El cuarto donde ya no se puede crecer: cómo las redes reordenaron la intimidad adolescente
Paredes lavadas, camas prolijas y luces que iluminan como escenario: lo que muestran los pibes en sus cambió, y con eso se mueve el límite mismo entre lo privado y lo público. Especialistas y vecinas de Lanús, Mataderos y San Telmo cuentan lo que ven y lo que les preocupa.
Arrancamos la tarde caminando por la vereda de la calle Vélez Sarsfield, en Lanús, con un calor húmedo que se pega a la remera y la obliga a uno a buscar sombra debajo de los jacarandáes. La pregunta era simple, pero el asunto es de esos que están cambiando la vida cotidiana sin que le prestemos demasiada atención: ¿entraste alguna vez al cuarto de un pibe o una pibe y te encontraste con un set de grabación en vez de ese refugio caótico que todos recordamos de nuestra propia adolescencia? Lo que antes era un territorio propio, con pósteres pegados con cinta adhesiva, ropa sobre la silla, libros en el piso y algún diario íntimo bien escondido, hoy luce distinto en muchas casas del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, y la diferencia se nota a primera vista.
Me lo confirmó María, vecina del barrio de Lanús Oeste, mientras barría la vereda y se secaba la transpiración de la frente con un repasador: dijo, textualmente, que a la nieta la visitaron tres amigas el domingo y que en vez de encontrar el desorden de antes se encontraron con una cama impecable, una pared color beige y una tira de luces led que cruzaba detrás del respaldo como si fuera un camarín. Eso, según me describió con una mezcla de sorpresa y de algo que se parecía a la preocupación, es lo que muestran hoy los cuartos de los pibes en las redes, y eso es lo que está cambiando la forma en que los jóvenes habitan su propio espacio, porque la presencia constante de una audiencia digital terminó redecorando incluso lo que siempre fue el último rincón de intimidad dentro de una casa.
De laboratorio privado a escenario compartido
Para entender por qué un cambio estético encierra algo mucho más profundo hay que remontarse a lo que el sociólogo Erving Goffman describió hace décadas como la diferencia entre el frente de escena, ese lugar donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público, y la habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada funcionaba como un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno, un acuerdo no escrito entre padres e hijos que decía, en el fondo, que cada uno tenía derecho a un territorio propio donde poder armarse y desarmarse sin dar explicaciones.
Ese pacto se rompió, y la escritora Sithara Ranasinghe lo define con una imagen que vale la pena recordar: el fenómeno es una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida, con lo cual el resultado es un cuarto que deja de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado, y la personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico, se mudó al perfil, al reel, al video que va a circular entre desconocidos.
Lo que cambió en lo concreto de las habitaciones
- Paredes de tonos neutros, beige, blanco roto o gris claro, que reemplazaron a los pósteres y a las fotos pegadas con cinta.
- Camas prolijamente tendidas como si fueran de hotel, sin ropa tirada ni libros apilados sobre la colcha.
- Tiras de luces led y pequeños aros de iluminación que funcionan como reflectores improvisados para los videos.
- Escritorios despejados, donde antes se acumulaban cuadernos, maquillaje o música.
- Menos diarios íntimos y menos objetos personales a la vista, justamente lo que no entra en el encuadre de la cámara.
Lo más significativo, y acá viene uno de los puntos que más me hizo pensar mientras caminaba y charlaba con la gente del barrio, es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe, porque la sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento, inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización, de modo tal que ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible e internalizada, una especie de juez permanente que el pibe o la pibe cargan dentro de la cabeza incluso cuando están solos.
Daniela, que atiende un kiosco en Mataderos y conoce a los chicos del barrio porque les vende golosinas desde que eran chiquitos, me dijo algo que me quedó dando vueltas: contó que cada vez más pibes le preguntan si le pueden sacar una foto en el kiosco con la góndola de fondo, porque a ellos les sirve el contexto para subir al perfil, y a ella le sirve que le den visibilidad, lo cual muestra que esa lógica de set se expandió afuera del cuarto y empieza a colonizar también la calle, la plaza y hasta la esquina. Mbyjuapysa, le repetí yo, usando un término en guaraní que aprendí de un colega chaqueño y que significa esa sensación de estar parado y expuesto al mismo tiempo, algo así como estar parado a la vista de todos sin tener adónde esconderse, y la palabra le cerró perfecto a Daniela, porque ese es justamente el clima que se respira en estas nuevas habitaciones juveniles.
La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje y donde ensayar distintos modos de ser es parte del trabajo de growing up, y lo que dejan estos cuartos despojados es una pregunta incómoda queprefiero dejar abierta en lugar de responderla yo: hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente, hasta cuándo el desorden creador y la acumulación de objetos seguirán siendo parte del derecho a equivocarse de los pibes, o si vamos camino a que la última frontera privada de la casa se convierta también en un escenario más de la economía de la atención. La respuesta, claro, no la tiene un columnista: la van a ir construyendo ellos, habitación por habitación, video por video, y por ahora lo único que nos queda es mirarlos con ternura y con la mosca detrás de la oreja, como me pasó a mí al despedirme de María en la vereda de Vélez Sarsfield, cuando el sol empezaba a bajar y las tiras de luces de los cuartos vecinos ya se encendían en simultáneo, todas al mismo tiempo, como si la cuadra entera hubiera aprendido a marcar el inicio de la función sin que nadie lo pidiera.
