Dientes que se van, memoria que se apaga: lo que la ciencia viene observando en los adultos mayores
Una revisión de catorce estudios vuelve a poner el foco en la relación entre la pérdida de piezas dentales y el deterioro cognitivo. La buena noticia es que hay hábitos simples que ayudan a mantener la boca sana y, de paso, a cuidar el resto del cuerpo.
La mañana en que el termómetro ya pega fuerte antes de las ocho, mientras el río baja espejo y la vereda empieza a poblarse de vecinos con el termo bajo el brazo, uno se cruza con don Ernesto, que vive en el barrio de La Boca y a sus setenta y dos años todavía se ríe con la dentadura completa, según presume cada vez que puede. No es un dato menor: una revisión de catorce estudios publicada en la revista JAMDA y retomada por una guía reciente de Harvard Health Publishing volvió a poner sobre la mesa algo que en los consultorios se sospecha hace rato, y que a esta altura del partido ya tiene peso propio. Quienes pierden más de un diente en la adultez mayor cargan con un riesgo sensiblemente más alto de deterioro cognitivo y de demencia, y lo que empieza como un dolor de encías puede terminar complicando la salud del corazón, los pulmones y hasta la vida social.
Los números que trajo la revisión son de esos que uno lee dos veces para asegurarse de entenderlos bien. En los adultos mayores analizados, haber perdido más de una pieza dental se asoció con cerca de un cincuenta por ciento más de riesgo de deterioro cognitivo y con alrededor de un veintiocho por ciento más de probabilidades de recibir un diagnóstico de demencia, siempre en comparación con pares que conservaban su dentadura. Los propios autores se encargan de aclarar que se trata de una asociación estadística y no de una relación de causa y efecto comprobada, lo que en buen romance quiere decir que no alcanza con perder un diente para que la memoria empiece a fallar, pero que el diente que se va puede estar contando, en silencio, una historia mucho más larga.
De la encía inflamada al resto del cuerpo
Porque la boca no funciona como un departamento independiente del resto del cuerpo, por más cómodo que sea pensarlo así. La inflamación de encías, esa que los dentistas llaman gingivitis y que en la jerga de cualquier vecino se traduce como encías rojas, hinchadas y que sangran al cepillarse, aparece en distintos estudios vinculada con enfermedades cardiovasculares, con problemas pulmonares, con obstrucciones en los vasos sanguíneos y hasta con accidentes cerebrovasculares. Tampoco en estos casos se pudo probar una causalidad directa, pero la acumulación de evidencia es lo suficientemente consistente como para que los controles odontológicos hayan dejado de ser un trámite aislado y pasen a formar parte del seguimiento médico de cualquier persona grande, tal como uno se controla la presión o el colesterol.
La boca seca, el bruxismo y otras molestias que no son caprichos
La guía de Harvard también se detiene en problemas que, sin ser una emergencia, amargan la vida cotidiana de muchos adultos mayores. La boca seca, por ejemplo, aparece cuando las glándulas salivales producen menos saliva de la que el cuerpo necesita y convierte cada comida en una pequeña negociación: cuesta masticar, cuesta tragar, cuesta hablar y hasta cuesta disfrutar los sabores. Es un efecto secundario frecuente de varios medicamentos de uso habitual y puede aparecer asociada a diabetes, a episodios cerebrovasculares, a alzhéimer y a algunas enfermedades que afectan al sistema inmune, así que no conviene dejarla pasar como si fuera una queja más.
El bruxismo, que es ese hábito de apretar o rechinar los dientes mientras se duerme, suele ser el gran culpable de los dolores de mandíbula que muchos jubilados cargan sin saber bien de dónde vienen. Una férula nocturna, indicada por el odontólogo, puede reducir la presión sobre los dientes y mejorar la calidad del sueño. La sensibilidad dental, en tanto, aparece cuando las encías se retraen y dejan la raíz expuesta, y merece una evaluación profesional que distinga su origen, porque no todas las sensibilidades se tratan de la misma manera ni responden al mismo dentífrico.
Y hay un punto que a mí, particularmente, me parece importante y que a veces se pierde entre los gráficos y los porcentajes: la falta de dientes también golpea en la vida social, en esa parte que no se mide con un tensiómetro. Hay personas que evitan conversar, evitan sonreír o directamente dejan de ir a las reuniones porque les incomoda el estado de su dentadura, y ese aislamiento, en la vejez, pesa. Por eso, cuando uno cruza al vecino en la vereda, cuando lo ve con la boca tapada al hablar o cuando nota que dejó de ir al club del barrio, vale la pena prestarle atención, porque a veces el problema no es solo médico sino también humano, y en la vejez las dos cosas van de la mano como el mate y la charla. La recomendación final de los especialistas es tan simple como exigente: consultar al odontólogo ante cualquier cambio, no postergar los controles y entender que cuidar la boca, a esta altura de la vida, es también una manera de cuidarse la cabeza, el corazón y las ganas de seguir compartiendo una tarde con los demás.
