Eddie Horniman ya no es un aristócrata accidental: ahora quiere comerse el mundo
Theo James vuelve como el Duque de Halstead en la segunda temporada de "The Gentlemen", más cruda, más europea y con un protagonista que empieza a entender de qué está hecho realmente el poder. Guy Ritchie vuelve a poner la cámara al hombro de un imperio que crece, pero esta vez la pergunta que flota es otra.
Te soy honesta: arranqué esta segunda entrega de The Gentlemen con la misma sonrisa cómplice que me dejó la primera. Esa mezcla entre el inglés de cuadros colgados en paredes de castillo y el narco de operación a destajo. Pero a los diez minutos entendí que acá pasaba otra cosa. Eddie Horniman, el Duque de Halstead que llegó casi por accidente al negocio del cannabis familiar, ya no está aprendiendo las reglas. Las está escribiendo él.
Un salto temporal que lo cambia todo
La serie arranca con un recurso que a mí, como vieja lectora de policiales, me ganó de entrada: retroceder tres meses antes de la escena más brutal del primer capítulo. Es decir, vemos a Eddie arrastrándose, malherido, por un campo embarrado. Y de ahí la cámara viaja para atrás y nos muestra cómo se llegó hasta ahí. Theo James se sacó de encima el mojigato que era al principio y lo reemplazó por alguien con mandíbula más dura, decisiones más rápidas y una mirada que empieza a desconfiar hasta de su propia sombra.
Lo que me copa es que el crecimiento del personaje no es de esos heroismazos de manual. Es más bien un aprendizaje tramposo, de los que te dejan sabor amargo. Eddie quiere expandir el imperio de los Glass más allá del Reino Unido. Para eso tiene que meterse en política, pisar el cannabis legal y amigarse con gente que no se anda con chiquitas. Y en el medio, va descubriendo que esos buenos modales que lo protegían al principio ahora le juegan en contra.
Bobby Glass como freno de mano espiritual
Hay algo que me pareció muy de padre e hijo esto que muestra Ritchie con el vínculo entre Eddie y Bobby Glass, el patriarca. El viejo, mientras tanto, está más preocupado por su despertar espiritual que por aggiornar el negocio. Y Eddie empieza a entender algo que todos los que alguna vez tuvieron un jefe viejo supimos en carne propia: que acumular poder es, en gran parte, animarse a dejar de pedir permiso. Las escenas entre Theo James y el elenco que encarna al patriarca tienen esa tensión chiquita, de las que no necesitan revolver para incendiarse.
Italia se suma a la mesa grande
Otro de los regalos que nos trae la temporada es la ampliación del mapa criminal. Aparecen dos personajes que me cambiaron la temperatura de la serie: el mafioso italiano Marco Moretti, al que le pone el cuerpo Sergio Castellitto, y su colaboradora Cico Maldini, a cargo de Michele Morrone. Los dos le meten una cuota de imprevisibilidad europea que la primera temporada no tenía. Las apariciones de Castellitto, en particular, tienen ese swing mediterráneo que le viene bárbaro al universo Ritchie: uno nunca termina de saber si le va a ofrecer un espresso o un problema.
El Ritchie que ya conocemos, pero con otra pregunta
El director mantiene intactas las marcas registradas que nos gustaron: violencia muy coreografiada, humor negro a media máquina, fotografía con sabor a revista de moda galesa. Pero esta vez las pone al servicio de una pregunta más pesada: cuánto de uno mismo se está dispuesto a perder para no perder el control. La transformación de Eddie tiene algo de viaje de personaje clásico del género, de esos donde cada victoria es un tropezón disfrazado. Cuanto más gana, más difícil parece la salida.
Yo te dejo una sola pregunta para que la lleves vos a tu sillón: hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino sea de los que no se vuelven atrás. La segunda temporada de The Gentlemen ya está disponible y, según lo que se viene comentando, no es el final del camino. Atento a las próximas fechas, que prometen.
