Parar un instante, respirar y volver: por qué las pausas cortas pueden aliviar el agotamiento del día a día
Unos minutos para mirar por la ventana, estirar las piernas o cerrar los ojos pueden devolver algo de aire a una jornada cargada. Especialistas consultados coinciden en que sirven para retomar el foco, aunque no reemplazan un tratamiento cuando la angustia se vuelve crónica.
A esta altura del día, cuando el sol todavía aprieta sobre las veredas de Ramos Mejía y el colectivo pasa con esa mezcla rara de olor a gasoil y a pavimento recién mojado, uno se da cuenta de que la cabeza ya no da más. Son las cuatro de la tarde, el café de la mañana quedó lejos y la pantalla de la computadora empieza a confundirse con un fondo de pantalla que parpadea solo. Lo que parece un cuadro menor, una simple bajada de energía, tiene nombre y apellido en la agenda de cualquier psicólogo de barrio: fatiga atencional, el modo en que el cerebro se protege cuando la exigencia se vuelve sostenida.
El material que llegó a la redacción es bastante claro en un punto que a veces se olvida: no hace falta irse a un spa ni tomarse un día entero para recuperar algo de concentración. A veces alcanza con apartar el teléfono, quedarse en silencio un rato o, simplemente, levantarse y mirar por la ventana. La psicóloga clínica Sari Chait, a quien consultaron colegas de un medio internacional, lo explica de un modo que cualquier vecino de acá entendería: cuando uno se obsesiona con un problema, poner la atención en lo que se ve, se toca o se escucha ayuda a tomar distancia, aunque no borra el problema de raíz.
La técnica de los cinco sentidos
Hay una práctica concreta que se llama 5-4-3-2-1 y que no requiere más que un poco de voluntad. Se trata de nombrar, en ese orden, cinco cosas que se ven, cuatro que se pueden tocar, tres sonidos del ambiente, dos aromas y un sabor. Antes de arrancar, una respiración pausada, sin tragar aire como si faltara. En las redes abundan videos que la explican y en los centros de atención primaria de la provincia la recomiendan mucho los equipos de salud mental. No es magia ni una pócima, es un truco para anclar la cabeza en el presente cuando el pensamiento se vuelve una rueda de hamster que no para.
La neurocientífica Heidi Hanna, citada en el informe de base, suma otro recurso que parece de sentido común pero que pocos se permiten: cerrar los ojos entre diez y quince minutos en un lugar tranquilo. No es una siesta, aclara, es apenas una pausa para que el cerebro baje un cambio. Y remarca algo que en esta redacción nos parece clave: ese rato no reemplaza al buen sueño de la noche, algo que en el Área Metropolitana de Buenos Aires parece un lujo cada vez más caro.
Salir a caminar, aunque sea por la plaza
- Un estudio siguió durante diez días a empleados que caminaron quince minutos por un parque a la hora del almuerzo y reportó menos cansancio y mayor foco por la tarde.
- Los ejercicios de relajación dieron resultados similares, aunque cada cuerpo responde a su manera.
- Estirar las piernas, hacer movimientos de movilidad o bailar una canción dentro de casa también cuentan como pausa activa.
- Una llamada o un cruce de mensajes con alguien de confianza puede cortar el loop de la preocupación, aunque sea por un rato.
Marta, vecina de San Justo y cajera en un supermercado de la zona, lo resume con una frase que vale más que cualquier paper académico: yo a las tres de la tarde me tomo cinco minutos, me voy al depósito, miro las heladeras y vuelvo. Es lo único que me sostiene el resto de la jornada. En guaraní, la lengua que todavía se escucha en el litoral argentino, existe una palabra hermosa, jepyré, que se usa para nombrar ese instante breve en que uno se detiene a mirar lo que tiene alrededor. No es meditación, no es yoga, es algo más llano: un alto en el camino para no perder el rumbo.
Ahora bien, acá viene el llamado de atención que no hay que pasar por alto. La terapeuta Tyana Tavakol, también consultada en el material original, advierte que estas prácticas tienen un límite claro. Si el malestar sigue, crece o empieza a complicar el sueño, el trabajo o los vínculos, conviene pedir turno con un profesional. Un psicólogo, un psiquiatra, un trabajador social del hospital público más cercano pueden ser el primer paso. Las pausas sirven para atravesar un día difícil, no para tapar durante meses un problema que pide otra cosa.
Me gusta cerrar esta nota como empecé, con una imagen de la calle y no con un dato. Son casi las seis de la tarde, la sombra del jacarandá de la plaza de al lado ya cruza la ochava y un grupo de chicas del barrio se ríe con la ventana abierta mientras prepara el mate. No es un cuadro idílico ni una postal de revista: es la prueba de que todavía es posible parar, aunque sea un ratito, y volver a empezar.
