El voluntario que cumplió un último deseo en Perú y se quedó caminando entre los escombros de Venezuela
Juan Diego Lorente, presidente de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina, entregó las cenizas de un paciente venezolano en Lima y, por decisión propia, continuó viaje hasta Caracas para ayudar como voluntario tras el terremoto. Una historia de gestos, nombres propios y lazos que se tejen del Neuquén al Caribe.
El sol cae a plomo sobre la vereda del Hospital Provincial Neuquén cuando uno empieza a imaginarse la cantidad de historias que pasaron por sus pasillos. Una de ellas terminó hace poco, pero no en Neuquén: terminó en Lima, en una mesa donde un hermano recibió las cenizas de otro hermano después de 416 días de internación. Y lo másremarkable es que quien llevó esas cenizas siguió de largo, con plata de su propio bolsillo, hasta meterse de lleno en la catástrofe de Venezuela. Eso fue lo que hizo Juan Diego Lorente, presidente de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina, un voluntario que ya tiene nombre propio en varias ciudades de Sudamérica.
Néstor, el venezolano que nunca pudo volver
El protagonista de la primera parte de esta historia se llamaba Néstor Tovar Ibarra, un ciudadano venezolano que vivía en Neuquén y que, según consta en la documentación que maneja Cruz Roja, sufrió una caída que le provocó una lesión medular y lo dejó cuadripléjico. Estuvo internado en el Hospital Provincial Neuquén 416 días, atendido por el equipo de Traumatología y acompañado por integrantes de la comunidad venezolana local y por voluntarios de la filial neuquina. En ese mismo período le diagnosticaron cáncer de próstata. Néstor murió en Neuquén sin haber podido regresar a su país, y su pedido final fue muy concreto: que sus cenizas llegaran hasta su hermano Adrián, que vive en Perú.
El viaje, paso a paso
Lorente asumió la tarea y la coordinó con el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. Las cenizas llegaron a destino y fueron entregadas a la familia. Ahí podría haber terminado todo, con un aplauso y un asado de despedida. Pero Lorente resolvió seguir. Por iniciativa propia, con fondos propios y el respaldo de su familia, viajó a Venezuela para ponerse a disposición de la Cruz Roja Venezolana como voluntario frente a los efectos del reciente terremoto. Desde Cruz Roja Argentina aclararon que no existe una misión operativa oficial de personal argentino en territorio venezolano, aunque la organización sí aportó apoyo material y económico y mantiene mecanismos listos para activar un eventual despliegue si la emergencia lo sigue requiriendo.
"Es una decisión personal, con recursos propios y el acompañamiento de mi familia. No es un operativo con equipo oficial, sino un gesto humano", habría resumido Lorente ante quienes le preguntaron por qué se metía en esa cruzada en un momento tan delicado, según pudo reconstruir este cronista a partir de fuentes de la propia filial.
Lo que vio en Caracas y el encuentro en la plaza
En Venezuela, Lorente recorrió zonas afectadas por el sismo: edificios dañados, estructuras colapsadas, manzanas enteras todavía marcadas con cinta. Pero una de las imágenes que más recuerda no es de escombros, sino de una plaza. Cerca de su alojamiento en Caracas, casi por casualidad, encontró una plaza con un gimnasio al aire libre abierto hasta la medianoche, gratuito y con un profesor presente, algo que a los argentinos nos sigue sorprendiendo por la simpleza del armado. Lorente, ligado desde hace años al culturismo, se detuvo ahí y se puso a conversar con ese profesor, sin saber que la charla iba a terminar en algo mucho más grande que una rutina de ejercicios.
- Edificios dañados y estructuras colapsadas en zonas recorridas por el voluntario tras el terremoto.
- Una plaza con gimnasio al aire libre, gratuito, abierto hasta la medianoche y con un profesor presente.
- Un profesor que perdió familiares en el sismo, distanciado de su madre de 73 años y con un lugar del desastre al que no había podido regresar solo.
- El compromiso de Lorente de acompañarlo en el reencuentro con la madre y en la visita a ese sitio.
Una palabra en guaraní y un cierre a la vuelta
En la jerga de la Cruz Roja, sobre todo en las filiales del Litoral y del Norte argentino, todavía circula una palabra en guaraní que se usa para nombrar al que da sin esperar: "opyta", el que permanece, el que se queda cuando todos se van. Lorente encaja bastante con esa idea, aunque él no lo diga. Lo concreto es que en Caracas, además de relevar daños y acompañar operativos, terminó comprometiéndose a algo bien personal: estar al lado de ese profesor cuando intente reencontrarse con su madre de 73 años, y cuando se acerque a ese lugar marcado por el terremoto al que no había podido volver solo por el peso emocional que le generaba. Esa, y no otra, es la verdadera razón por la que la historia de Néstor Tovar Ibarra terminó abriendo un camino que todavía no terminó de escribirse. Cerca de la medianoche, en esa plaza caraqueña con máquinas oxidadas y una pesa que alguien trae de su casa, un voluntario neuquino escucha a un desconocido y le dice, sin demasiadas palabras, que va a estar ahí cuando lo necesite. El calor de enero, el ruido de la ciudad a lo lejos y la música que sale de un parlante barato completan una escena que, acá lejos, se cuenta como lo que es: una pequeña gran historia de las que todavía se pueden contar en este oficio.
