La mañana que empieza sin café con leche y termina con un boletín lleno de rojos
Una revisión de estudios internacionales encontró que saltearse el desayuno se asocia con peores notas y con dificultad para concentrarse, aunque la ciencia todavía no puede asegurar que una cosa cause la otra. Especialistas consultados sugieren preparaciones rápidas para que la primera comida no quede en el camino.
Volví a acordarme del tema aquella mañana de enero en la que el termómetro de la parada de la línea 39 ya marcaba veintiocho grados a las siete y pico, y la señora Ramona, que vende tortas fritas en la esquina de casa, me dijo mientras me pasaba el envoltorio caliente que a su nieto de nueve años le costaba horrores abrir los ojos para ir a la escuela. Yo le pregunté si desayunaba algo antes de tomar el colectivo, y ella me miró con esa cara que ponemos los grandes cuando queremos decir todo sin decir nada. Me confesó que no, que casi nunca, que en su casa la mañana es una carrera contra el reloj y que el pibe sale con la panza vacía y un jugo de naranja en la mano, si llega. Esa imagen, tan cotidiana en las veredas de Lanús y de tantos barrios del conurbano, es justamente la que pone en el centro de la escena una reciente revisión de investigaciones que volvió a poner el tema del desayuno en la agenda de las familias argentinas.
Lo primero que hay que decir, para no asustar a nadie, es que el trabajo científico no viene a sentenciar a las madres y a los padres que pasan apuros a la mañana. Lo que encontró la revisión que reunió 45 estudios y otro análisis posterior que compiló 24 investigaciones observacionales es una asociación, una palabra técnica que en criollo significa que las dos cosas aparecen juntas con bastante frecuencia, pero no que una sea necesariamente la causa de la otra. En castellano bien claro: hay chicos y adolescentes que se saltean el desayuno y, a la vez, les va peor en la escuela. Eso no quiere decir que dejar la taza sin tomar nos condene al boletín con aplazos. Pueden influir también el sueño, la plata que entra en el hogar, la alimentación en general y hasta las rutinas de estudio. Pero la coincidencia está ahí, repetida en varios países, y por eso vale la pena mirarla de cerca.
Por qué la primera comida pesa tanto en el aula
Lo explica Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s, una institución estadounidense que suele ser referencia en temas pediátricos. Después de varias horas sin comer, el cuerpo empieza a funcionar con el tanque casi vacío. Aparece el cansancio, la cabeza se nubla, cuesta pensar con claridad y hasta moverse se vuelve más pesado. Para un chico que tiene que escuchar a la maestra, resolver una cuenta o prestar atención en lengua, ese arranque en baja puede sentirse como intentar correr una maratón con las piernas todavía dormidas. Desayunar, entonces, no es un capricho de manual de nutrición, sino la manera de cargar nafta antes de salir a la ruta.
La propia Hyland aclara algo que muchas veces se da por sentado y no debería: no existe una cantidad única de proteína que sirva para todos los chicos. Depende de la edad, del tamaño corporal y de lo que haya comido el día anterior. Esa advertencia es clave para no caer en la trampa de copiar regímenes pensados para adultos o para deportistas de alto rendimiento.
La cocina del domingo a la noche como aliada
Ahora bien, una cosa es saber que el desayuno importa y otra muy distinta es resolverlo cuando en casa suena el despertador y todos corren. Para esos casos, la recomendación más práctica que recogí de la especialista es bien de nuestra tierra, de esa lógica de mba’e porã que aplicamos sin pensarlo: dejar lo más posible listo la noche anterior. Es lo que en guaraní diríamos algo así como preparar el camino de antemano, porque la mañana ya tiene suficientes sobresaltos. Un ejemplo clásico es la avena remojada, que se guarda en la heladera y se sirve fría o tibia según el gusto. Otra opción es tener huevos ya hervidos en la heladera, listos para abrir al medio sobre una tostada. La fruta lavada y cortada en un pote también ahorra tiempo, y desde la propia Cleveland Clinic sugieren incluso freezar sándwiches de huevo para llevarlos directo al microondas cuando hagan falta. Son trucos de cocina simples, casi de abuela, que en este contexto vuelven a tener todo el sentido.
Los estudios repasados en la revisión remarcan que los beneficios del desayuno aparecen con más frecuencia cuando hay chicos que vienen comiendo poco o directamente están mal nutridos. Dicho de otro modo, cuanto más lejos se está de una alimentación adecuada, más se nota la diferencia de sumar esa primera comida. En contextos de mayor holgura, el efecto también puede estar, pero suele ser más modesto. De cualquier manera, la conclusión de los investigadores es prudente: la evidencia todavía no alcanza para definir un desayuno ideal ni para asegurar que los programas escolares que incentivan esta comida logren mejoras sostenidas en el rendimiento. Faltan más datos, más seguimiento y, sobre todo, más realidad local.
Antes de cerrar, vuelvo a la parada de la línea 39, donde Ramona me termina de envolver las tortas y me pregunta, medio en serio medio en broma, qué le puedo recetar para que el nene rinda mejor en la prueba de matemática. Le digo que no soy médica, que esto es apenas una nota, pero le sugiero algo que cualquier vecina le podría decir: probar con un huevo duro y una banana preparada desde la noche, y sentarse cinco minutos con él antes de que salga, aunque sea para mirarlo a los ojos y recordarle que la escuela le importa. La mañana de Barranca al Sud, con su sol pegando contra el asfalto todavía fresco del rocío, me parece el mejor resumen de lo que cuenta la ciencia: no hace falta magia ni productos importados, sino ganas, organización y una mesa servida a tiempo.
