Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo sin reloj, sin saber nadar y sin que nadie lo viera desaparecer
A los 65 años, el primer navegante solitario de la historia zarpó desde Vineyard Haven hacia el Caribe y nunca más se supo de él. Un capitán que había desafiado tres océanos a bordo de un balandro reconstruido en un pastizal, terminó vencido por el mar que conocía de memoria.
El sol cae pesado sobre el Río de la Plata en esta tarde de enero, de esas en las que la vereda parece vibrar y uno se seca la frente antes de cruzar la esquina, y mientras tanto pienso en un hombre que hizo exactamente lo contrario: buscar el mar abierto como quien busca aire fresco. Joshua Slocum fue, según los registros que se conservan, el primer navegante solitario que completó la vuelta al mundo, y lo hizo con una economía de medios que hoy cuesta imaginar: un balandro pesquero de once metros al que él mismo reconstruyó tabla por tabla, sin cronómetro marino en condiciones, sin saber nadar y, lo másremarkable de todo, sin ninguna garantía de volver.
La historia arranca en 1895, cuando Slocum, capitán mercante sin trabajo en un mundo que ya apostaba decididamente al vapor, decidió jugarse el resto de su vida a una sola carta. El barco se llamaba Spray y era poco más que un esqueleto de roble cuando lo encontró abandonado en un potrero de Massachusetts; durante trece meses le devolvió la vida con herramientas de mano y un oficio que había empezado a los dieciséis años, enrolándose como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. El 24 de abril de ese año zarpó de Boston, solo, sin fanfarria ni banderines, y durante los siguientes tres años fue cruzando el Atlántico, bordeando el cabo de Hornos por el Estrecho de Magallanes, atravesando el Pacífico y el Índico hasta completar más de 46.000 millas náuticas y fondear de nuevo en Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898.
El arte de resolverlo todo con casi nada
Lo que vuelve a Slocum una figura entrañable, más allá del récord, es la manera artesanal con que resolvía cada problema que el mar le ponía delante. Navegaba con un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal y compensaba esa limitación a fuerza de estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del océano construida a lo largo de décadas de cubierta. En el Estrecho de Magallanes, cuando temía que los fueguinos subieran a bordo de noche, esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta; los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y salieron corriendo sin pedir permiso. Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, llegó a creer que un piloto fantasma le llevaba el timón, y cuando se recuperó del trance el Spray seguía navegando con rumbo firme, como si el barco hubiera decidido cuidarse solo.
- Reconstruyó un balandro abandonado durante trece meses, solo con herramientas manuales y experiencia de décadas.
- Cruzó más de 46.000 millas en tres años sin cronómetro marino confiable y sin saber nadar.
- Publicó Sailing Alone Around the World, que empezó como serie en revistas y se convirtió en un clásico de la literatura de viajes.
- Zarpó por última vez en noviembre de 1909, a los 65 años, y nunca regresó a puerto.
En 1900, ya de vuelta en tierra, Slocum publicó Sailing Alone Around the World, un libro que primero fue serie de notas para revistas y que terminó convertido en un clásico de la literatura de viajes. Ahí contó todo con un estilo seco, irónico, sin épica de manual: el tono de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y con un asombro genuino ante lo que iba encontrando. El libro le dio fama y cierta tranquilidad económica, pero no lo ancló. En noviembre de 1909, con 65 años, Slocum zarpó otra vez desde un puerto de Massachusetts, esta vez con intención de llegar al Caribe y seguir después hacia el sur, y el mar no lo devolvió. Nunca se encontró el Spray, nunca aparecieron restos, nunca hubo testigos del final.
“En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum
Cuando uno recorre la historia piensa en doña Beatriz, la vecina de Villa del Parque que todas las tardes se sienta en la vereda con un libro de navegación bajo la lamparita y dice que Slocum le recuerda a esos viejos del barrio que arreglaban todo con lo que tenían a mano, desde la radio hasta la paciencia. Y es que hay algo profundamente cercano en este canadiense de origen que prefirió el horizonte al mostrador de una oficina, que le perdió el respeto al reloj pero nunca al viento, y que terminó su vida como había avisado que podía terminar: sin pedirle permiso al agua. Me gusta cerrar la nota como se cierra una tarde de calor en la costa, con la imagen del Spray entrando solo en la bruma, sin capitán visible, todavía entero, todavía entero un poco más, mientras el río sigue corriendo abajo y uno se queda mirando cómo desaparece. Karu, dicen los guaraníes cuando algo se va sin hacer ruido, karu, que es el silencio que deja lo que se va para siempre.
