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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20

La enzima que digiere el azúcar de la leche se va apagando con los años y muchas personas lo descubren de golpe, entre los 20 y los 30. Síntomas, diferencias con la alergia y los pasos para acomodar la alimentación sin perder nutrientes, en una nota para leer con mate de por medio.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 3 d
Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20

Arrancamos la tarde con esa térmica que no te deja pensar en otra cosa, el asfalto blando y la promesa de una lluvia que todavía no cae pero que el cielo viene cobrando hace rato. En la vereda, mientras se ventila un cortado, aparece la conversación de siempre: "a mí la leche ya no me hace bien". No es un capricho ni una moda, ni un invento de dietólogo. Es un fenómeno que los médicos describen con una palabra técnica, intolerancia a la lactosa, y que le pasa a buena parte de los adultos que durante la infancia tomaban leche como si fuera agua. Lo que cambia con el paso de los años es la cantidad de una enzima llamada lactasa, que fabrica el intestino delgado y que se encarga de partir la lactosa, el azúcar natural de la leche, en pedacitos chiquitos para que el cuerpo la pueda absorber. Cuando esa producción baja, lo que queda sin digerir se va derecho al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y arman el descontrol: gases, hinchazón, dolor de panza y, a veces, diarrea.

Un reloj que se pone en marcha a los 20

Lo más interesante, y lo que más llama la atención en el consultorio, es que estas molestias suelen aparecer en la juventud tardía, entre los 20 y los 30, aunque hay casos que se destapan mucho después. A los 40, ya instalados en la vida adulta, uno mira para atrás y recuerda esas vacaciones en la costa con litros de helado y cero consecuencias. ¿Qué pasó? La respuesta está en la genética. La capacidad de seguir produciendo lactasa toda la vida es, en realidad, una variante que heredamos de pueblos del norte de Europa, donde la cría de vacas y el consumo de leche se sostienen desde hace miles de años. En poblaciones de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, en cambio, lo habitual es que esa enzima vaya mermando con el tiempo, que en guaraní llamaríamos algo así como ñeñangareko, ese cuidado que el cuerpo va dejando de prestar a una función que ya no necesita como antes.

Por eso mismo, en la Argentina, con su mezcla de raíces europeas y americanas, la intolerancia se presenta de maneras muy distintas según la familia. La médica nutricionista Lorena Pérez lo resume en el consultorio de un centro de salud del barrio de Caballito: "Viene el paciente y te dice: doctor, antes tomaba dos litros por día y ahora un vaso me infla como un globo. Es lo más frecuente que escuchamos. La gente cree que algo se rompió, y en realidad lo que pasó es que el cuerpo dejó de fabricar la cantidad de lactasa que fabricaba antes".

Cómo se reconoce y qué se hace

  • Síntomas más comunes: hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, que suelen aparecer entre 30 minutos y dos horas después de comer un lácteo.
  • Cada persona tiene un umbral propio: hay quienes se inflan con un vaso de leche entera y quienes toleran un poco de yogur o una feta de queso, que tienen menos lactosa porque la fermentación o el desuerado ya la descompusieron.
  • No es lo mismo que la alergia a la leche: la alergia es una reacción del sistema inmune frente a las proteínas, puede dar urticaria, vómitos o problemas para respirar y suele aparecer en la infancia; la intolerancia es solo una cuestión digestiva.
  • Para confirmar el diagnóstico está la prueba de hidrógeno espirado, en la que se toma una dosis de lactosa y se mide el aire que se exhala durante unas cuatro horas, aunque muchas veces alcanza con sacar los lácteos unas semanas y ver si las molestias se van.
  • Frente a la duda, la consulta al médico o al nutricionista es clave: retirar alimentos sin supervisión puede dejar a alguien sin calcio, vitamina D y proteínas, nutrientes que la leche y sus derivados aportan en buena medida.

Cuando el calor afloja un poco y la noche empieza a estirarse en el barrio, uno entiende que la cocina se puede ir acomodando a este nuevo mapa del cuerpo. No hace falta cortar de cuajo con la leche ni despedirse para siempre del flan casero. Lo que sirve, en el fondo, es probar de a poco, anotar qué cantidad se tolera, preferir quesos más estacionados como el parmesano o el queso azul, que casi no tienen lactosa, y sumar otras fuentes de calcio como el brócoli, la espinaca, las almendras o los pescados con espina. La vecina Marta, de Floresta, me lo decía el otro día mientras esperábamos el colectivo: "Yo dejé el mate con leche y arranqué con el mate cocido con un chorrito de leche descremada, y santo remedio. El truco fue probar, no mandarme toda". Y esa es, justamente, la idea: escucharse, ir ajustando y, sobre todo, no quedarse con la duda. Porque detrás de un dolor de panza que se repite, a veces lo que está hablando no es el capricho, sino un cuerpo que cambió y al que todavía no leímos con atención.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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