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Sábado, 17 de octubre de 2026
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De maestra a mamá de siete: cómo María Laura armó la familia que siempre soñó

Vivía en un departamento chico y su pareja tenía dudas. Hoy comparte la mesa con seis hermanos que adoptó y un bebé que llegó sin buscarlo. Una historia de paciencia, escuela y vínculos.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 15 h
De maestra a mamá de siete: cómo María Laura armó la familia que siempre soñó

La mañana empieza con calor en la vereda de siempre, esa donde el sol pega de lleno sobre las baldosas y uno aprende a caminar pegado a la sombra de los árboles. Ahí, entre la rutina y el ruido de los chicos que van a la escuela, María Laura me cuenta una historia que parece sacada de otro tiempo, pero que está pasando ahora, en cualquier barrio de esta Buenos Aires que no deja de sorprender. Tiene 38 años, es maestra, y hace un rato largo dejó de ser maestra para convertirse en mamá, perdón de verdad, en mamá de siete. Siete, che. Y no es que haya tenido a todos de golpe: a seis los eligió, y al séptimo lo trajo al mundo sin planearlo, justo cuando el árbol genealógico empezaba a tomar la forma que ella siempre había imaginado en silencio.

Una maestra que se animó a ir por más

La historia arranca en un aula, como tantas cosas en esta vida. María Laura daba clases y entre sus alumnos tenía a dos de los seis hermanos que vivían en un instituto desde hacía cinco años. Iba a visitarlos, se comprometía, se enganchaba con la causa. Y de a poco, mientras compartía mates y tareas, se le fue metiendo en la cabeza la idea de postularse para adoptarlos. "Che, ¿y si me animo?", pensaba. Pero en el living de su casa la realidad la paraba en seco: un departamento chico, una pareja con dudas razonables sobre si iban a poder bancar económicamente a seis pibes de golpe. La relación se resintió, se separaron por un tiempo, y María Laura arrancó los trámites sola, con esa mezcla de coraje y locura que tienen las decisiones que cambian todo.

Porque a veces las cosas grandes empiezan con un "sí" que uno se dice a sí misma en voz baja. Y así fue como esta mujer, con las herramientas que tenía a mano, se presentó en el Registro y dijo: yo los quiero a todos, no vengo por uno ni por dos. Cuando le preguntaron si quería quedarse con uno, con los gemelos o con los mellizos, la respuesta fue cortita y dijo: "Quiero estar con los seis". Punto. Sin vueltas. Porque, como me explicó después, esos pibes habían construido entre ellos un bloque muy sólido durante los años en el sistema, y separarlos hubiera sido romper algo que funciona bien, y no tiene sentido romper lo que funciona bien.

“La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco.”María Laura
  • Daniel y Milo (13), los gemelos, van a una escuela técnica.
  • Maiara y Lionel (16), los mellizos, comparten el mismo colegio.
  • Zaira (18) cursa el último año del secundario.
  • Daiana (20), la mayor, estudia Abogacía.
  • Nahitan, de poco más de un año, es el bebé que llegó después de la adopción.

Y acá aparece lo más lindo de toda esta historia, que es el momento en que los propios chicos la eligieron a ella. Sucedió en un recreo, así, de repente, como pasan las cosas que de verdad importan. Algunos de los hermanos se acercaron a su escritorio y le dijeron, con esa simpleza que tienen los pibes cuando dicen las cosas en serio: "Te elegimos para ser nuestra mamá". A partir de ese día, los papeles dejaron de ser un trámite y se convirtieron en un camino. La mayor, que durante años había sido la mamá de los otros cinco, tuvo que aprender a soltar ese rol y dejarlo en manos de María Laura. No fue de un día para el otro. Fue de a poco, como son las cosas que valen la pena. Y acá me permito meter una palabra en guaraní que me parece que pinta justo esta sensación: "ñande". En guaraní quiere decir "nosotros", pero tiene una fuerza distinta, incluye al otro, lo abraza, lo hace parte. Eso fue lo que construyó María Laura con ellos, un "ñande" de verdad, un nosotros donde antes había soledad.

Lo del bebé fue un regalo que nadie vio venir. María Laura ya tenía la guarda de los seis y estaba acomodando la nueva rutina cuando descubrió que estaba embarazada. Uno de los gemelos, que ya la quería como mamá, le besó la panza antes de que ella supiera qué pasaba adentro y le dijo al oído, como quien le habla a un amigo que todavía no conoce: "Hola, bebé". Y así fue como se enteró de que Nahitan venía en camino. Hoy, con el bebé en brazos, María Laura mira para atrás y no puede evitar emocionarse. Su pareja, que se había alejado por las dudas del principio, volvió al ruedo y hoy ocupa el rol de padre en esta mesa larga donde sobran los cubiertos. Los hermanos más grandes cuidan a Nahitan con una ternura que derrite, y la casa, que antes era un departamento angosto, ahora es un hogar con todas las letras.

Una familia que sigue creciendo

María Laura participa de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, que es una entidad que pelea para que los pibes más grandecitos que están institucionalizados tengan la oportunidad de encontrar una familia. Y cuando le pregunto qué siente cada vez que mira la mesa llena, me lo dice sin pensarlo dos veces: "Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida". Uno la escucha y se queda pensando en lo simple que suena y en lo enorme que es al mismo tiempo. Porque a veces las historias más conmovedoras no necesitan grandes gestos ni declaraciones ampulosas: basta con ver a una maestra que se animó a ir por más, a un grupo de hermanos que se eligieron entre sí, y a un bebé que llegó a confirmar que el amor, cuando es de verdad, siempre multiplica. Y me voy de la vereda con la sensación de que, en este barrio de calor y sombra corta, hay una casa donde sobran los motivos para celebrar. La mesa es grande, sí, pero lo que sobra de verdad es el corazón.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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