Un trueque en la cordillera: dormir en Villa La Angostura a cambio de trabajar en el bosque
Una convocatoria de Worldpackers busca voluntarios para un proyecto de permacultura en el sur neuquino: a cambio de 25 horas semanales, ofrecen cama compartida, desayuno y bicicletas para recorrer el lago y los cerros.
Acá estoy, sentado en la galería de casa con el termo cebado, mirando por la ventana cómo la mañana se pone pesada de calor y pensando en esa otra orilla del país donde, en cambio, el aire corta la cara y huele a pino húmedo. Me topé con una noticia que me reconcilia un poco con el mundo: en Villa La Angostura, un pueblo del Surneuquentino que muchos tenemos asociado con las vacaciones de enero y las fotos del Nahuel Huapi, hay un proyecto que te da techo y comida a cambio de que le metas las manos al trabajo. Y no, no es ningún invento nuevo ni una vuelta hippie salida de nowhere: es una permuta concreta, con horarios, tareas y hasta días libres.
La movida se canaliza a través de Worldpackers, una plataforma internacional que conecta viajeros con anfitriones que ofrecen alojamiento a cambio de colaboración. En este caso, el anfitrión es un proyecto de permacultura y bioconstrucción con 15 años de experiencia en este tipo de iniciativas, según detalla la convocatoria. Para sumarse hay que armar un perfil en la página y mandar la solicitud correspondiente, con una permanencia mínima prevista de 14 noches. Pueden postularse personas que viajen solas, en pareja o con un acompañante, y se pide, eso sí, un conocimiento básico de español.
Qué dan y qué te piden
- Alojamiento en cama dentro de un dormitorio compartido.
- Desayuno incluido en la propuesta.
- Uso de lavandería sin cargo durante la estadía.
- Bicicletas para moverse por la zona.
- Acceso a espacios comunes y a las actividades del proyecto.
- Dos jornadas libres por semana para recorrer la localidad.
- Una contrapartida de 25 horas semanales de trabajo en tareas de pintura, decoración, construcción, reparaciones, jardinería y mantenimiento general.
Como me dijo una vez Andrés, un vecino del barrio de La Boca que cada vez que puede se manda al Sur: "Allá arriba el tiempo pesa distinto, no apura nadie". Y algo de eso se cuela en esta propuesta. Las horas de labor se reparten entre diferentes días y horarios, de modo que la experiencia alterna el trabajo con momentos libres para pasear por el pueblo, pedalear hasta algún lago cercano o simplemente quedarse mirando los cerros. Las bicicletas forman parte del paquete justamente para eso: para moverse sin gastar en traslados.
Ahora bien, antes de empezar a armar la valija, conviene tener en cuenta lo que la permuta no cubre. Los pasajes hasta Villa La Angostura, los traslados internos que no se hagan en las bicis de la casa, la documentación personal y cualquier gasto que no figure expresamente entre los beneficios quedan por cuenta de cada voluntario. Tampoco está de más recordar que los cupos dependen del período elegido: la convocatoria contempla distintos meses del año, pero la posibilidad de incorporarse se define en función de los lugares disponibles, las necesidades del proyecto y la cantidad de postulantes que se hayan presentado.
¿Y cómo se hace para meterse? El primer paso, bien terrenal, es entrar a Worldpackers, buscar el proyecto de Villa La Angostura y leer las condiciones con atención. Ahí mismo se revisan fechas, características del lugar y disponibilidad. Después se completa el perfil y se envía la solicitud al anfitrión, que es quien termina definiendo si encajás o no en el grupo que está armando para esa temporada. La verdad, todo el proceso a la hora de pensar si te conviene o no y, sobre todo, si las tareas y los tiempos te cierran con lo que andás buscando.
Una forma de viajar que se parece a la de antes
Hay una palabra en guaraní que me gusta traer cada vez que aparece algo así: mba'ete, que se usa para nombrar ese intercambio de cosas, el trueque con plata o sin plata, donde lo que se cruza es trabajo, tiempo, voluntad. Esta movida tiene algo de mba'ete moderno, porque mezcla plata cero con pertenencia, con pertenecer por un rato a un lugar y dejar algo tuyo en él.
Me lo imagino así, y con esto me despido hasta la próxima: una mañana de febrero en el Sur, con el lago todavía color plomo y el sol apenas asomando detrás del cerro Belvedere. Alguien sale del dormitorio compartido con una taza de café en la mano, cruza el jardín donde ayer pintó una cerca y se sube a una de las bicis que dejó el anfitrión en la entrada. Pedalea hasta la costanera, respira hondo, y piensa que, por un rato, esa cordillera también es un poco suya.
