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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Chacarita, quinientos cuarenta metros de vinilo y parlantes del cincuenta y cuatro: la utopía analógica de Artlab

Gonzalo Solimano armó en Roseti 93 un templo del sonido sin pantallas, con ocho equipos Altec que —según dice— salieron de un cine porteño. Este domingo, además, se baja la persiana de la octava edición capitalina del festival MUTEK.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 6 d
Chacarita, quinientos cuarenta metros de vinilo y parlantes del cincuenta y cuatro: la utopía analógica de Artlab

La tarde cae pesada sobre Chacarita, con esa humedad que se pega a la vereda como un segundo uniforme, y a dos cuadras de la estación, casi sin cartel en la puerta, sobrevive un galpón de quinientos cuarenta metros cuadrados donde lo único que se mueve, además del aire, son las agujas de los tocadiscos. Se llama Artlab y hace casi una década que viene proponiendo algo que hoy suena a herejía: escuchar música sin mirar el celular, prestar atención al sonido como se le prestaba antes de que el bolsillo empezara a vibrar cada tres minutos con notificaciones que nadie pidió. El lugar, atendido por su propio fundador, Gonzalo Solimano —DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, bahía de familia bien porteña—, funciona desde 2015 en Roseti 93 y se convirtió, sin hacer ruido, en uno de los pocos reductos de la Ciudad donde la música electrónica se cruza con el arte audiovisual bajo una premisa casi artesanal.

El corazón analógico: ocho parlantes que soñaron con ser un cine

Lo que llama la atención apenas uno cruza el umbral es la cantidad de cajas acústicas distribuidas con criterio casi escenográfico. Son ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7, fabricados en 1954, piezas enormes, de madera noble, que según me cuenta el propio Solimano tienen como probable origen nada menos que un cine emblemático de Buenos Aires, aunque aclara que esa procedencia todavía no pudo confirmarse del todo. Eka tape ha'i —que en guaraní quiere decir algo así como 'es un lío bárbaro'— la cantidad de horas que les habrá llevado restaurar cada uno de esos equipos para que volvieran a sonar como recién salidos de fábrica. Lo concreto es que esos parlantes, hoy devenidos en patrimonio sonoro del lugar, son los que permiten que un álbum de Miles Davis, un disco de Pink Floyd o las capas densas de Massive Attack se desplieguen en el aire con una calidez que ninguna caja portátil de los últimos tiempos puede imitar.

El ritual se repite en dos citas semanales que ya son marca registrada del barrio. Una es Audiófilos, donde los asistentes se sientan a escuchar un álbum completo —de principio a fin, sin pausas para chequear el teléfono—, y el repertorio puede ir desde Davis hasta Pink Floyd, pasando por Invisible o Massive Attack, siempre respetando el formato original: vinilo cuando el vinilo rinde mejor, CD cuando el CD se impone, archivos sin compresión en esos casos donde la calidad manda. La otra cita es Círculo de Sonido, una sesión de house bien bailable donde el propio Solimano y otros DJs se reparten la consola para mantener viva la tradición de la pista, esa misma que en los noventa se llenaba de cuerpos y no de pantallas.

Leandro, vecino de Villa Crespo que vino en bicicleta, me lo dijo con una sonrisa mientras esperaba que empezara la sesión: 'Vine porque acá dejás el celular en el bolsillo y no pasa nada. Es como viajar atrás en el tiempo, pero con la música que me gusta hoy.' Una frase que, sin querer, resume el espíritu del lugar: no es una cápsula nostálgica, es una manera de habitar el presente con otros cinco sentidos además del táctil-digital.

MUTEK llega a su octava edición porteña y cierra en Artlab

Este domingo, además, Artlab se viste de festival para recibir el cierre de la octava edición capitalina del MUTEK, un evento de música electrónica experimental, arte audiovisual y nuevas tecnologías que nació en Canadá en el año 2000 y que Solimano —el mismo Gonzalo de Villa Urquiza— trajo al país en 2018, cuando todavía nadie apostaba por un formato de esa escala en Buenos Aires. El MUTEK se diferencia de los festivales masivos del género por su perfil más curado, más pensado, donde la electrónica se cruza con instalaciones visuales y performances que invitan a quedarse mirando tanto como a bailar. La entrada,aclaran desde la organización, no está pensada para el público que va a buscar el headliner de moda, sino para quien quiere dejarse llevar por la experimentación sonora con la misma predisposición con la que uno se sienta a ver una película de autor.

Sobre el revival del vinilo y el regreso, más silencioso pero igual de real, del CD, Solimano no tiene dudas: 'Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.' Una observación que, viniendo de alguien que vive de la electrónica —un género históricamente asociado a lo digital—, no es menor. Y sobre la irrupción de la inteligencia artificial en el proceso creativo, su postura es tan firme como medida: 'Es un recurso muy potente y la clave es que te asista para crecer en tu investigación y para simplificar procesos, no que haga tu obra por vos.' En criollo: la máquina puede ayudar, pero la obra sigue siendo, mientras tanto, un asunto humano.

A la salida, cuando la noche empieza a refrescar la vereda de Roseti y uno se acomoda el saco antes de subir a la bicicleta, queda flotando una imagen que vale más que cualquier cifra: ocho cajas de madera de 1954, agujas tibias todavía, y un grupo de personas sentadas en silencio respetuoso escuchando un disco entero, sin que nadie revise el celular. Eso, en plena era de la inmediatez, es casi un acto de resistencia. Quien quiera sumarse a la última función del MUTEK porteño de este año, ya sabe: Roseti 93, Chacarita, este domingo. Y si no, Audiófilos y Círculo de Sonido siguen siendo una excusa perfecta para recordar que la música, antes que nada, se escucha con el cuerpo entero.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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