con insistencia es la necesidad de detenerse a pensar qué está pasando cada vez que aparece el reproche interno, y de examinar la responsabilidad concreta por los propios actos en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre uno mismo, que es justamente el mecanismo que vuelve a la culpa tan difícil de soltar.

En el tramo final de la charla, Wila se permite algo que los psicólogos suelen reservarse para el final de los encuentros: una imagen. Dice que la culpa aprendida en la infancia funciona como esa sombra que nos persigue en la siesta de verano cuando caminamos por la vereda y, por más que aceleremos el paso, siempre se acomoda a nuestra velocidad. No se trata de salir corriendo, aclara la especialista, sino de detenerse, darse vuelta y mirarla de frente para entender de quién es, en definitiva, la voz que la puso ahí. Una manera, propone Wila, de empezar a caminar más livianos en los días que todavía faltan del verano rioplatense, cuando el calor afloja recién entrada la noche y las conversaciones en la mesa siguen pidiendo, como quien no quiere la cosa, que alguien se haga cargo de lo que le toca.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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