Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que le hace al cuerpo cargar con una ofensa durante años
Un enojo pasajero se va y listo. Pero cuando la bronca se enquista y vuelve una y otra vez a la cabeza, el organismo paga los platos rotos: presión alta, insomnio, defensas bajas y un cansancio que no se explica. Un psiquiatra argentino explica por qué el cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza no hubiera pasado.
La otra tarde, en la vereda de siempre, mientras el sol todavía apretaba sobre los ladrillos y el río bajaba marrón y pesado a pocas cuadras, me quedé pensando en algo que parece charla de café pero no lo es: qué le pasa al cuerpo cuando uno se queda guardando un agravio durante años. Eso que en criollo llamamos criar rencor, y que en guaraní se parece bastante a la idea de tener el ñepyrũ cargado, o sea, el espíritu pesa por dentro. No es un tema solo de la cabeza. Es un asunto del cuerpo entero, que se va gastando de a poco sin que uno le encuentre explicación.
La diferencia con la bronca de un día es clave, y vale la pena entenderla. El enojo normal viene, pega fuerte y se va. Uno se enoja por un corte de cola en el súper, discute con el vecino por el estacionamiento, y a los dos horas ya está pensando en otra cosa. El rencor es otra cosa: es volver una y otra vez sobre la misma ofensa, masticarla, repasarla, darle vueltas, sin que la intensidad baje con el paso del tiempo. Puede ser una traición, una injusticia en el laburo, una separación que dejó marca, un quilombo familiar que nunca se cerró. Y puede durar décadas.
Los primeros que avisan: corazón y arterias
El primer lugar donde se nota es en el sistema cardiovascular. El rencor sostenido eleva la presión arterial de manera crónica, y acelera la frecuencia cardíaca incluso cuando uno está sentado en un sillón sin hacer nada. ¿Por qué? Porque el organismo interpreta el recuerdo de la ofensa como una amenaza que sigue activa. Y entonces dispara los mismos circuitos de alarma que usaría si hubiera un perro suelto en la esquina: taquicardia, tensión, músculos listos para pelear o salir corriendo. Si esa respuesta se repite día tras día, el riesgo de enfermedad coronaria va subiendo, sin que la persona entienda bien por qué.
Hormonas, defensas y un cansancio que no se explica
- El cortisol, que es la hormona del estrés, queda elevado más tiempo del que corresponde. Eso desarma el sueño, favorece la acumulación de grasa en la panza y reduce la sensibilidad a la insulina, abriendo la puerta a trastornos metabólicos.
- Las defensas bajan. El sistema inmunológico, exigido de manera permanente, se desgasta. Cogen más seguido resfríos, gripes y también aumenta la inflamación de bajo grado, que es un proceso silencioso que se vincula con enfermedades crónicas de todo tipo.
- El cuerpo se tensa de manera literal. Cuello, mandíbula y espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, y ahí aparecen las cefaleas tensionales que no tienen causa médica clara.
- El aparato digestivo también se resiente, porque el eje intestino-cerebro es de los más sensibles al estado emocional, y el estómago se vuelve un termómetro de lo que uno carga por dentro.
- La fatiga que aparece no se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve y que alguien estiró durante años.
“No hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad puntual y específica. Lo que sí sabemos es que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra, especialista en psiconeuroendocrinología
Mientras escribía esto me acordé de Marta, vecina de Villa del Parque, que un martes me contó en la puerta del almacén que hacía más de quince años que no se hablaba con su hermana por una herencia que se repartió de manera desigual. No tenía rencor encendido, decía, pero cada vez que algo le dolía el pecho o no podía pegar un ojo en la noche, sabía que en algún lugar de la cabeza la historia estaba otra vez dando vueltas. Como un motor que nunca se apaga del todo en el fondo de la panza.
Y la imagen que me queda, ahora que cierro esta nota, no es la de un estudio clínico ni una lista de síntomas. Es la de alguien sentado en una plaza cualquiera, con la mirada perdida en el piso, repasando por enésima vez esa conversación que lo lastimó. El cuerpo, mientras tanto, sigue gastando energía como si tuviera que salir corriendo, aunque afuera lo único que pasa es una hoja que cae despacio desde un jacarandá.
