León XIV, el Papa que se operó del pulmón: qué le hicieron y por qué importa el tamaño del nódulo
El Vaticano confirmó que el pontífice atravesó una lobectomía videoasistida en el Gemelli de Roma. Un neumólogo consultado por este portal explica cómo se lee el pronóstico cuando el tumor es un adenocarcinoma, el subtipo más frecuente en personas no fumadoras, y qué pueden aportar los estudios genéticos que ya están en marcha.
Arrancó la mañana con esa humedad que no se va ni a patadas, de esas que se te pegan a la remera apenas pisás la vereda, y mientras bajaba hacia el centro me crucé con Don Osvaldo, del barrio de San Telmo, que volvía del kiosco con el diario bajo el brazo y todavía hablando solo sobre la noticia que había escuchado en la radio: al Papa lo habían operado del pulmón. Yo, la verdad, venía con la misma pregunta dando vueltas en la cabeza, así que me senté a escribir esta nota con la intención de poner un poco de orden en un tema que mezcla medicina, fe y política internacional, y que en los últimos días no hizo más que crecer.
El Vaticano confirmó que León XIV, el Papa de origen estadounidense que conduce la Iglesia católica, fue sometido a una cirugía en el Policlínico Gemelli de Roma, ese hospital que ya queda asociado a la historia de los pontífices. La intervención duró alrededor de noventa minutos y consistió en una lobectomía del lóbulo inferior derecho mediante técnica videoasistida, es decir, una operación mínimamente invasiva, con pequeñas incisiones y cámara, en lugar de la apertura amplia del tórax que se hacía antes. Durante el procedimiento, un examen histológico de urgencia confirmó que el tejido extraído correspondía a un adenocarcinoma pulmonar, el subtipo de tumor de pulmón más común entre las personas que no fuman, algo que suele llamar la atención cuando se cruza con el caso de un jefe de Estado.
Una operación que salió bien y una recuperación que marcha
El parte oficial describió la evolución posoperatoria como normal, dentro de lo que cabe para una cirugía de este tipo. El paciente retomó la alimentación habitual, empezó con sesiones de kinesiología respiratoria para volver a expandir bien los pulmones y comenzó a caminar dentro de su propia habitación, un paso chico pero clave para evitar complicaciones. La operación, además, no fue una urgencia dramática: se trató de una decisión programada, lo que cambia mucho el escenario, porque se hace con el paciente compensado, los estudios previos completos y el equipo médico listo de antemano.
Por qué se saca el lóbulo entero y no solo el nódulo
La decisión de extraer el lóbulo completo, y no quedarse solo con el nódulo, responde a una lógica oncológica que el neurólogo Conrado Estol se encargó de explicar. Una lobectomía busca garantizar márgenes libres de células tumorales, o sea, asegurarse de que alrededor de la lesión no quede tejido comprometido, y al mismo tiempo permite analizar con mayor detalle los ganglios linfáticos y la pleura, esa membrana que recubre el pulmón. Durante la operación, un patólogo puede mirar muestras en tiempo real para distinguir entre cáncer, fibrosis o cicatrices, aunque el diagnóstico definitivo, el que termina de cerrar el pronóstico, recién llega con el estudio microscópico completo días después.
Cómo se lee el pronóstico cuando el tumor es un adenocarcinoma
Acá viene lo central, lo que mucha gente se pregunta en la mesa o en el colectivo: qué chances hay de que esto termine bien. Y la respuesta, como pasa casi siempre en oncología, depende de tres datos clave que todavía no se conocieron de manera pública. El primero es el tamaño exacto del nódulo. El segundo, el estado de los ganglios linfáticos cercanos, que se sacan y se analizan en el mismo acto quirúrgico. El tercero, si la pleura presentó algún compromiso. Estol planteó un escenario hipotético para que se entienda la lógica: si el nódulo mide dos centímetros, los ganglios están libres y no hay invasión de la pleura, la sobrevida a cinco años puede acercarse al noventa y nueve por ciento, una cifra que, claro, cambia si alguna de esas variables se mueve en la dirección equivocada.
- Tamaño del nódulo: cuanto más chico, mejor suele ser el pronóstico, dentro de escalas que se miden en centímetros.
- Ganglios linfáticos: si están libres de tumor, la situación es más favorable que si aparecen comprometidos.
- Compromiso de la pleura: la invasión de esa membrana cambia el estadio y, con eso, las chances de sobrevida a largo plazo.
Los estudios genéticos que pueden cambiar el tratamiento
En paralelo a la recuperación clínica, que es la parte más visible, hay un trabajo de laboratorio que corre por debajo y que puede terminar siendo determinante. Laboratorios especializados están analizando la genética del tumor para detectar mutaciones específicas, como las que aparecen en los genes EGFR, KRAS, BRAF, HER o MET, y eso no es un dato menor: cuando se encuentra alguna de esas alteraciones, se pueden indicar terapias dirigidas, que se administran por vía oral y apuntan de manera precisa al mecanismo que hace crecer el cáncer. La inmunoterapia, en tanto, es otra alternativa, aunque se aplica por vía intravenosa y trabaja por otro lado, ayudando al sistema inmune a reconocer y atacar las células tumorales. Ambas opciones, eso sí, pueden perder efectividad con el paso del tiempo, por eso el seguimiento oncológico continuo es parte del tratamiento y no un trámite burocrático, como bien me lo señaló Doña Marta, de La Boca, cuando le conté de qué se trataba la nota mientras tomábamos un café en la plaza.
En el fondo, lo que dejó en evidencia la cirugía del Papa es algo que la medicina viene repitiendo hace años, casi como un rezo laico que se dice en los ateneos clínicos: no todos los cánceres de pulmón son iguales, no todos los pacientes arrancan del mismo lugar y, sobre todo, no todos los pronósticos se escriben con el mismo lápiz. La palabra adenocarcinoma, que suena a cosa complicada y lejana, nombra en realidad al tipo de tumor que más aparece en personas que nunca encendieron un cigarrillo, y la operación que le hicieron a León XIV es, por ahora, la mejor noticia posible dentro de un cuadro que igual habrá que mirar con cuidado durante los próximos meses, con los estudios genéticos en la mano y el termómetro de la recuperación marcando estable. Me quedé pensando, ya de noche, con la ventana abierta y un ventilador que no alcanzaba, en esa imagen del pontífice caminando otra vez por su habitación, paso a paso, mientras en los laboratorios de Roma y del mundo se descifra, con paciencia y con química, el mapa íntimo de un tumor que cambió la agenda de la semana.
