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Fletcher y Lachie, los amigos que le demostraron al mundo que una silla no frena a nadie

Un joven australiano que quedó parapléjico a los 17 y su amigo terapeuta recorrieron cuatro continentes en tres meses. Subieron 268 escalones cargados al hombro, bucearon con tiburones y volaron en parapente. Una historia de amistad, garra y cero barreras.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · 3 de septiembre de 2026 · hace 1 h

El aire pegajoso del mediodía se siente distinto cuando lo vivís desde una silla de ruedas, aunque el mundo se abra de la misma manera para todos. Eso, al menos, es lo que repite Fletcher Crowley cada vez que cuenta su historia, esa que empezó un día cualquiera cuando tenía 17 años y se subió a una bicicleta de montaña sin imaginar que la rodada le iba a cambiar la vida para siempre. Una caída, dos vértebras fracturadas y, a partir de ahí, la certeza de que iba a moverse en sillas de ruedas el resto de sus días. Puede pararse y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo deja sin aire en cuestión de minutos.

Una amistad nacida entre turnos nocturnos

El que apareció en la vida de Fletcher en el momento justo fue Lachie Bennett, un amigo de la infancia del barrio de toda la vida que trabaja como terapeuta en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares. El mismo centro donde los dos se reencontraron después de años sin verse demasiado. La amistad se cocinó a fuego lento, en una cena de turno nocturno, entre risas y confesiones que suelen aparecer cuando compartís guardias largas y mates compartidos. Ahí se dieron cuenta de que les gustaba lo mismo: la música, la moda, conocer gente nueva y mandarse a vivir experiencias distintas. Y algo más, algo más íntimo: los dos habían pasado por episodios de ansiedad y habían aprendido a manejarlos como se aprende a manejar el dolor en el hueso, con paciencia y a los tropezones. Esa coincidencia les dio una base que va mucho más allá de los gustos comunes y que, en criollo, se llama aguante de verdad.

Yo te diría, che, que lo que cuenta acá es esa cosa tan nuestra de bancarse al otro en las malas, esa que los gringos llaman brotherhood pero que en Corrientes y en Palermo se siente igual: un amigo que te carga al hombro si hace falta, sin pedir permiso ni hacer un drama.

Lo del viaje grande arrancó casi de chiripa. La idea original era una escapada de dos semanas, tranquilo, pero les apareció una oferta de vuelta al mundo con varias escalas y la compraron casi sin pensarlo. Así, nomás, como cuando te tiráis a la pileta del club un domingo a las tres de la tarde sin mirar si el agua está fría. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, todo metido en tres meses de mochila, cámaras y mucha muñeca para resolver sobre la marcha. Tenían, además, una filosofía bien clara que después se convirtió en lema: el mundo no es accesible, nosotros lo somos. Suena a frase de camiseta, pero la fueron cumpliendo palmo a palmo.

De los 268 escalones al buceo con tiburones

  • En Hong Kong, Lachie se cargó a Fletcher en la espalda y subieron los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Arriba, según contaron, fue un momento surrealista, de esos que te erizan la piel.
  • En Suiza, una familia que los seguía por redes sociales los invitó a quedarse en su casa, así, por las buenas, porque habían visto sus videos.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza, con muros de piedra y todo.
  • En Brasil se mandaron a recorrer la selva en cuatriciclo, bien de aventura, con el ruido de los insectos de fondo.
  • En Sudamérica también hicieron base en Argentina, donde los contacto fue con vecinos del barrio de San Telmo que les abrieron la puerta como si los conocieran de toda la vida, porque eso es lo que pasa cuando vas con la recomendación justa y un mate bajo el brazo.
  • En Sudáfrica hicieron safari, bucearon con tiburones y volaron en parapente, tres cosas que juntos suenan a guion de película pero que ellos vivieron en carne propia.

La parte de la logística, claro, no fue un paseo. Algunos lugares directamente no estaban preparados para una silla de ruedas y tuvieron que buscar rutas alternativas o aceptar que Lachie cargara a Fletcher a cuestas, como en el caso del Gran Buda. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, explicaron con esa mezcla de pragmatismo y buena onda que se nota cuando los escuchás hablar. Lo de planificar de más es algo que cualquier porteño conoce bien, eh, que acá para ir a la verdura del barrio ya hay que pensar tres veces si pasa el colectivo o no.

La plata, los videos y la manoTendal de la comunidad

Al principio pusieron la aventura con ahorros propios, como se puede. Pero cuando empezaron a subir videos a las redes, la respuesta fue tan grande que se les armó una campaña de micromecenazgo que les dio el respiro económico para ser más espontáneos. El alojamiento también se resolvió en gran parte gracias a desconocidos que se engancharon con la historia y les ofrecieron casa, comida y hasta una mano para lo que hiciera falta. Algo parecido a lo que en el barrio conocemos como m'baicha'ivo, esa costumbre guaraní de prestarte ayuda sin esperar nada a cambio, una palabra que describe justo lo que recibieron en cada lugar: apoyo inesperado, generoso y de pura buena gente.

“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Lema de Fletcher Crowley y Lachie Bennett

Lo que me queda dando vueltas en la cabeza, mientras escribo esto en una vereda cualquiera de Buenos Aires con el sol pegando en el piso, es la imagen de Lachie cargando a Fletcher escaleras arriba en Hong Kong, los dos transpirados, riéndose, subiendo peldaño por peldaño mientras el mundo mira desde abajo. No es una hazaña deportiva ni un récord Guinness ni nada de eso que después sale en los libros. Es algo más simple y más profundo: dos amigos que se negaron a aceptar que una silla de ruedas marque el final del camino. Y lo hicieron, además, sin pedir permiso, sin quejarse y de la mejor manera que tenemos los argentinos para comernos el mundo: yendo, aunque sea cargados al hombro, hasta la última escalera.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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