La mano que se estira cuando el miedo aprieta: lo que el tacto le hace al cuerpo y a la cabeza
Una investigadora argentina que trabaja en Suecia y en Buenos Aires describe cómo un gesto tan simple como tomar la mano de alguien, abrazarlo o acariciarlo puede bajar la ansiedad. La voz de una especialista en Neurociencias Afectivas, una recorrida por las diferencias con el autocontacto y un puente con la experiencia cotidiana del baile, la pandemia y las distancias que cada cultura decide respetar.
A esta altura de la tarde, en la vereda todavía pesa el sol y la gente va y viene con la corbata floja. Pero hay algo que mucha gente repite sin pensarlo, casi como un reflejo: estirar la mano, apoyar la palma en el hombro del otro, pasar un brazo por la espalda cuando la angustia aparece de golpe. Esa manera de acompañar no es solo un gesto de buena educación ni un capricho del corazón. Tiene letra chica, y la ciencia se ocupa hace rato de leerla. Por eso vale la pena sentarse a conversar con quien sabe del tema, y dejar que lo cuente con sus palabras. La doctora Paula Salamone, que se dedica a las Neurociencias Afectivas y que reparte sus investigaciones entre Buenos Aires y Estocolmo, se prestó a esa charla.
La primera idea que pone sobre la mesa es bastante directa: cuando alguien tiene miedo o se siente desbordado, darle la mano puede ser una manera concreta de ayudarlo a regular lo que siente. Salamone lo dice sin rodeos y, al mismo tiempo, pone el foco en una escena que todos los lectores imaginaron alguna vez: la criatura que en una sala de espera, frente a un análisis de sangre o delante de una tormenta, se prende de la mano de un grande. No es capricho ni debilidad. Es un modo en que el cuerpo busca apoyo, y existen investigaciones que se toman muy en serio esa conducta y su efecto sobre el temor.
Lo que pasa bajo la piel cuando alguien te toca
Para entender por qué el asunto va más allá de lo simbólico, la investigadora explica que el efecto del tacto involucra varias piezas del sistema nervioso. Los estímulos que aterrizan sobre la piel dialogan con la actividad del cerebro, de la médula espinal y de las respuestas que da el resto del organismo, y en ese intercambio una caricia o un masaje bien dado pueden modificar reacciones fisiológicas que están vinculadas con el estrés y con la relajación. Por eso una mano amiga no calma solo porque sí, ni porque lo diga el refrán, sino porque algo en la fisiología se mueve al mismo tiempo.
Ahora bien, hay un detalle que suele pasar inadvertido: tocarse a uno mismo no produce el mismo resultado. Salamone lo aclara y hasta lo dramatiza con ejemplos cercanos, como pasarse la mano por el cabello o acariciarse la barba cuando se está pensando. Esos gestos existen y, de hecho, sirven para regular las propias emociones. Pero la respuesta no es igual cuando interviene otro. El cerebro distingue con bastante precisión entre las acciones que uno mismo genera y los estímulos que llegan desde afuera, y por eso la mano del otro pesa distinto a la mano propia.
Ahí entra una escena que cualquiera puede probar en casa y que la especialista usa como ejemplo: las cosquillas. Si uno intenta provocárselas a sí mismo, el cuerpo ya sabe dónde va a venir el toque, en qué momento y de qué forma. Esa previsión atenúa la sorpresa y, con ella, la intensidad de la sensación. Cuando el movimiento lo hace otro, queda un resto de incertidumbre, y por eso las cosquillas cambian de carácter. Salamone además las piensa como un componente del juego y del intercambio social, algo que empieza en la infancia y que después se va transformando con los años.
Distancia, cultura y la pregunta que dejó la pandemia
Otra de las claves del asunto tiene que ver con la cultura. Salamone cuenta con una anécdota que vivió en carne propia en Suecia, donde trabaja. Ahí, conversar con un colega a tres metros de distancia era algo de lo más habitual, y no por descortesía sino por costumbre. Esa escena sirve para mostrar que las diferencias en el espacio personal no implican que se sientan emociones distintas: lo que cambia es la manera de expresarlas y de vincularse con los demás. Cada sociedad arma su propio mapa de cercanías, y conviene mirarlo antes de juzgar al prójimo.
En Buenos Aires, en tanto, Salamone integra el Tango-i Lab, un equipo que estudia cómo el contacto se relaciona con los síntomas de despersonalización, esa sensación perturbadora de sentirse afuera del propio cuerpo. El mismo grupo tiene abiertas varias preguntas de investigación, y una de ellas se refiere a un tema que todavía pesa en la conversación cotidiana: si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores. Todavía no hay respuestas cerradas, es una pregunta abierta, pero ya forma parte de la agenda de trabajo.
Entonces, lo que queda es bastante sencillo de contar. Una mano, una caricia, un abrazo, pueden ser parte del acompañamiento de todos los días, y la ciencia lo investiga con seriedad. Antes de cerrar, vale repetir una idea que Salamone repite a menudo: el contacto no reemplaza a un tratamiento ni a una escucha profesional cuando hace falta, pero sí es una manera de estar presente mientras ese otro llega. Por eso, cuando en la panadería, en la parada del colectivo o en la sala de un hospital alguien estira la mano, lo más probable es que esté haciendo algo mucho más importante de lo que imagina.
“Una mano, una caricia, un abrazo pueden ser parte del acompañamiento cotidiano, y la ciencia lo investiga con seriedad.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
Y al final del recorrido, como suele pasar en estas conversaciones, me quedo con una imagen más que con un dato. Imagino a un chico en la sala de un hospital, con el pulgar pegado a la palma de una abuela que no sabe bien qué decir pero que se acerca igual. El pulgar se mueve apenas, la abuela no afloja. Afuera hace calor, el río baja lento, y la mañana sigue. Lo demás, todo lo que cuentan Salamone y su equipo, empieza ahí.
