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Tres peleas de todos los días: el secreto, el perdón y el reloj, según Franklin

La frase del viejo Benjamin, que sigue vigente dos siglos y medio después, abre una puerta para pensar cuánto nos cuesta callar, soltar y aprovechar las horas en esta vida que se nos va mientras el celular nos distrae.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · 15 de septiembre de 2026 · hace 2 h

A mí me gusta empezar por la vereda, porque ahí, a la sombra de un jacarandá de la calle Corrientes, fue donde me quedó dando vueltas una idea que viene de muy lejos. Resulta que un tipo nacido en 1706, político, científico y eterno curioso, dejó escrita una frase que parece escrita para este 2025 en el que nadie calla nada, nadie perdona del todo y nadie tiene un minuto libre. Ese hombre se llamaba Benjamin Franklin y lo que dijo, en su inglés de hace más de doscientos años, se puede traducir así, criollo mediante: las tres cosas más difíciles de esta vida son guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.

Callar, que no es lo mismo que obedecer

El primer punto duele porque va contra el reflejo. Guardar un secreto significa bancarse la picazón de contar lo que sabemos, y eso, según lo que sabemos hoy, activa en el cerebro una especie de recompensa inmediata, un protagonismo de cinco minutos que después se paga caro. La cuestión es que cada vez que alguien nos confía algo privado está firmando un pacto chiquito, casi silencioso, y romperlo no es un pecado menor: es romperle la confianza a alguien que se la jugó por nosotros. Hoy, con las redes sociales premiando la exposición permanente, la discreción quedó convertida en una rareza, algo casi exótico, como el guaraní ñeheñói (el modo de hablar) que se usa cada vez menos en los pueblos del Litoral.

Soltar, sin confundir con justificar

Lo del perdón tiene trampa, y por eso Franklin lo puso en el podio de las cosas difíciles. Perdonar no es decir que lo que nos hicieron estuvo bien, ni hacerse el distraído como si nada hubiera pasado. Perdonar es, más bien, decidir no cargar más con esa mochila que nos pesa en los hombros y nos nubla la cabeza. El resentimiento, dicen los que saben, gasta energía mental como un motor encendido en punto muerto: consume nafta, calienta, pero no mueve el auto. Cuando uno suelta el enojo, lo que recupera es atención, sueño, paciencia, cosas que el rencor nos había robado sin que nos diéramos cuenta. Como me decía el otro día Néstor, vecino de Barracas, mientras tomábamos mate en la plaza: yo perdoné a mi cuñado, no porque él se lo merezca, sino porque yo ya no aguantaba más el peso.

Aprovechar el tiempo, el bien que no se repone

  • El tiempo es el único recurso que, gastado, no vuelve: ni con esfuerzo ni con plata se recupera una hora que se fue.
  • Estar ocupado todo el día no es lo mismo que haber avanzado: se puede correr sin moverse del lugar.
  • La diferencia entre actividad y progreso está en elegir, hora a hora, si lo que hacemos nos acerca a lo que queremos.
  • En un mundo diseñado para capturar nuestra atención, decidir en qué la usamos es un acto de autocontrol cotidiano.

El tercer punto es, para mí, el más de todos los días. Franklin lo decía con una claridad que asusta: el tiempo es un bien que se gasta y no se repone, a diferencia de la plata, que se puede recuperar, o de la salud, que a veces se mejora. Lo que él llamaba aprovechar el tiempo hoy se volvió una pelea contra algoritmos, notificaciones y pantallas que compiten segundo a segundo por llevarnos puesto. Y acá aparece la raíz que une a los tres: el autocontrol, esa capacidad que no es un don de nacimiento sino un músculo que se entrena decisión a decisión, mañana a mañana.

Me quedé pensando, mientras el sol se ponía detrás de los tanques de agua del barrio, que las tres batallas que Franklin enumeró hace casi tres siglos siguen siendo, exactamente, las mismas que cualquier vecino de Pompeya o de Flores enfrenta un martes a las siete de la tarde. Callar lo que sabemos, soltar el enojo que cargamos y elegir en qué gastar la hora que viene: tres peleas chiquitas, íntimas, que definen buena parte de cómo se nos pasa, en silencio, la vida.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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