Más allá del pinchazo: por qué los medicamentos para bajar de peso piden un equipo detrás, no un atajo
Una jefa de Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA repasó cómo trabajan la semaglutida y la tirzepatida sobre las señales del hambre y la saciedad, y por qué insistió en que el tratamiento recién empieza cuando uno se la aplica.
El sol pegaba de lleno sobre la vereda del Clínicas, ese río de gente que a media tarde busca la sombra de los jacarandás, y adentro, en un consultorio que huele a café recalentado y a formularios, una médica estaba terminando de explicarme algo que cada vez escucho más seguido en las mesas de los domingos: que adelgazar con un medicamento, hoy, no es lo mismo que pincharse y listo. Le pregunté a Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo de ese hospital, cómo actúan realmente la semaglutida y la tirzepatida, esos nombres que ya se cruzaron en cualquier WhatsApp familiar, y la respuesta me dejó pensando más de lo que esperaba.
Qué hacen estas drogas en el cuerpo
La explicación de la especialista es bastante ordenada, si uno se toma el trabajo de escucharla con paciencia. Tanto la semaglutida como la tirzepatida imitan señales que el intestino produce de manera natural y que viajan hasta otros órganos, en una conversación que va y vuelve entre el cerebro, el estómago y el páncreas. En criollo: le hacen creer al cuerpo que ya comió, que está satisfecho, y de paso ordenan un poco el metabolismo que se desregula con el tiempo.
- La semaglutida actúa sobre un único receptor, vinculado al llamado GLP-1, una de las hormonas intestinales que manda la señal de saciedad después de comer.
- La tirzepatida, en cambio, trabaja sobre dos vías complementarias: la del GLP-1 y la de otra hormona llamada GIP, lo que le da un efecto combinado sobre el hambre y el control de la glucosa.
- Ambas drogas se aplican de manera inyectable y la dosis se sube de a poco, un proceso que en la jerga médica se llama titulación, para que el cuerpo se acostumbre sin pasar malas.
Por qué no alcanza con la inyección
Acá viene la parte que más me interesa, la que diferencia un tratamiento serio de una moda de temporada. Quevedo lo repite cada vez que puede: el medicamento es apenas una pata de la mesa. El resto lo sostienen la alimentación, la hidratación, el sueño, el movimiento y, sobre todo, los controles profesionales que van midiendo cómo responde cada paciente. Hasta la composición corporal entra en ese radar, porque no es lo mismo bajar de peso a fuerza de perder músculo que ir soltando grasa de a poco, que es lo que uno quiere en el fondo.
“El objetivo no es solo que baje el número en la balanza, sino que baje la grasa y se preserve la masa muscular. Eso depende de que el paciente incorpore ejercicio, especialmente trabajo de fuerza, y de cómo va evolucionando con el tiempo.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
El hambre no es un capricho
En el consultorio, me contó la médica, se multiplican los relatos que uno reconoce sin pensarlo: el hambre que aparece a cualquier hora, la dificultad de sentirse lleno con lo que hay en el plato, las idas y vueltas a la heladera a medianoche. Son experiencias que forman parte de una enfermedad que es multifactorial, como dicen los médicos para esquivar la palabra «complicada», y que no se explican solamente por la voluntad de cada uno. Ahí, dijo, es donde la medicación empieza a tener sentido: no para borrar la ansiedad, sino para darle al cuerpo una señal química que estaba perdida.
Hay, además, un dato que a mí me parece clave y que muchas veces se pasa por alto: cuando uno baja de peso, el organismo tiende a activarse para recuperarlo, como si el cuerpo se negara a aceptar el cambio. Por eso estos medicamentos también ayudan a sostener el descenso mientras dura el tratamiento. El problema aparece al dejar la droga, donde puede venir la famosa recurrencia, sobre todo si no hay una estrategia más amplia que acompañe el proceso. Lo que comes, dónde comés, con quién compartís la mesa, cuántas horas dormís, qué laburo hacés: todo eso entra en la cuenta, aunque no lo parezca.
Me fui del Clínicas con la cabeza llena de siglas y con una imagen que se me quedó pegada: la de mi vecina Graciela, de Boedo, que arrancó el tratamiento el año pasado y me contaba, mientras regaba las plantas del edificio, que lo que más le costaba no era la inyección sino acordarse de cenar temprano y dejar el vaso de agua en la mesa de luz. Es que, en definitiva, la droga hace lo suyo, pero la vida cotidiana es la que termina decidiendo cómo termina la historia.
