Puchero, el alma callejera de la bici-patrulla neuquina que duerme en un colchón propio
Tiene unos doce años, nadie lo trajo y lleva más de una década caminando al lado de los bicipolicías de la Comisaría Primera. Hoy toda la fuerza lo conoce, los vecinos lo fotografían y un chaleco impermeable lo identifica como parte del equipo.
Arrancamos la mañana con esa brisa tibia que suele bajar del río Limay y que pinta de naranja las veredas del centro de Neuquén, y en la esquina de Ministro González y Mendoza ya está Puchero esperando la salida: un perro grandote, de pelo oscuro y andar cansino, que se acomoda junto a las bicicletas oficiales como si fuera uno más de la tropilla. No es un perro callejero en sentido estricto, aunque a veces lo parezca: tiene colchón propio, comida asegurada en cada destacamento y un chaleco impermeable que le tejieron con cariño unas voluntarias, pero su casa, si así puede decirse, es toda la ciudad que recorren los bicipolicías a diario, y a esa ciudad vuelve cada noche a dormir como quien regresa al rancho después de una larga jornada.
La historia de Puchero, como la cuentan en la seccional, tiene esa cuota de casualidad que en el sur argentino aparece más seguido de lo que uno imagina. Hace algo más de una década apareció por la Comisaría Primera y simplemente se quedó. Nadie lo trajo en un canasto ni lo dejó en la puerta un domingo a la madrugada: el perro se hizo el lugar solo, y el lugar, que ya tiene sus años de servicio y sus mañas, lo adoptó sin demasiados papeles. Con el tiempo aprendió los horarios, los recorridos y hasta los rostros de cada agente que entra y sale, hasta convertirse en una presencia tan habitual como el café caliente del primer turno.
Un compañero que se prende a la bici antes que nadie
El que mejor conoce esa rutina es Nemesio Lagos, agente con nueve años en la fuerza, que lo cruzó el mismísimo día en que se puso por primera vez el uniforme y desde entonces lo ve cada mañana acomodarse en la puerta antes de que arranque el pedaleo. "Aparte de ser un compañero, es el primero que está listo para salir a hacer las tareas de prevención", cuenta Lagos, y agrega una costumbre que revela el cariño de la tropa: "Cuando pedaleamos siempre hacemos una parada fija para no cansarlo demasiado". Es el detalle mínimo, casi doméstico, que muestra cómo un animal termina marcando el ritmo del trabajo de un grupo entero.
“Aparte de ser un compañero, es el primero que está listo para salir a hacer las tareas de prevención. Cuando pedaleamos siempre hacemos una parada fija para no cansarlo demasiado.”Nemesio Lagos, agente de la fuerza
El circuito de Puchero es amplio y, en cierto sentido, también pedagógico: sale de la Primera, cubre la zona del hipermercado Jumbo, se estira por el corredor este-oeste que cruza buena parte del ejido urbano, pasa por la Comisaría Segunda y, cuando le pinta el ánimo, se aparece por la División de Policía Motorizada, sobre las calles Petróleo e Intendente Carro, como quien se toma un café en el destacamento de enfrente. Toda la fuerza lo reconoce, así que siempre tiene un techo donde guarecerse si el día se complica o si la noche se pone fresca, que en la meseta suele pegar fuerte incluso en primavera. En criollo, como se dice por acá, el perro se hizo solo la jubileta: el rancho lo tiene, pero el territorio lo elige él.
- Ante una situación tensa en un procedimiento, ladra para alertar pero nunca escala: "se da cuenta enseguida", resume la agente Aldana Campos, con tres años en la seccional.
- Con otros perros es indiferente: si alguno lo provoca, lo ignora y sigue su marcha junto a las bicis.
- Los controles veterinarios están al día, come en los destacamentos con aportes del personal y duerme en su colchón propio dentro de la comisaría.
- Hubo intentos de adopción por parte de vecinos y hasta de algún agente, pero el animal nunca aceptó irse: "lo quisieron adoptar, pero no pasó nada. Se quedó en la jefatura. Ya es de acá", cierra Campos.
Cuando Puchero camina por la vereda con el chaleco cosido por integrantes de la agrupación Patas Unidas Neuquén, muchos transeúntes se detienen, le sacan una foto y preguntan si necesita hogar, así nomás, con esa mezcla de ternura y culpa que suele despertarnos un perro de mirada mansa. La respuesta la lleva escrita en el pecho: "No me lo robes... yo también tengo frío", una frase que, bien mirada, es menos un pedido y más una declaración de pertenencia, porque a esta altura Puchero ya tiene nombre, chapa y funciones, y hasta un lugarcito propio en la memoria colectiva de los vecinos del barrio, que lo saludan como a uno más del equipo.
Lo que más me queda de esta recorrida, y se los confieso porque suelo caminar mucho por estas calles, es la imagen del perro esperando la bici en la puerta de la seccional con la mañana todavía fresca, ese momento chiquito en el que un animal decide quedarse y una fuerza entera decide dejarlo ser. Al final, como me dijo una vecina del barrio mientras lo acariciaba en la vereda, en guaraní de la zona ya se sabe que el que llega y se queda pasa a ser parte del tekoha, que es como decir la tierra de uno. Puchero llegó hace más de diez años, se quedó, y hoy la ciudad, quiéralo o no, también es un poco suya.
