Niños que estudian música rinden mejor en el aula, según un nuevo estudio de la Universidad Northeastern
Un trabajo con 76 chicos de 7 a 9 años encontró diferencias en memoria, razonamiento y notas de lectura y matemáticas. Los autores aclaran que no se puede hablar de causalidad y que el costo de las clases puede dejar a muchos afuera.
Quiero arrancar esta nota como suelo arrancar las mías, con la imagen de una vereda cualquiera de Buenos Aires en una tarde de enero, cuando el calor se pega al cuerpo y una guitarra suena desde una ventana abierta. Esa escena, tan nuestra, tiene más miga de lo que parece: un nuevo estudio de la Universidad Northeastern, en Estados Unidos, vuelve a poner sobre la mesa la relación entre aprender a tocar un instrumento y el rendimiento escolar de los chicos. Lo que cuenta el equipo de la profesora Psyche Loui es que los niños con formación musical obtuvieron mejores puntajes en pruebas de memoria, razonamiento, vocabulario y hasta en las notas de lectura, la escritura y las matemáticas. Pero ojo: los propios investigadores se ocupan de aclarar que eso no significa que la música sea la causa de la diferencia.
Música, funciones ejecutivas y aprendizaje
Cuando un pibe lee una partitura, mantiene el ritmo con el pie y coordina ambas manos en el teclado, está haciendo varias cosas al mismo tiempo. Para Loui, esa gimnasia explica por qué la práctica musical entrena las llamadas funciones ejecutivas: planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse cuando algo sale distinto de lo previsto. Ahí entra una pieza clave, la memoria de trabajo, esa capacidad de retener información unos instantes para usarla de inmediato, como cuando uno recuerda la consigna de un ejercicio mientras lo resuelve. La investigadora y educadora musical Anita Collins lo resume de manera simple: aprender un instrumento ejercita la escucha, la planificación y la autorregulación, tres habilidades que después se traducen en el aula.
Para llegar a esos números, los investigadores armaron dos grupos de 38 chicos cada uno, de entre 7 y 9 años, equiparados por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad tocaba un instrumento, con un piso de 30 minutos semanales de práctica, y la otra mitad no tenía formación musical. Dentro del primer grupo predominaban el piano y los instrumentos de cuerda, que son los más accesibles en los programas escolares de Estados Unidos. Además de las pruebas cognitivas, se evaluó el rendimiento escolar y a 50 participantes se les hizo una resonancia magnética para mirar qué pasaba en el cableado del cerebro.
Qué midieron y qué diferencias aparecieron
- Memoria de trabajo: mejor en los chicos que tocaban un instrumento.
- Razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo: también a favor del grupo con formación musical.
- Comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras: diferencias claras en las evaluaciones escolares.
- Matemáticas: mejores resultados entre los niños con práctica musical.
- En las resonancias se observó una diferencia en una vía cerebral que conecta áreas de audición, lenguaje y movimiento.
Ahora bien, acá aparece el llamado de atención que los propios investigadores se encargan de hacer y que vale la pena repetir a las familias que están evaluando anotarlos en una escuelita de música. El estudio es observacional: los chicos no fueron sorteados para recibir o no clases, sino que se los comparó tal como ya eran. Eso quiere decir que las familias que eligen sostener la práctica de un instrumento suelen ser las que también ofrecen otros estímulos, libros en la casa, conversaciones, apoyo con la tarea. Aunque los autores equilibraron los grupos por nivel socioeconómico, no se puede descartar del todo que haya otros factores detrás de la ventaja. Es la diferencia clásica entre correlación y causalidad, que a veces se mezcla en los títulos de los diarios.
Hay otro punto que el trabajo deja sobre la mesa y que en la Argentina conocemos bien: el precio de la formación musical. Un piano, una guitarra eléctrica, las clases particulares, el traslado: todo cuesta, y no todas las familias pueden pagarlo. Si la música ayuda a aprender, pero acceder a ella es un privilegio, la conclusión social es incómoda. Ahí vale la pena escuchar a María Inés, vecina de Caballito, que lleva a su hija de 8 años a clases de violín en un centro cultural del barrio: ella me dijo, mientras tomábamos mate en la vereda, que nota a la nena más ordenada con las tareas, pero que sabe de otras familias del colegio donde la cuota mensual de música es un dolor de cabeza. La experiencia de María Inés, no es un dato, es un testimonio, y los testimonios no entran en una resonancia magnética, pero pesan.
En ese sentido, los propios autores sugieren explorar políticas públicas que lleven la educación musical a escuelas de contextos vulnerables, una idea que en nuestro país ya tiene antecedentes en programas oficiales y orquestas infantiles barriales, esas que a veces nacen en un galpón del conurbano y terminan viajando al mundo. La investigadora Anita Collins, que viene trabajando hace años en la divulgación de la neuroeducación, lo dice sin vueltas: aprender música no forma solo músicos, forma mejores estudiantes. Y agrega, con una frase que a mí me quedó dando vueltas: la música es una herramienta para la cognición, no un lujo decorativo.
Dicho todo esto, lo que el estudio de Northeastern viene a sumar es una pieza más al rompecabezas. No es la primera vez que se cruzan música y aprendizaje, y probablemente no será la última, pero ayuda a ordenar la conversación. Como suele decirse en mi oficio, no alcanza con un solo paper para cambiar una política pública, pero cuando los datos van sumando en la misma dirección, la evidencia empieza a empujar. A las familias que estén pensando en anotarlos, el mensaje es sencillo: si pueden sostenerlo en el tiempo y sin que se vuelva un suplicio, vale la pena intentarlo. Y si no pueden pagarlo, la pelea de fondo es otra, y también es importante: que el Estado y las comunidades se hagan cargo de que la música no quede solo para los que pueden pagarla. Me quedo con la imagen de la nena de María Inés, caminando por la vereda de Caballito con el estuche del violín a la espalda, en una de esas tardes de enero en las que el río baja quieto y la ciudad respira distinto.
