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Las madrecitas del agua que Buenos Aires puso a trabajar contra el dengue

Un equipo de la Facultad de Agronomía de la UBA reparte de forma gratuita pececitos nativos que devoran larvas del mosquito transmisor. Ya entregaron más de 20.000 ejemplares a vecinos y escuelas, en una cruzada silenciosa que complementa la prevención clásica.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · 26 de agosto de 2026 · hace 1 d

La mañana empieza pesada en la Ciudad, con esa humedad que se te pega al cuello y te hace pensar, antes que en cualquier cosa, en abrir la ventana o directamente no salir. Pero hay quienes, a pesar del calor, están pensando en el agua. No en la que se toman, sino en la que queda quieta, esperando en una pileta mal tapada, en un bebedero de mascotas o en el florero de la abuela. Esa agua que, cuando llega noviembre, se vuelve territorio cómodo para un enemigo pequeño y molesto: el mosquito Aedes aegypti, el mismo que transmite el dengue.

Ahora, en una oficina de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, un grupo de científicos viene trabajando desde 2022 con una idea tan simple como efectiva, que ya llegó a más de 20.000 hogares, escuelas y organizaciones comunitarias. Se trata de sembrar dos especies de peces nativos muy chicos, conocidos vulgarmente como madrecitas de agua, en esos reservorios donde el veneno o el vaciado no terminan de funcionar. Los bichitos comen larvas de mosquito todo el día, sin pedir nada a cambio.

Dos especies, una sola misión

Las protagonistas se llaman Cnesterodon decemmaculatus y Jenynsia lineata. Son pececitos de agua dulce que miden apenas unos centímetros, nativos de nuestra región, a los que el equipo de la Cátedra de Acuicultura de la FAUBA empezó a criar y repartir de manera gratuita. Un ejemplar adulto puede comerse hasta cien larvas de mosquito por jornada, según las mediciones que maneja el propio equipo. Y lo mejor es que están acostumbrados a vivir en espacios chiquitos y cerrados, justamente donde otros métodos pinchan.

“Son peces de fácil manejo y bajos requerimientos, que naturalmente están acostumbrados a vivir en ambientes reducidos. No son difíciles de criar o transportar, y la Cátedra los entrega a demanda a la comunidad.”Alejandro López, licenciado en Ciencias Ambientales y responsable del proyecto

El programa se mueve dentro de los proyectos de extensión UBANEX y en articulación con la Cooperativa de Recicladores del Oeste, una organización del conurbano bonaerense que acercó el programa a barrios donde el descacharrado no siempre alcanza. La Legislatura porteña incluso declaró a la iniciativa de interés ambiental para la Ciudad de Buenos Aires, lo que le dio un envión institucional extra.

Quién puede pedir sus pececitos

  • Cualquier vecino puede solicitarlos de manera gratuita escribiendo a la Cátedra de Acuicultura de la FAUBA, sin necesidad de ser parte de una organización.
  • Se entregan también a escuelas, clubes de barrio y centros comunitarios que tengan reservorios de difícil vaciado.
  • Sirven para piletas de natación, estanques, bebederos de animales, floreros de gran tamaño y hasta tanques donde se acumula agua de lluvia.
  • No reemplazan al descacharrado ni al repelente: funcionan como una capa más dentro del manejo integrado del mosquito.

La coordinadora del proyecto, Ana Paula Baldonedo, lo resume en pocas palabras: pidió a la gente que se anime a pedir los peces, porque la entrega es gratuita y el trámite es simple. Yo mismo, mientras escribo esta nota en Boedo, pienso en el balde que mi vieja tiene en el patio del fondo, ese que siempre se olvida de vaciar después de la lluvia, y me dan ganas de llamarlos mañana temprano. Gladys, mi vecina del segundo piso, me contaba el otro día que el año pasado le llenó la terraza de larvas y no sabía qué hacer: bueno, ahora sabe.

Un contexto sanitario que apura

No es para menos. La temporada 2023-2024 dejó en la Argentina más de 580.000 casos confirmados de dengue y 419 muertes, la peor marca registrada hasta acá. Frente a ese escenario, cualquier herramienta que sume y que, encima, sea barata y de bajo impacto ambiental, deja de ser una curiosidad de laboratorio para pasar a ser una necesidad comunitaria. López insiste con un argumento que, en estos tiempos, suena casi provocador: se puede hacer mucho sin envenenar el agua con químicos.

Esta es una opción sustentable porque reduce las aplicaciones de sustancias químicas, tiene una eficiencia alta y de largo plazo, a un costo muy bajo, suele repetir el licenciado cada vez que presenta el programa en algún barrio. Y tiene razón: a veces la solución a un problema enorme cabe en una pecera y se transporta en un bidón con oxígeno. Mientras en las radios siguen sonando las campañas para tirar agua estancada y usar repelente, en los acuarios de Agronomía siguen naciendo madrecitas, dispuestas a comerse, una por una, las larvas que pican a los pibes del barrio. Ñande ypy, que en guaraní quiere decir nuestra propia semilla, le queda como anillo al dedo a esta historia: una semilla criolla, criada en la universidad pública, repartida a la calle para cuidarnos entre todos.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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