La soledad pesa más que el aislamiento: le quita hasta casi seis años de vida sin enfermedades
Un estudio con más de 277.000 adultos del Biobanco del Reino Unido mostró que sentirse solo, más que tener pocos contactos, reduce los años libres de diabetes, cáncer, demencia, depresión y otras dolencias. Los hábitos saludables amortiguaron el impacto del aislamiento, pero apenas tocaron el de la soledad.
La térmica de principios de octubre todavía se soporta en la vereda de casa, con la puerta abierta de par en par y el ruido de los pajaritos que bajan al jacarandá de la esquina. Ahí estaba Olga, vecina del barrio de Caballito, cuando le pregunté qué era para ella la soledad. Me miró con esa paciencia que tienen las señoras que ya criaron hijos y nietos, y me dijo: «Mirá, yo vivo sola desde que me jubilé, pero no estoy sola. Tengo a mi hija, a las chicas del taller de costura y a la del kiosco que me pregunta cada mañana cómo dormí. Lo que mata es sentirse de más, no estar sin gente». Esa definición de Olga, sin saberlo, es casi textual a la que manejan los investigadores que acaban de publicar uno de los trabajos más grandes sobre el tema.
Aislado no es lo mismo que solo
La investigación, difundida por la Universidad de Tulane a través de un comunicado del 22 de septiembre de 2026, siguió durante años a más de 277.000 personas de entre 40 y 69 años que participan del Biobanco del Reino Unido. Ninguna tenía al inicio del estudio diabetes, enfermedades cardíacas, problemas pulmonares, demencia, cáncer, depresión ni ansiedad. A partir de los 50 años, los autores calcularon cuántos años de vida saludable podía esperar cada participante y los cruzaron con dos variables distintas: el aislamiento social (tener pocos vínculos) y la soledad (sentirse mal por la falta de una conexión significativa).
Esa diferencia es la que aparece una y otra vez en el trabajo, y la que ayuda a entender por qué los hábitos saludables no jugaron el mismo papel en los dos casos. Para Olga, por ejemplo, aislada y sola no son sinónimos. Ella puede pasar un domingo sin ver a nadie y no sufrir por eso, mientras que a su vecina del segundo piso le basta con una tarde sin que la llamen por teléfono para sentirse desatendida. Los números, traducidos en años de vida sin enfermedades, cuentan algo parecido.
- En las mujeres que experimentaban soledad y aislamiento, la estimación de vida sin problemas físicos fue 2,4 años menor.
- En los hombres en la misma situación, la brecha fue de 1,7 años menos.
- En salud mental, la diferencia llegó a 3,7 años para las mujeres y a 5,8 años para los hombres, la más amplia de todo el estudio.
- Una alimentación sana, hacer actividad física, dormir bien y no fumar atenuaron la pérdida de años asociada al aislamiento, pero no modificaron de forma significativa el riesgo vinculado con sentirse solo.
Lo que no se arregla con dieta ni gimnasia
El investigador principal, Lu Qi, fue claro al presentar los resultados: el hallazgo alcanza tanto a la salud física como a la mental, y las cifras se refieren a años libres de las enfermedades estudiadas, no a años de vida literalmente perdidos. Aun con ese matiz, el mensaje es de los que incomodan, porque apunta a un terreno en el que las campañas de bienestar poco tienen que decir. Comer mejor, caminar más, dejar el cigarrillo: todo eso ayuda a estirar los años sin diabetes o sin un infarto, pero frente a la sensación subjetiva de sentirse de más, sobrante, dejado de lado, esos mismos hábitos pierden fuerza. La conclusión del equipo es que las intervenciones contra la soledad probablemente tengan que ir por otro carril, el de los vínculos y el sentido de pertenencia, y no solo por el de la salud individual.
En la conversación de la vereda, mientras el calor aflojaba y el ruido de los autos iba bajando, Olga me resumió lo que los investigadores tardaron páginas en explicar: «Comer bien y caminar la haces solo. Estar acompañada, no». La frase se la robo para cerrar esta nota, porque condensa algo que la ciencia acaba de confirmar con cifras enormes y que en los barrios del conurbano sabemos de memoria: la salud también se teje en la charla de la esquina, en el mate compartido y hasta en el reproche cariñoso del kiosquero que te pregunta cómo dormiste.
