PyMEs bonaerenses patean el tablero: aguinaldo en cuotas y pagos a proveedores estirados para no tocar el personal
La caída del consumo apretó la caja de fábricas chicas y medianas de la provincia de Buenos Aires, que reparten el medio aguinaldo en varias veces y demoran compromisos antes que avanzar sobre los puestos de trabajo. La presión tributaria y la competencia importada completan el cuadro.
Cuenta la crónica de estas últimas semanas que en el corazón fabril de la provincia de Buenos Aires la rutina se parece cada vez más a un ejercicio de equilibrio: cuando la facturación retrocede, las obligaciones fijas –sueldos, impuestos, servicios y cuotas de crédito– no esperan, y la diferencia entre lo que entra y lo que hay que pagar se vuelve el verdadero termómetro de la sobrevivencia. En ese escenario, las pequeñas y medianas industrias están optando por una estrategia tan conocida como compleja: estirar los plazos con proveedores, fraccionar el medio aguinaldo en varias cuotas y revisar gasto por gasto, con un objetivo que las propias dueñas y dueños repiten como una declaración de principios: no reducir personal.
La caja que no cierra
Lo describió con una claridad que sirve para entender el momento que atraviesa buena parte del parque industrial bonaerense Patricia Malnati, presidenta de Jomsalva, una fábrica de compuestos de caucho con 53 años de actividad. “Cuando la rentabilidad empieza a mermar, las dificultades se acumulan mes a mes”, explicó la empresaria, y agregó, en un fraseo que resume la decisión de toda una franja PyME: “Uno trata de sostener y de no echar”.
En Jomsalva, donde la antigüedad promedio del personal ronda los 15 años, ese lazo de largo plazo funciona como un ancla en los períodos de menor movimiento. La compañía prefiere reacomodar sus compromisos financieros antes que abrir la puerta de los despidos, una conducta que se repite en buena parte del entramado pyme de la provincia.
- Extender los plazos de pago a proveedores para no exigirle más a la caja diaria.
- Postergar depósitos bancarios y compromisos impositivos hasta poder cubrirlos sin afectar la operación.
- Dividir el aguinaldo en cuotas, distribuyendo el desembolso en lugar de afrontarlo de una sola vez.
- Revisar línea por línea los gastos de la empresa en busca de ajustes que no toquen al personal.
El peso del “costo argentino” en cada factura
La otra cara del ajuste la describe la propia Malnati con una queja que recorre al sector: “El costo argentino, el nivel impositivo nos saca totalmente”. En concreto, el impuesto sobre los Ingresos Brutos puede trepar hasta un 3% de la facturación y las tasas municipales de seguridad e higiene llegar al 8%, según el distrito. Cuando las ventas bajan, esos porcentajes pesan más sobre un ingreso que ya no alcanza.
A la presión tributaria se suma un competidor externo que las fábricas locales sienten en los mostradores: el producto importado, en buena medida de origen chino, que llega a precios que cuesta igualar. Malnati fue cuidadosa al diferenciar: “hay variedad, hay algunos muy buenos”, aclaró, pero a la vez reclamó más controles sobre la subfacturación –la práctica de declarar un valor menor al real al importar para pagar menos impuestos–, porque que erosiona la competencia leal y golpea a la producción local.
Lo que el Estado todavía no resolvió
Del taller a la vidriera –o, como se suele decir en la jerga fabril, del yerbal a la góndola, aunque esta vez la cadena sea bien distinta y enteramente bonaerense–, el camino que recorren estas PyMEs muestra una decisión empresaria que no disimula la gravedad del cuadro: prefieren comerse la mora con proveedores y repartir el aguinaldo antes que firmar bajas. Lo que el Estado todavía no resolvió es, justamente, lo que estas fábricas están pagando con esfuerzo propio: la presión de Ingresos Brutos, las tasas municipales, la competencia importada y un mercado interno que no termina de arrancar.
Mientras esa discusión siga pendiente, la pulseada se ganará, como siempre, en la fábrica: estirando plazos, recortando lo accesorio y sosteniendo al personal con la calculadora en la mano, en una cuenta que la mayoría prefiere cerrar con la gente adentro, aunque más no sea para llegar al próximo mes.
