Cuando el “no” también cuida: por qué poner límites a los chicos no es autoritarismo sino una forma de quererlos
Especialistas en crianza insisten en que conversar con los hijos no significa ceder en todo. La diferencia entre el límite afectivo y el abuso de poder se juega en el día a día, entre el berrinche en la vereda, la hora de dormir y la mano cruzada para cruzar la calle.
Arrancamos esta nota con el calor pesado que cae sobre Buenos Aires en pleno enero, cuando las veredas se transforman en patios improvisados y los chicos todavía están despiertos a las diez de la noche. Es en esos escenarios donde reaparece, casi inevitable, la pregunta que muchas familias se hacen a esta hora del partido: ¿pongo el límite o cedo para evitar el conflicto? La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo dice sin rodeos: conversar no le quita autoridad a un adulto, al contrario. Lo que la pierde, advierte, es el miedo al berrinche.
Porque el fenómeno se repite en las mesas familiares y también en los consultorios. Cada vez más padres y madres apuestan por reemplazar el grito y el castigo por el diálogo. El problema aparece, según las especialistas consultadas, cuando ese diálogo se vuelve una negociación permanente en la que el adulto termina cediendo para no romper la armonía. Ahí, sostienen, se cruza una línea muy fina: la que separa la crianza respetuosa de la crianza permisiva.
Autoridad no es autoritarismo: la diferencia que cuesta explicar
Raschkovan distingue con precisión lo que muchos confunden. Para ella, el autoritarismo es un abuso de poder; la autoridad, en cambio, es el ejercicio de un rol de cuidado. “Respetar a un niño o a un adolescente no significa dejarlo hacer lo que quiera. El respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas”, resume. Es una idea que atraviesa toda la conversación actual sobre crianzas respetuosas y que, a veces, se tergiversa.
“La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
La psicóloga Deborah Bellota coincide desde su mirada clínica. Señala que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces evitan poner límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica, advierte, puede convivir con una buena autoestima pero también deja a los chicos con dificultades para autorregularse, con baja tolerancia a la frustración y con cierta resistencia a las figuras de autoridad. Es un cuadro que, según describe, se ve con frecuencia en los consultorios.
- Estilo autoritario: reglas rígidas, obediencia y poca escucha. Funciona por miedo, no por convicción.
- Estilo permisivo: mucho afecto y diálogo, pero límites difusos. Cuesta sostener el “no”.
- Estilo democrático o autoritativo: normas claras combinadas con contención y explicación. Es el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio.
Esa clasificación no es nueva. La psicóloga Diana Baumrind la describió en los años sesenta y, desde entonces, distintas corrientes la siguen utilizando. Lo que cambió en las últimas décadas es la forma de ejercerla: hoy se insiste en que el límite llega con presencia, con explicación y, sobre todo, sin violencia física ni verbal.
“Los límites son una forma de cuidado. Son indispensables para aprender a vivir en sociedad”, resume Raschkovan. Y lo explica con ejemplos bien concretos, de esos que aparecen en cualquier casa: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, dice, van construyendo lo que los especialistas llaman tolerancia a la frustración.
El “no” se aprende: por qué la frustración es una aliada
Porque esa tolerancia no aparece sola: se construye. Si un niño no experimenta el “no” dentro de un entorno seguro, le costará más desarrollar los recursos emocionales para procesar situaciones difíciles fuera de casa. En el barrio de Once, Marta Báez, madre de tres chicos de entre 7 y 14 años, lo vive cada tarde cuando alguno de ellos le pide “un poquito más” de pantalla. “Yo les explico por qué hasta ahí y, aunque protesten, después se acomodan. Noto que están aprendiendo a tolerar ese corte”, cuenta mientras acomoda la mesa en la vereda, con la radio de fondo y un ventilador que no alcanza.
Esa idea de que el corte también enseña se conecta con lo que en algunas comunidades se conoce como ñeheñói, una palabra en guaraní que alude a la templanza, a esa capacidad de bancarse la espera sin que el ánimo se descomponga. Las especialistas insisten en que esa templanza no surge por generación espontánea: requiere adultos que la acompañen, que la nombren y que la sostengan cuando la criatura se cae.
Bellota aclara, además, que el trabajo del adulto no termina cuando dice “no”. El límite abre una conversación posterior, en la que se puede explicar qué pasó, qué sintió el chico y qué sintió el adulto. Es, en definitiva, donde la crianza democrática se distingue tanto del autoritarismo como de la permisividad: en lo que se hace después del “no”.
Me voy de esta nota con una imagen que me quedó dando vueltas: una nena de unos cuatro años, en una plaza de Palermo, que le pedía a su papá una galletita más antes de la merienda. El padre se agachó, le dijo que no con la cabeza, le sostuvo la mirada y le ofreció agua. La chica protestó un segundo, miró el agua, la tomó y volvió a correr. En algún lugar de ese intercambio, tan chiquito, estaba pasando todo lo que esta nota intenta contar.
