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Maní en la mesa: cuando una alergia deja de ser un susto y se vuelve una carrera contra el reloj

Una reacción leve no asegura que la próxima también lo sea. La alergista Jaclyn Bjelac, de Cleveland Clinic, repasó las señales que obligan a actuar sin dudar y por qué la preparación previa puede cambiarlo todo, sobre todo en los más chicos.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · 10 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Volví del supermercado con dos paquetes de garrapiñadas para la merienda y, mientras los apoyaba en la mesa de la cocina, me acordé de algo que había leído esa mañana: no todas las alergias al maní avisan dos veces de la misma manera. Hay reacciones que se quedan en una ronchada pasajera y hay otras que, sin aviso, se desbocan en cuestión de minutos. Esa diferencia, que parece técnica, en la vida cotidiana se traduce en una sola pregunta: qué hago si a alguien de mi casa le pasa algo serio después de comer un alfajor, un pedazo de tarta o una cucharada de pasta de maní. Para responderla con menos incertidumbre consulté el material publicado por Cleveland Clinic con la alergista Jaclyn Bjelac, que trabaja a diario con familias que conviven con esta alergia.

La primera idea que dejó en claro Bjelac es la que más cuesta aceptar en la vereda de casa: una reacción previa leve no garantiza que la siguiente también lo sea. Dicho de modo llano, porque a uno le gusta tener las cosas ordenadas: si el año pasado a mi sobrino se le hinchó apenas el labio después de probar un postre con maní, eso no significa que este año, ante un nuevo contacto, la historia se repita igual. El cuerpo, en estos casos, no siempre repite el libreto, y eso obliga a tomar cada exposición como una situación que hay que mirar con atención.

Qué señales indican que hay que actuar ya

La especialista describió un conjunto de síntomas que funcionan como banderita roja: dificultad para respirar, sensación de garganta cerrada, hinchazón marcada, mareos o desmayo. También encendió la alarma cuando los síntomas aparecen en dos o más zonas del cuerpo al mismo tiempo, aunque cada uno por separado parezca moderado. Esa combinación, explicó, puede estar anunciando una anafilaxia, una emergencia que compromete la vida en cuestión de minutos.

Ante ese panorama, la indicación es concreta: primero se aplica la epinefrina recetada por el médico tratante y, en paralelo, se llama a los servicios de emergencia. No es momento de probar métodos caseros ni de esperar a ver si el cuadro cede solo, porque la anafilaxia suele empezar con molestias que parecen moderadas y agravarse después, justamente cuando uno ya bajó la guardia.

  • Dificultad para respirar o sensación de garganta cerrada.
  • Hinchazón marcada en cara, labios o lengua.
  • Mareos, desmayo o sensación de que el chico se "va" de repente.
  • Síntomas que aparecen en dos o más partes del cuerpo al mismo tiempo, aunque parezcan tolerables por separado.
  • Cuadro que empezó leve y empeora con el paso de los minutos.

Con Marcela, una vecina del barrio de Belgrano con quien hablé mientras hacía la cola de la panadería, repasamos la lista y coincidimos en algo: el problema nunca es saber en abstracto qué es la epinefrina, sino tenerla a mano, vigente y cerca de quien la pueda usar sin perder tiempo. Ahí aparece el concepto que Bjelac repite hasta el cansancio y que en criollo se traduce como "no dejar nada para el momento del susto": tener un plan de acción escrito, la medicación lista y que todas las personas que conviven con el paciente, incluidos abuelos, tíos y maestras, sepan dónde está y cómo se aplica.

El caso especial de los más chicos

En bebés y niños pequeños el desafío se vuelve doble, porque los síntomas pueden ser los mismos que en chicos más grandes pero también presentarse de formas algo distintas, lo que dificulta el reconocimiento temprano. La recomendación pasa por anticiparse: cuidadores, familiares y personal a cargo tienen que conocer de antemano qué observar y cómo proceder, porque cuando la reacción arranca no hay tiempo para improvisar ni para buscar el prospecto en el cajón. La prevención cotidiana, mientras tanto, sigue siendo la otra mitad del trabajo cotidiano: revisar etiquetas, preguntar ingredientes en casas ajenas y tener presente que el maní aparece en lugares donde uno menos lo espera, desde galletitas hasta platos salados.

La jornada termina con la bolsa de garrapiñadas todavía sobre la mesa y una decisión que vale la pena anotar en una servilleta: si en casa hay alguien con alergia al maní, el plan de emergencia no es un tema médico guardado en un cajón, es una charla pendiente para esta semana, con el nombre del medicamento anotado, la fecha de vencimiento chequeada y el teléfono de emergencias pegado en la heladera. Eso, en el fondo, es lo que separa un susto manejable de una noche larga en la guardia.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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