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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Decir que no también se aprende: por qué nos cuesta tanto poner límites y cómo se sale del atolladero

Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa aparente: lo que pasa cuando uno se pasa la vida diciendo que sí. Y lo que ocurre cuando el que no tolera un no es el de enfrente. Una psicóloga explica que se puede revertir.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 5 d
Decir que no también se aprende: por qué nos cuesta tanto poner límites y cómo se sale del atolladero

A mí me cuesta horrores decir que no. Y no es una postura filosófica ni una pose moderna: es algo que llevo arrastrando desde pibe, algo que se nota cuando tu vieja te pide que bajes a comprarle algo a las once de la noche y vos, en vez de decirle que estás fundido y a dormir, salís a la calle como un zombie a buscar la yerba que se le acabó. Así, con esas cosas chiquitas, se va armando un currículum de decir sí a todo que, a la larga, termina pasando factura. Hace rato que vengo leyendo y escuchando cosas sobre este tema, y la conversación que tuve el otro día en el barrio con Marta, acá en La Boca, mientras tomábamos mate en la vereda con un sol que te licuaba las ideas, me terminó de decidir a escribir esta nota. Porque Marta me contó algo que me pegó como un cachetazo con la mano abierta: el otro día le dijo que no a su jefa, por primera vez en ocho años, y se quedó dormida toda la noche como un angelito. Antes vivía con insomnio, con unos dolores en la panza que los médicos no le encontraban explicación y con una ansiedad que le comía el alma. Ahí entendí que el cuerpo, cuando uno no pone los límites que tiene que poner, termina poniéndolos por su cuenta y a los golpes.

La especialista consultada para esta nota lo explica con una claridad que a mí me dejó pensando un buen rato. La licenciada en psicología y psicoanalista, que pidió que la mencionemos por su nombre de pila, Romina, trabaja hace más de veinte años en la zona sur del conurbano y asegura que la dificultad para poner límites no es un defecto de carácter ni una decisión consciente: es algo que se construyó de chico, mucho antes de que uno tuviera palabras para entender qué le estaba pasando. Y la buena noticia, si es que hay alguna en este tema, es que así como se construyó se puede revisar. Pero vayamos por partes, porque acá hay más miga de la que parece a primera vista.

El límite se aprende antes de hablar

Cuenta Romina que el límite empieza a armarse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé todavía no sabe ni dónde termina él y empieza el mundo. Necesita que alguien lo limite, alguien que le diga que no antes de que se meta los dedos en el enchufe, alguien que lo haga esperar antes de darle el pecho cuando llora a las tres de la mañana, alguien que le muestre que el deseo no siempre coincide con la realidad y que eso no es el fin del mundo. Esa frustración, vivida en su medida y en el momento justo, es la que va separando al bebé del otro, la que le permite empezar a entender que él es él y que la mamá, aunque lo quiera con el alma, es otra persona con sus propios tiempos. En criollo: el límite no es lo contrario del amor, es una de las maneras que tiene el amor de mostrarse. Y esa frase, que parece un eslogan de red social, es en realidad una de las cosas más verdaderas que escuché en mucho tiempo.

Dos patrones y un punto medio

Cuando esa construcción temprana no sale del todo bien aparecen, según la especialista, dos modos de funcionar que son como dos monedas de la misma rareza. El primero es el de quien no puede decir que no: aprendió, casi sin darse cuenta, que el propio deseo molesta o que poner un freno pone en riesgo el vínculo con el otro. De grande, acepta lo que en el fondo no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de cosas que no le corresponden. Y los costos, dice Romina, son bien concretos y bien jodidos: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se va acumulando como agua detrás de una represa y un cansancio que ningún domingo de reposo resuelve, porque no es cansancio del cuerpo sino del alma. Y si uno insiste en no poner los límites que tiene que poner, llega un punto en que el cuerpo se cansa de esperar y empieza a ponerlos él, a su manera y sin consultarle a uno: dolores sin causa clara, noches en vela, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

El otro patrón es el espejo invertido: el de quien no tolera el no del otro. Para esa persona, cualquier freno, cualquier "no puedo", cualquier "hoy no me da el cuero" se vive como una ofensa personal, casi como un desafío a su autoridad. Romina aclara que esa postura, que muchas veces se confunde con fortaleza o con personalidad, en realidad responde a una imagen bastante frágil de uno mismo, una imagen que necesita confirmarse todo el tiempo venciendo la resistencia del que tiene enfrente. Las relaciones, cuando están organizadas alrededor de la voluntad de una sola persona, con el correr de los meses se van vaciando como un balde al que se le hace un agujero, y uno se queda preguntándose por qué la gente se fue, cuando en realidad la gente se terminó yendo de un lugar que ya no tenía aire.

  • No poder decir que no suele dejar ansiedad, resentimiento acumulado y un cansancio que no se cura durmiendo.
  • No tolerar el no del otro vacía las relaciones de a poco, aunque al principio parezca lo contrario.
  • El límite se aprende en la infancia, pero se puede revisar de grande con un tratamiento adecuado.
  • Hay un punto medio en el que uno puede decir que no sin sentir culpa y escuchar un no sin sentirlo como un ataque.

El costo de animarse y la pregunta que queda

Ahora, acá viene la parte que a mí, te soy honesto, me sigue dando un poco de miedo: animarse a decir que no tiene un costo real, concreto, que no es un invento de los libros de autoayuda. Implica arriesgar un vínculo con alguien de quien uno depende, sea afectivamente, sea laboralmente, sea de las dos formas juntas. Pero Romina insiste en algo que a mí me parece clave, y que tiene que ver con una palabra que los pueblos originarios de nuestra región usan mucho: el ñeheñói guaraní, que se podría traducir como el coraje de animarse a decir lo que uno siente, aunque tiemble la voz. Decir que no, dice la psicóloga, no es traicionar al otro: es empezar a dejar de traicionarse a uno mismo. Y ese costo, por más alto que parezca, suele ser bastante más chico que el costo de seguir viviendo en el modo automático del sí a todo, que es un modo que te va apagando de a poco, como una hornalla que queda prendida y al final prende fuego la casa. Marta, mi vecina de La Boca, me decía el otro día, mientras le pasábamos el termo con agua caliente, que tenía la sensación de haber empezado a vivir de nuevo a los cincuenta y siete años. Y yo, la verdad, le creí.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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