Cuando el recreo se muda al teléfono: el acoso escolar que ya no se apaga
La Sociedad Argentina de Pediatría difundió un documento de ocho comités y subcomisiones que advierte que el bullying y el ciberbullying se volvieron una misma cosa y que la agresión puede perseguir al chico desde el aula hasta la cama, sin horario ni refugio posible.
La térmica ya pegaba fuerte aquella mañana en Lanús, cuando Daniel, vecino de Gerli y padre de una nena de doce años, me contó que la criatura llegaba del colegio con el teléfono ardiendo. No por el clima: por los mensajes. Me dijo, mientras tomábamos un cortado en la vereda de siempre, que al principio pensaba que eran cosas de chicos, pavadas que se resolvían en el recreo. Pero los recreos, claro, se acabaron hace rato. Ahora siguen en WhatsApp, en Instagram, en el grupo del videojuego, y vuelven al aula a la mañana siguiente como si nada. Esa continuidad de la que habla Daniel es exactamente lo que preocupa a los pediatras.
La Sociedad Argentina de Pediatría acaba de publicar un documento que describe cómo el bullying y el ciberbullying se volvieron inseparables. Lo elaboraron ocho comités y subcomisiones especializadas, y lo que cuenta no es nuevo para los que criamos, pero sí lo es la forma en que lo enuncia: con una crudeza que deja claro que ya no alcanza con mirar el patio del colegio para entender lo que le pasa a un pibe.
El mensaje que no deja dormir
Lo dijo la doctora Silvina Pedrouzo, pediatra especialista en Desarrollo Infantil y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP: antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso, y los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y, en consecuencia, el daño. En criollo, y para que se entienda bien: lo que antes era un papelón en el recreo hoy es un papelón que no se corta cuando suena la campana.
Las consecuencias que describe la entidad van mucho más allá de la tristeza pasajera. La nota enumera dolores físicos, alteraciones del sueño, ansiedad, depresión, y un deterioro del rendimiento escolar que muchas veces se confunde con vagancia o con que el chico no quiere estudiar, cuando en realidad lo que no quiere es volver a un lugar donde lo pasan mal.
Qué formas toma el acoso cuando se muda a la pantalla
- Mensajes de odio y burlas enviadas por WhatsApp o redes sociales.
- Acecho digital, seguimientos y control de lo que el chico publica.
- Votaciones para humillar, tipo encuestas que arman los propios compañeros.
- Perfiles falsos y suplantación de identidad, con cuentas que se abren a escondidas.
- Difusión no consentida de información privada, desde chats hasta fotos.
- Exclusión deliberada de grupos, la clásica que ahora se multiplica en chats y listas.
- Manipulación de fotos, videos o memes para ridiculizar.
- Edición de contenidos con inteligencia artificial, que permite alterar imágenes y viralizarlas más rápido y a audiencias mucho mayores.
La SAP aclara algo que parece obvio pero que en la conversación de todos los días se pierde: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para que exista acoso escolar tienen que darse tres condiciones al mismo tiempo: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que le impida a quien lo sufre defenderse o ponerle fin. Puede ser físico, verbal o relacional, y la pantalla no cambió la naturaleza del problema: cambió su alcance.
“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Sociedad Argentina de Pediatría, documento de ocho comités y subcomisiones especializadas
Qué le pide la SAP a familias, escuelas y equipos de salud
El documento no se queda en el diagnóstico. Pide a las familias que estén atentas a cambios en el sueño, en el humor y en las ganas de ir a la escuela, y que no minimicen lo que el chico cuenta. A las escuelas, que tengan protocolos claros y que no naturalicen el acoso como parte del crecimiento. A los equipos de salud, que pregunten de manera sistemática sobre la vida digital en las consultas, porque muchas veces la pista está ahí y nadie la busca. Todo eso, advierten los pediatras, funciona solo si se hace en conjunto. Lo que sí es seguro, y acá viene el ñandutí de la cuestión, es decir algo dulce: por separado, ningún adulto alcanza. Lo que sí sirve es lo de siempre, esa cadena de manos que en nuestra cultura llamamos mbae ñatĩripa, la ayuda que se da cuando uno se compromete con el otro. La Sociedad Argentina de Pediatría lo dice en su idioma técnico, pero el fondo es el mismo: hace falta toda la comunidad para que un pibe deje de vivir aterrado de abrir el teléfono.
A la salida de la conferencia, mientras el sol le daba de lleno a la plaza de Lanús, Daniel se quedó un rato mirando el celular de su hija, ese aparatito que ya no es solo un teléfono. Me dijo algo que me quedó dando vueltas: que él de chico se peleaba a la salida del colegio y a los dos minutos ya estaba jugando a la pelota, pero que hoy los chicos no se sacan de encima la pelea ni durmiendo. Y tiene razón. Por eso, cada vez que un padre o una madre me dice no es para tanto, son cosas de chicos, me acuerdo de la cara de Daniel en esa vereda, y pienso que la mejor manera de cuidar a un pibe en este tiempo es, primero, creerle.
