Caminar por las entrañas del Malacara: una geología a cielo abierto en el sur mendocino
En el paraje La Batra, cerca de Malargüe, la familia Quezada abre las puertas de un campo donde la lava, el agua y el tiempo moldearon pasadizosmulticolores que hoy se recorren paso a paso.
Arrancamos la nota con una imagen que tengo grabada: el calor del mediodía cae como una manta sobre el sur mendocino, el río parece dormir debajo del puente y la vereda del pueblo se estira hasta perderse entre los álamos. En ese paisaje, a pocos kilómetros de Malargüe, aparece un cerro distinto a los demás. No es uno de los picos nevados que uno imagina cuando piensa en la cordillera, sino un volcán apagado que se deja caminar por dentro como si fuera una casa antigua con varias habitaciones abiertas al cielo. Es el Malacara, y lo que propone es nada menos que meterse en sus entrañas para entender, con los propios pies, cómo se fue armando este rincón del mapa.
La caminata se hace en el paraje La Batra, dentro de un campo que hace más de dos décadas dejó de ser únicamente un lugar de cría de animales para convertirse en un destino geológico. Hoy lo administra la familia Quezada, que conoce cada ladera, cada piedra suelta y cada pozo de agua como si fueran parte del arbolito genealógico del lugar. Para llegar hasta la formación hay que transitar caminos de ripio rodeados de jarillas y, en algunos tramos, esa tierra clara que el viento levanta y que termina pegándose a la garganta. Pero el esfuerzo, dicen los que ya fueron, vale la pena apenas se entra a la primera de las tres grandes grietas que tiene el cerro.
Un recorrido entre paredes amarillas y depósitos negros
Lo que sorprende al visitante no es la altura del Malacara, sino la variedad de colores que aparece a medida que uno avanza por los pasillos naturales. Hay paredes onduladas como si fueran cortina de teatro, sectores enteros de roca amarilla que parecen pintados a mano y, por encima, capas oscuras que se desgran al tocarlas, como si fueran arena gruesa. La luz entra por las aberturas superiores y va dibujando manchas en el piso, mientras el aire frío circula entre las grietas y genera esa sensación extraña de estar al sol y a la sombra al mismo tiempo. Los tres cráteres que tiene el volcán en la parte alta quedan prácticamente ocultos para quien lo recorre desde abajo, tapados por la forma del terreno y por la vegetación que se fue acomodando con los años.
Para entender por qué el paisaje tiene esa paleta tan particular, nada mejor que escuchar a quien lo estudió durante años. Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, explica que el Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, posiblemente de una laguna que ya no existe. Ese encuentro entre el fuego y el líquido fragmentó la lava y alteró los materiales, y de ahí salieron buena parte de las superficies amarillas que hoy llaman la atención. Después, cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió su curso y se acumularon los depósitos negros que se ven como un manto superior. Mucho más tarde, la erosión del agua y del viento fue abriendo los corredores que hoy se caminan, unos depósitos que, según advierten los guías, son frágiles: se desgranan con solo rozarlos con la mano.
De campo ganadero a destino turístico, con un poco de ayuda petrolera
La historia más humana del lugar también tiene su miga. A fines de los años noventa, los Quezada criaban animales en ese sector del campo sin imaginar que debajo de sus pastos había un patrimonio geológico de los más interesantes de la región. En el 2000, la geóloga Corina Risso llegó al predio con la ayuda de Alberto, al que todos en la zona llaman Beto, y juntos empezaron a relevar lo que el cerro tenía para contar. Dos años más tarde, en el 2002, la investigadora presentó sus trabajos en Malargüe y, casi en paralelo, la familia comenzó a armar una oferta de visitas con guías locales, muchos de ellos conocedores de la zona desde chicos.
- Las primeras salidas se hacían a caballo, por senderos internos del campo de los Quezada.
- En el 2006, una antigua huella petrolera permitió empezar a entrar con camioneta.
- Después, con maquinaria, se acondicionó el camino para hacerlo accesible a vehículos más grandes.
- Hoy la caminata combina trekking, observación de formaciones y una vista panorámica desde el mirador.
- Desde ese punto alto se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo, con su espejo de agua salada y sus flamencos rosados.
La propuesta, en concreto, es bien de conversación de sobremesa: una caminata de baja dificultad que atraviesa dos de las tres grandes grietas y suma una subida hasta un mirador natural. Desde ahí, la vista se abre hacia la laguna de Llancanelo, ese espejo enorme que parece pintado en el medio de la estepa. Para los Quezada, el cerro se transformó en una forma de vida; para los geólogos, en una clase a cielo abierto; y para el visitante de paso, en una de esas salidas que se recuerdan mucho después, cuando uno ya está de vuelta en la ciudad, con el polvo del camino todavía en los botines.
“Cuando el visitante se interna en las grietas del Malacara y mira hacia arriba, ve un techo irregular de roca con pedazos de cielo. Es como caminar por el interior de una catedral natural, con la diferencia de que acá los vitrales los fue armando el magma, no ningún artista.”Vecino de Malargüe, zona centro
Antes de cerrar la nota, vale una aclaración que siempre sumo en este tipo de recorridas: el guaraní dejó en nuestra lengua de tierra adentro palabras que sobreviven sin que nos demos cuenta, y andurrial es una de ellas. Significa justamente esto, un lugar apartado, de difícil acceso, un sitio al que se llega después de caminar bastante y que, por eso mismo, guarda sus secretos. El Malacara es un andurrial en el mejor sentido de la palabra: un rincón al que uno va a buscar algo y termina encontrando bastante más. Y una última imagen para despedirme, la que se me queda dando vueltas cuando pienso en este cerro: la silueta de los Quezada despidiendo a los visitantes en la tranquera, con el sol bajando detrás de los cráteres y la laguna de Llancanelo parpadeando a lo lejos, como si también ella se estuviera por ir a dormir.
