La infancia que pide socorro y un sistema que llega a los pedazos
Chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencias en silencio o que se refugian en una pantalla: la salud mental infantil está en alerta y la respuesta oficial no alcanza a darles un lugar.
Lo primero que uno siente al cruzar la puerta del consultorio, en estas tardes de enero en las que el calor no afloja ni un minuto, es el peso de algo que no se dice con palabras. Hay nenes y nenas que llegan con la mirada en el piso, adolescentes que no pudieron dormir otra vez, madres que contienen el llanto mientras les cuentan al profesional que su hijo dejó de comer hace semanas. Esa escena, multiplicada por miles en escuelas, guardias y centros de salud del país, es la postal más elocuente de una crisis de salud mental infantil que ya nadie se anima a negar.
Las señales se repiten con una insistencia que asusta. No pueden dormir, o duermen demasiado; comen de manera compulsiva o directamente dejaron de hacerlo; se aíslan de los amigos, se lastiman los brazos o las piernas, y algunos, los más graves, dicen en voz baja que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia particular, pero todas comparten algo: en muchísimos casos tardaron años en encontrar a alguien dispuesto a escucharlas.
Violencias que se cargan en silencio
El mapa de los padecimientos tiene un nombre que aparece una y otra vez: violencia. Las estimaciones de UNICEF son brutales y conviene repetirlas hasta que entren: 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años, y entre los varones la proporción llega a 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada, guardada en el cuerpo de los chicos, porque nunca apareció un interlocutor válido. Y cuando la agresión sexual no aparece, aparecen los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones en la casa o en la escuela, que tampoco suelen quedar registradas en ningún expediente.
A ese inventario se le suman las pantallas, que ya no son solo una ventana al mundo sino, en demasiados casos, un refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir. Chicos y chicas quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas, a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que a mí, como a cualquier padre, me hiela la sangre.
- Dificultades para dormir y alimentarse, que van del insomnio a los atracones o al rechazo total de la comida.
- Aislamiento progresivo de amigos, familia y actividades que antes disfrutaban.
- Marcas de autolesiones y expresiones de no querer seguir viviendo, que aparecen cada vez en edades más tempranas.
- Exposición a contenidos digitales sexualizados o a plataformas de apuestas online desde edades cada vez más bajas.
- Violencias silenciadas, como abusos sexuales y maltratos, que recién salen a la luz cuando el cuadro ya es grave.
Aprender se vuelve una quimera cuando el cuerpo está en alerta
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este cuadro, y no menor: casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono. Por eso muchos de los fracasos escolares que vemos en las aulas no son un problema de voluntad ni de inteligencia, sino la consecuencia directa de un sufrimiento que no tuvo tratamiento.
Cuando una familia por fin advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, muchas veces se topa con la parte más cruda del problema: los servicios están saturados, faltan profesionales especializados y los tiempos de espera convierten una señal temprana en una urgencia. La atención llega fragmentada, como me lo graficó María del Carmen, vecina de Villa Cabello, en Posadas, que viene peleando hace dos años para que a su nieto de 12 le den un turno con un psiquiatra infantil: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma físico, la justicia la infracción si la hubo, y el chico, en el medio, se pierde como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que casi nunca se hablan entre sí.
Los equipos de salud mental infantil son escasos, los servicios funcionan al límite y la falta de articulación entre las áreas de salud, educación y justicia hace que muchos pibes y pibas queden sin acompañamiento sostenido justo en los momentos en que más lo necesitan. En guaraní, la palabra ñe’ẽry significa algo así como el alma que se va dejando el cuerpo cuando el sufrimiento es demasiado; y lo que vemos en estos consultorios es que demasiadas infancias están perdiendo ñe’ẽry sin que el Estado alcance a devolvérselo a tiempo.
La solución no pasa por un solo ministerio ni por una sola ley, sino por entender que la salud mental de un chico es un rompecabezas donde cada pieza cuenta. Mientras tanto, en los consultorios y en las aulas, los profesionales y los docentes hacen lo que pueden con lo que tienen, y los chicos siguen llegando con sus mochilas cargadas de cosas que ningún adulto les supo sacar a tiempo. Lo que está en juego no es un número más en una planilla, sino la posibilidad de que una generación entera pueda crecer sin que el silencio le coma la infancia.
