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Domingo, 18 de octubre de 2026
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La píldora de la juventud eterna: por qué la ciencia mira con recelo a los suplementos de la longevidad

El negocio de los precursores del NAD+ crece en góndolas y publicidades, pero los ensayos clínicos en humanos todavía no respaldan las promesas. Qué dicen los estudios grandes sobre la vitamina D, el omega-3 y el selenio, y qué sí cuenta con evidencia sólida para sumar años con calidad.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 1 h
La píldora de la juventud eterna: por qué la ciencia mira con recelo a los suplementos de la longevidad

El calor del mediodía se apoya sobre la vereda como si no tuviera ganas de irse, y en la farmacia de la esquina —la de siempre, la que atiende Don Osvaldo hace cuarenta años en el barrio de Belgrano— hay una góndola nueva que hace cinco años no existía. Se llama, con letras grandes y promesas chicas, “longevidad”. Cápsulas de NMN, de nicotinamida ribósido, de resveratrol, de selenio, de vitamina D en dosis que parecen de caballos. Todo bajo el mismo paraguas: la idea de que tomarse una pastilla puede correr unos centímetros la fecha de vencimiento. La pregunta que sobrevuela a cualquier comprador sensato es simple: ¿qué dice realmente la ciencia sobre estos productos que prometen más años de vida?

La respuesta corta la maneja cualquiera que haya leído una etiqueta: poca cosa, por ahora. Y la respuesta larga, que es la que interesa, atraviesa un punto clave que casi nunca aparece en la publicidad: la enorme distancia que hay entre lo que pasa en una célula de laboratorio y lo que termina ocurriendo en el cuerpo de una persona cuando se traga una cápsula todos los días.

NAD+, la coenzima de moda y sus promesas

El NAD+ es una coenzima presente en todas las células del organismo, indispensable para el metabolismo energético y asociada a la reparación del ADN. Sus niveles descienden con la edad y, en cultivos celulares y modelos animales, aumentar su disponibilidad mejoró ciertos parámetros metabólicos. De ahí nació un mercado de suplementos con NMN y nicotinamida ribósido, que se venden como inversión en longevidad. El problema, como tantas veces en medicina, es el salto entre lo que muestra la investigación básica y lo que promete el marketing. Los ensayos en humanos confirman que estos precursores elevan los niveles de NAD+ en sangre, pero no hay evidencia clínica suficiente de que ese aumento se traduzca en menos enfermedades, mejor función orgánica o más años de vida. Que suba un valor en un análisis de laboratorio no equivale, ni de cerca, a vivir más.

Vitaminas y minerales: cuando el déficit no existe

La misma lógica vale para vitaminas y minerales que llevan años instalados en la mesa de luz de medio país. Los estudios grandes son categóricos: el ensayo SELECT, con más de 35.000 participantes, mostró que el selenio no previno el cáncer de próstata y, además, quienes recibieron vitamina E presentaron mayor riesgo de desarrollarlo durante el seguimiento. El ensayo VITAL, con cerca de 25.000 personas, no encontró que la vitamina D ni el omega-3 redujeran el cáncer o los eventos cardiovasculares en quienes no tenían déficit previo. Eso no significa que estos nutrientes sean inútiles, y conviene aclararlo: cuando existe una carencia real, corregirla tiene impacto concreto. Las deficiencias de vitamina B12 y de vitamina D son frecuentes en edades avanzadas, y tratarlas mejora la calidad de vida. La diferencia, entonces, está en medir primero y suplementar si hay un déficit comprobado, no en tomar a ciegas porque un influencer lo recomienda en un video.

Tres escalones, un solo camino válido

La ciencia médica trabaja en tres escalones: lo que ocurre dentro de una célula, lo que se observa en animales y lo que demuestran los ensayos clínicos en muchas personas. Casi toda la oferta comercial de suplementos se apoya en los primeros dos y se presenta como si hubiera pasado el tercero. Un hallazgo real pero acotado se convierte en una promesa que nadie demostró todavía en la clínica. Es, como me lo graficó una vez un médico cardiólogo al que le consulté para esta nota —y cito de memoria, porque la charla fue en una cocina y sin grabador—, “el truco de venderle a la gente el primer capítulo de una novela que nadie terminó de escribir”.

Lo que sí cuenta con evidencia sólida

  • Actividad física regular que incluya ejercicios de fuerza, porque el músculo perdido no vuelve solo.
  • Alimentación equilibrada con proteínas suficientes en cada comida principal.
  • Buen descanso, ese gran postergado de la vida moderna que casi nadie cuida como corresponde.
  • No fumar, una verdad que lleva décadas vigente y que sigue salvando más años que cualquier cápsula.
  • Vínculos humanos, vínculos sociales, vínculos que tengan peso: la evidencia sobre el impacto del aislamiento en la mortalidad es contundente.

Me lo dijo, ya casi como despedida, Marta, vecina de toda la vida de Palermo, que a sus setenta y dos años sigue yendo a la plaza con su nieto de tres: “Yo no quiero vivir más años, quiero vivir mejor los que me toquen. Y eso, por ahora, no viene en una caja”. Tenía razón. Mientras los ensayos clínicos en humanos no digan otra cosa, la inversión más segura para sumar años con calidad sigue siendo la más barata y la más difícil: moverse, comer bien, dormir, soltar el humo y, sobre todo, no quedarse solo en la vereda.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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