La juguetería Tío Mario bajó la persiana y se llevó consigo un pedazo del barrio
La cadena despidió su última jornada el sábado con una liquidación que colmó el local y dejó a clientes y trabajadores frente al mismo escenario que atraviesa el sector: ventas en baja, pantallas que compiten contra los juguetes y un Estado que, por ahora, mira de costado.
Cerró la juguetería Tío Mario, y la noticia cayó como un baldazo de agua fría en el barrio. El sábado, después de un fin de semana a pura liquidación, la cadena bajó la persiana definitivamente y dejó a varios clientes con la sensación de que algo importante se terminaba junto con el negocio, un sentimiento que, les aseguro, atraviesa a muchísimos argentinos de entre 40 y 60 años que todavía recuerdan la emoción de elegir un juguete en una tienda de verdad, con mostrador, con un vendedor que conocía a los chicos de la cuadra y hasta preguntaba por los padres.
El aviso corrió por las redes sociales de la juguetería y decía, sin demasiados adornos: “Liquidamos todo por cierre, últimos días”. La convocatoria funcionó, porque durante el fin de semana el local se llenó de familias que aprovecharon los descuentos, pero también de vecinos que pasaban a despedirse y a lamentar la pérdida de un comercio que para muchos había sido parte de su propia historia, un clásico barrial que ahora se suma a una lista cada vez más larga de rubros que achican su presencia en las calles argentinas.
Un sector que se contrae y no encuentra freno
El cierre de Tío Mario no llegó en el vacío, sino en el peor momento del sector juguetero en mucho tiempo, según los datos de la Cámara Argentina de la Industria del Juguete. La CAIJ informó que las ventas cayeron cerca del veinte por ciento durante el primer semestre de 2026 si se las compara con el mismo período del año anterior, un derrumbe que golpea de lleno a las jugueterías de todo el país y que explica, en buena medida, por qué una cadena tradicional como la de Tío Mario terminó rindiéndose.
Julián Benítez, gerente de Relaciones Institucionales y Comercio Exterior de la CAIJ, describió un panorama que engloba a fabricantes, importadores, distribuidores, mayoristas y jugueterías, es decir, a toda la cadena de producción y comercialización, de manera que cuando una juguetería cierra, el coletazo se siente también en las fábricas y en los importadores que dependen de esos mostradores para colocar su mercadería, un dato que a veces se pierde en el ruido de la noticia del cierre pero que resulta central para entender la profundidad de la crisis.
El dato semestral, además, no es un fenómeno aislado sino que se suma a una retracción de largo plazo que la propia cámara viene registrando: entre 2015 y 2025 el mercado se contrajo alrededor del veintidós por ciento, un número que muestra que las dificultades comerciales ya estaban presentes mucho antes de este año y que el 2026 vino a profundizar un cuadro que venía deteriorándose de manera sostenida.
Fábricas, pantallas y un Estado que no aparece
- La crisis llega a toda la cadena: fabricantes, importadores, distribuidores, mayoristas y jugueterías sienten el impacto de la caída de ventas.
- Matías Furió, presidente de la CAIJ, había advertido que organizar la producción para el Día del Niño se vuelve cada vez más difícil porque los fabricantes necesitan comprar materias primas con los artículos ya prácticamente en góndola en menos de dos meses.
- Los juguetes físicos compiten contra las pantallas, que se llevan tiempo de juego que antes iba a pelotas, muñecos y juegos de mesa.
- La reducción de la cantidad de hijos por familia achica el mercado y deja menos consumidores potenciales para el sector.
- La contracción del veintidós por ciento entre 2015 y 2025 muestra que la crisis de las jugueterías no es nueva, sino que se acumula año tras año.
Mientras las jugueterías como Tío Mario cierran sus puertas, las fábricas se reorganizan a contrarreloj y las familias recalculan qué entra en el carrito de los regalos, el Estado todavía no resolvió ninguno de los problemas estructurales que atraviesan al sector: ni la presión tributaria que pesa sobre la cadena, ni la competencia desleal de productos importados que en muchos casos llegan sin controles, ni la necesidad de herramientas concretas para sostener a las pymes jugueteras que aún quedan de pie, y mientras ese escenario no cambie, me temo que vamos a seguir despidiendo locales que durante décadas fueron parte de la vida cotidiana de los barrios argentinos.
