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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Un millón de robots y todavía se golpean más que antes: el dilema que Amazon no sabe cómo contar

La empresa más robotizada del planeta ya supera el millón de unidades en sus depósitos y, al mismo tiempo, registra más accidentes que cuando dependía casi sólo de personas. Los números internos que presentó ante el Senado de Estados Unidos exponen una contradicción que la propia compañía no termina de explicar.

Por Matías KriegerTecnología · · hace 3 d
Un millón de robots y todavía se golpean más que antes: el dilema que Amazon no sabe cómo contar

Volvés del súper con tres bolsas, te tropezás con la mochila del nene y pensás: bueno, por lo menos en mi casa no me maneja un robot. Error. Amazon, la empresa que te lleva la compra a la puerta en 24 horas, acaba de cruzar la barrera del millón de robots trabajando en sus depósitos. Y no, eso no significa que trabajar ahí sea más seguro. Todo lo contrario.

Según el reporte corporativo de 2025, la compañía sostiene al mismo tiempo una plantilla de más de 1,5 millones de empleados entre jornada completa y parcial. Para dimensionarlo: es como si una ciudad del tamaño de Buenos Aires trabajara sólo para un mismo empleador. Y del otro lado, un millón de máquinas autopropulsadas, brazos mecánicos y sistemas con inteligencia artificial que mueven estanterías del tamaño de un piano de cola.

Una historia que arrancó con una compra clave

En 2012 Amazon compró Kiva Systems, una firma que fabricaba robots con ruedas capaces de acercar estanterías enteras a los trabajadores en vez de obligarlos a caminar kilómetros por pasillos. De ahí nació Amazon Robotics, que después sacó modelos como Hércules y Titán para cargas pesadas, y Proteo, el primero con sensores para circular entre personas sin chocarlas. Traducido: durante años la idea fue que la máquina le ahorrara pasos al humano, no que lo reemplazara. La promesa siempre fue ésa.

Para que un millón de robots no se pisen entre sí, la empresa desarrolló DeepFleet, un sistema de inteligencia artificial que funciona como un controlador aéreo pero en el piso del depósito: coordina los desplazamientos de toda la flota. Según las propias mediciones de Amazon,DeepFleet —que es como el Waze interno de los robots— logró reducir un 10% el tiempo de traslado. Lo que no midió, o al menos no publicó, es cuántas colisiones hubo en el camino.

La nueva generación: brazos que casi sienten

  • Robin usa ocho ventosas para agarrar paquetes de pilas de objetos desordenados, como una mano gigante con dedos de goma.
  • Cardinal acomoda bultos de hasta 22 kilos dentro de carritos, o sea, lo que cargaba tu abuelo en el almacén del barrio.
  • Sparrow reconoce cientos de millones de productos distintos para reponer cajones sin equivocarse de caja.
  • Vulcan, el más nuevo, es el primer brazo de Amazon con sensores de fuerza que le dan algo parecido al tacto: funciona desde 2025 en Spokane, Washington, y en Hamburgo, Alemania, y la idea es expandirlo en 2027.

Scott Dresser, vicepresidente de Amazon Robotics, repite el argumento clásico: la idea es que las máquinas se queden con las tareas más riesgosas, las que rompen espaldas y rodillas. Es el discurso oficial, el que suena bien en una presentación para inversores. El problema es que los propios papeles que la empresa presentó ante el Senado de Estados Unidos cuentan otra historia.

Los números que complican el discurso

Una investigación de 18 meses de la Comisión de Salud, Educación, Trabajo y Pensiones del Senado estadounidense, terminada en diciembre de 2024, concluyó que los depósitos de Amazon registran 30% más percances que el promedio del sector. Pero hay un dato todavía más incómodo para la compañía: los centros automatizados, justamente los repletos de robots, tienen una tasa de accidentes 28% mayor que los que todavía no los incorporaron. O sea, donde hay más máquinas, hay más golpes. La frase la escribo y la vuelvo a leer, porque parece un chiste, pero sale de los registros internos de la propia Amazon.

Mientras tanto, el parque de brazos robóticos se prepara para más que duplicarse este año, con fábricas nuevas en Austin, Texas, y Greenwood, Indiana. La directora financiera adjunta lo dijo sin ponerse colorada en la última conferencia con analistas: la flota va a crecer. Y nadie en la sala preguntó por los números de accidentes. Tampoco es raro: en estas reuniones, IR —ganancias, para los que no quieran googlearlo— y CAPEX —cuánto se invierte— siempre ganan la pulseada contra los datos de seguridad.

Acá reconozco algo: yo también caigo en la trampa. Cada vez que pido un libro o un cargador y llega al día siguiente, pienso qué bueno que es esto. Y lo es. Pero cuando una empresa presume de tener más robots que ninguna en el mundo y al mismo tiempo sus propios papeles muestran que sus depósitos automatizados son más peligrosos que los manuales, algo no cierra. La promesa de que las máquinas iban a sacarnos el trabajo pesado se topa con la realidad: sacar cajas de un estante a las tres de la mañana, rodeado de un millón de robots que también tienen turno, sigue siendo un trabajo duro.

El debate abierto

La pregunta de fondo no es si la automatización es buena o mala. Es si una compañía puede vender la robótica como solución de seguridad mientras sus propias estadísticas dicen lo contrario. Amazon dice que los robots sacan a la gente de las tareas más riesgosas. Los papeles que mandó al Senado dicen que los depósitos con más robots se accidentan más. Las dos cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo, o por lo menos no sin una explicación larga que todavía nadie escuchó.

Por ahora, mi consejo —sí, otra vez el viejo Matías cerrando con orden—: la próxima vez que un ejecutivo te prometa que la tecnología va a hacerte la vida más fácil, pedile los datos. Todos. Los que muestran el ahorro de tiempo y los que muestran la tasa de accidentes. Sin ambos, es marketing. Y en Argentina, donde sabemos mejor que nadie eso de que las promesas no pagan el alquiler, una mirada escéptica no es cinismo: es supervivencia.

MK
Matías KriegerTecnología

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