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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Histamina: la molécula que une migrañas, panza hinchada y noches en vela en una misma familia

El médico genetista Jorge Dotto explica cómo una sustancia que el cuerpo produce y que también llega con los alimentos puede acumularse hasta provocar síntomas que parecen no tener relación. La clave está en el famoso "vaso" y en la herencia que cada uno carga.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 3 d
Histamina: la molécula que une migrañas, panza hinchada y noches en vela en una misma familia

Arrancamos la nota con el calor de la siesta colándose por la persiana, ese río de aire caliente que entra por la ventana del living cuando uno todavía está leyendo el diario a la mañana. Es una imagen que sirve para entrar en tema, porque de eso se trata esta nota: de entender por qué a veces el cuerpo empieza a dar señales que parecen no tener nada que ver entre sí, y que sin embargo pueden tener un origen común. En el barrio de Belgrano, donde atiende el médico genetista Jorge Dotto, cada vez son más las familias que llegan a la consulta con esa sensación: la de que algo no cierra. Uno tiene migrañas frecuentes, la madre duerme mal desde hace años, la hija mayor tuvo problemas respiratorios de chica, el padre vive con la panza hinchada. Síntomas distintos, consultorios distintos, estudios que nunca terminan de cerrar. Dotto, que es de los que mira el cuadro completo antes de pedir un análisis, sostiene que en buena parte de esos casos puede haber un mecanismo compartido, y se llama histamina.

Qué es la histamina y por qué hace tantas cosas en el cuerpo

Antes de meterse en los síntomas, conviene entender de qué se habla. La histamina es una sustancia química que el propio organismo produce y que también ingresa con lo que se come. Cumple funciones variadas, casi de las más importantes: participa en el estado de vigilia, es decir en eso de estar despierto o con sueño; en los mecanismos de apetito y saciedad, en funciones cognitivas como la memoria y la atención, en la producción de ácido en el estómago, en la contracción de los intestinos y en la regulación del ritmo cardíaco. Cuando el sistema inmune identifica una amenaza, la histamina se activa y aparecen las reacciones alérgicas clásicas: picazón, sarpullido, estornudos, lagrimeo. Es la misma molécula cumpliendo roles distintos en distintos lugares del cuerpo.

El vaso que se va llenando hasta que rebalsa

El problema no es tener histamina, porque todos la tenemos y la necesitamos. El problema aparece cuando se acumula más de lo que el cuerpo puede eliminar. Dotto lo explica con una imagen que se vuelve a repetir en cada consulta, y que a esta altura ya es casi una marca registrada: la del vaso. "Acumulo, acumulo, acumulo y exploto, porque no puedo sacar el tapón", dice. Ese vaso se va llenando con lo que se come, con el estrés cotidiano, con el ejercicio intenso, con las variaciones hormonales y con la propia producción interna. Mientras no rebalsa, no hay síntomas. Cuando se llena, aparecen las reacciones. Y acá viene lo interesante: no siempre se manifiesta de la misma manera, ni en el mismo momento, ni con la misma intensidad.

Los alimentos con mayor carga de histamina, o que estimulan su liberación dentro del organismo, son conocidos de toda la vida: quesos curados, embutidos como el salame y la bondiola, vino tinto, chocolate, tomate, palta, pescado sobre todo si no está del todo fresco, y también cerveza y algunas conservas. Pero la dosis importa tanto como el alimento. Una persona puede tolerar sin problemas un par de tomates cherry en una ensalada y reaccionar con dolor de cabeza a medio tomate común en una milanesa. "No todos reaccionamos de la misma manera a las mismas sustancias químicas", remarca Dotto, y agrega que por eso las listas rígidas de alimentos prohibidos suelen no servir: lo que llena el vaso en una persona no es lo mismo que en otra.

La herencia que se transmite de padres a hijos

Hay un punto que a las familias les suele llamar la atención: por qué a varios les pasa algo parecido si no comen igual ni viven igual. El componente genético explica buena parte de la respuesta. Cada persona hereda información que determina cómo procesa ciertas sustancias, incluida la histamina. Pero la forma en que eso se expresa varía, y mucho. Dotto suele contar el caso de dos hermanas gemelas, casi con el mismo ADN, que terminaron desarrollando síntomas distintos: una con migrañas y la otra con problemas digestivos. La diferencia estaba en lo que cada una comía, en cómo dormía y en otros factores del entorno. "Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción", afirma. Es la herencia funcionando en silencio, esperando que se den las condiciones para expresarse.

En las mujeres, además, las hormonas agregan otra variable que muchas arrastran sin saberlo. La relación entre los estrógenos y la histamina puede hacer que ciertos síntomas cambien a lo largo del ciclo menstrual, que aparezcan con más fuerza en algunas etapas y que se mezclen con cambios de ánimo, retención de líquidos o noches complicadas. Para Dotto, mirar el cuadro completo, incluyendo el calendario hormonal, es clave para entender por qué una misma comida un día se tolera bien y al otro día termina en una migraña de tres días.

Cómo empezar a leer las señales del cuerpo

Antes de cerrar, vale la pena quedarse con algunas ideas que el especialista repite y que sirven para empezar a ordenar la propia historia clínica, esa que uno lleva en la cabeza y que muchas veces no le cuenta al médico. Lo que sigue no reemplaza una consulta, pero ayuda a hacerse las preguntas correctas.

  • Llevar un registro de lo que se come y de los síntomas que aparecen después, con horarios y contexto, durante al menos un par de semanas.
  • Prestar atención a los alimentos clásicos con histamina: quesos curados, embutidos, vino tinto, chocolate, tomate, palta y pescado.
  • Observar si los síntomas se repiten en distintos miembros de la familia, porque el patrón hereditario es una pista importante.
  • Tener en cuenta el ciclo hormonal en el caso de las mujeres, ya que puede modificar la tolerancia de un día a otro.
  • Evitar las listas únicas de alimentos prohibidos: lo que llena el vaso varía de persona en persona.
  • Consultar con un profesional antes de eliminar grupos de alimentos, para no generar deficiencias innecesarias.

Vuelvo a la imagen del principio, a esa siesta que se cuela por la persiana. A veces uno cree que el cuerpo le juega en contra, que los males aparecen porque sí, sin lógica. Pero detrás de una migraña, de una panza que se infla sin razón aparente, de una noche en vela o de una picazón que aparece de la nada, puede haber un mismo mecanismo, paciente y silencioso, esperando que uno lo descubra. Y a veces, como dice Dotto, alcanza con empezar a sacar el tapón del vaso para que las cosas empiecen a cambiar. En un país donde más de uno se reconoce en al menos uno de estos síntomas, mirarlos en conjunto puede ser el primer paso para dejar de tratarlos por separado, como si fueran males distintos cuando en realidad pueden ser distintas formas de un mismo aviso. La tarea, como siempre, empieza por casa: por la mesa, por el sueño, por la historia clínica familiar que se transmite de generación en generación sin que nadie la escriba, y que sin embargo pesa más de lo que uno cree. La palabra que los médicos de la región usan para nombrar ese tipo de predisposición heredada es káua, que en guaraní significa algo así como "lo que se lleva adentro". Y vaya si se lleva adentro. La próxima vez que el cuerpo hable, conviene escucharlo entero, no sólo la parte que más duele.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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