El turismo receptivo toca su mejor marca en un cuarto de siglo y se recalibra el origen de los visitantes
En los primeros siete meses del año pasaron por el país 3,4 millones de turistas extranjeros, con un récord de 1.434.001 llegadas desde países no limítrofes. El fenómeno reconfigura el perfil del viajero y deja interrogantes sobre qué hace la política para sostener el envión.
La Argentina recibió en los primeros siete meses de 2026 alrededor de 3,4 millones de visitantes del exterior, un 8% más que en el mismo período del año pasado, y el primer semestre cerró con 1.434.001 turistas provenientes de países no limítrofes, la cifra más alta en un cuarto de siglo para esa categoría. Quien recorre hoy la calle Florida, las bodegas mendocinas o el circuito de Cataratas del Iguazú percibe algo que las estadísticas confirman: el flujo de extranjeros ya no es el mismo que antes de la pandemia ni siquiera el de hace un lustro, y detrás de cada pasajero que llega en un vuelo de larga distancia hay un cambio de paradigma que vale la pena desmenuzar.
A lo largo de mi cobertura de la actividad turística vengo escuchando a operadores, hoteleros y funcionarios tratar de explicar por qué este verano-invierno austral rompe la tendencia de los dos años anteriores, cuando las restricciones, el cepo y la brecha cambiaria habían licuado la llegada de visitantes. La respuesta, coinciden las fuentes consultadas, no es una sola: confluyen un tipo de cambio más bajo, una mayor conectividad aérea internacional y una revalorización del país como destino en mercados de larga distancia. A eso se suma un factor regional que pesa más de lo que parece: la devaluación del real brasileño, que tornó más accesibles los precios locales para los turistas del principal mercado emisor de la región.
Menos vecinos, más viajeros lejanos
Los números fríos muestran una reconfiguración del perfil del turista. Los ingresos por vía aérea treparon 19% interanual en los primeros siete meses, mientras que los viajes terrestres cayeron cerca de 4%, una señal inequívoca de que se está achicando la porción de visitantes regionales que cruzaban la frontera atraídos esencialmente por la diferencia de precios. Marcos Cohen Arazi, investigador del Ieral, lo describe con una fórmula que retumba en el sector: el tipo de cambio relativamente bajo hace que el turismo que venía esencialmente por una ventaja de precios se contraiga. Lo que crece en paralelo es la llegada de europeos, estadounidenses y asiáticos, con estadías más prolongadas y un gasto promedio más alto por viajero.
“El tipo de cambio, relativamente bajo, hace que el turismo que venía esencialmente por una ventaja de precios se contraiga. Crece en cambio el turista de larga distancia, con otro perfil de gasto y estadías más largas.”Marcos Cohen Arazi, investigador del Ieral
Gabriela Ferucci, presidenta de la Asociación de Hoteles de Turismo, coincide en el diagnóstico y agrega dos motores concretos que desde el mostrador de un hotel cinco estrellas porteño se perciben a diario: por un lado, la ampliación de la oferta de asientos en vuelos internacionales hacia el país, con nuevas rutas y frecuencias; por el otro, el efecto que tuvo la depreciación del real sobre los viajeros brasileños, que siguen siendo el contingente más numeroso. “La conectividad aérea y el tipo de cambio de Brasil son los dos factores que más están empujando la llegada de turistas”, resumió Ferucci en una charla reciente con este medio, en la que también advirtió que la hotelería de las plazas más demandadas trabaja con ocupaciones récords para esta época del año. Quien haya intentado reservar una habitación en el centro de Buenos Aires, en Salta o en la zona de los lagos del sur durante las últimas semanas sabe que conseguir lugar ya no es una operación sencilla.
Paula Cristi, gerenta general de Despegar, apunta en la misma dirección y pone el foco en la conectividad: “La mayor conectividad aérea internacional, con nuevas rutas y aerolíneas y el incremento de frecuencias, amplió las alternativas para viajar desde Europa, Estados Unidos y otros mercados de larga distancia”. La ejecutiva subraya además que la Argentina “reúne atributos muy valorados a nivel global, como su diversidad de paisajes, la gastronomía, el enoturismo, las propuestas de naturaleza y aventura”, una enumeración que los operadores receptivos suelen repetir como un mantra y que esta vez parece estar rindiendo frutos más allá del discurso.
Lo que todavía faltaresolver
- La conectividad aérea funciona como motor principal, pero depende de decisiones empresarias que el Estado no controla directamente y podría estimular con políticas de cielo abierto más agresivas.
- El tipo de cambio competitivo para el turismo es, al mismo tiempo, un problema para los argentinos que viajan al exterior: por cada turista extranjero que ingresó al país, 2,1 residentes salieron, una proporción que mejoró respecto de 2025 pero sigue mostrando un déficit estructural.
- El Ieral estima que el déficit de la balanza turística rondará los 5.700 millones de dólares en 2026, una cifra que pone en evidencia la necesidad de políticas sostenidas para profundizar el ingreso de divisas por turismo.
- No hay aún un plan oficial de promoción internacional que aproveche el récord de turistas no limítrofes para consolidar la tendencia, según admiten en privado operadores del sector.
- La infraestructura receptiva en destinos emergentes del norte y del sur sigue sin inversiones de envergadura, lo que amenaza con saturar los puntos tradicionales y dispersar al viajero hacia países competidores como Chile o Uruguay.
En definitiva, lo que muestran las cifras del primer semestre es una suerte de revancha silenciosa del turismo argentino, que después de dos años de caída recupera visitantes de mercados que consideraba perdidos y vuelve a aparecer en los tableros de los operadores globales. Falta, como siempre, lo que el Estado todavía no resolvió: consolidar este envión con políticas de Estado que vayan más allá de un tipo de cambio favorable y de las rutas aéreas que las empresas deciden por su cuenta, porque del aeropuerto a la góndola del súper todavía media una distancia enorme que ningún récord semestral disimula.
