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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Por qué revisamos el teléfono aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores argentinos

Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin, ambos del CONICET, describen en su libro (Des)Conectados los mecanismos que nos mantienen pendientes del celular aun cuando lo dejamos a un lado, y por qué esa espera puede pasar factura en la atención, la memoria y los vínculos familiares.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · · hace 24 d
Por qué revisamos el teléfono aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores argentinos

La siesta de este martes pegaba distinto en mi vereda: ese calor húmedo que se corta cuando alguien abre la canilla del patio y el ruido del río de autos a tres cuadras funcionando casi como una nana molesta. Ahí, sentado en el banco de siempre del barrio de San Telmo, mientras un vecino me cebaba un mate y me contaba que su nieto de catorce años se levantaba tres veces por noche a mirar el celular, me acordé de una explicación que había leído hace de poco y que, creo, sirve para entender por qué nos cuesta tanto soltar el aparato aunque sepamos que no hay nada nuevo que ver.

Fabricio Ballarini, neurocientífico, y Juan E. Bonnin, lingüista, ambos investigadores del CONICET, recorren ese tema en su libro (Des)Conectados. La propuesta es bastante concreta: mirar los hábitos digitales de la vida familiar a partir de una pregunta simple, que es cuánto espacio ocupa el teléfono en nuestra atención aun cuando lo dejamos a un costado, apoyado boca abajo o guardado en un cajón.

La vibración que nadie sintió

A todos nos pasó, coinciden los autores, eso de sentir que el teléfono vibró contra la mesa, levantarlo con ese gesto rápido que uno ya tiene automatizado y descubrir que no llegó ningún mensaje. Para Ballarini y Bonnin esa experiencia tiene una explicación: la expectativa constante de recibir un aviso puede hacer que interpretemos un roce de la ropa, un ruido cercano o hasta el zumbido de una heladera como una señal del aparato. Como si el cuerpo estuviera tan entrenado para la alerta que termina fabricando notificaciones donde no las hay.

El FOMO: el miedo a quedar afuera

  • El FOMO, que en inglés se abrevia como Fear of Missing Out y que en criollo podríamos traducir como el cagazo de quedarse afuera, aparece como una de las claves del libro.
  • Para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede vivirse como una exclusión del grupo de pares, con toda la carga emocional que eso trae.
  • La preocupación no es solo por las actividades que se están perdiendo, sino también por los intercambios en los que no pueden participar.
  • Esa inquietud tiene un costo concreto: según los autores, estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos cognitivos disponibles para concentrarse en lo que pasa alrededor.
  • Los investigadores vinculan un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención, dos funciones que en la vida familiar se usan todo el tiempo.

Reconocer la dependencia como punto de partida

Para Ballarini y Bonnin, advierte la nota original, tomar conciencia de esa dependencia es el primer paso. No se trata solamente de contar cuántas veces se desbloquea la pantalla a lo largo del día: también importa notar la preocupación por perderse algo o la expectativa permanente de que llegue un mensaje. Las llamadas notificaciones fantasma, esas que el cerebro inventa, muestran que la espera puede seguir activa aunque no haya ninguna alerta real de por medio.

Dejar el teléfono, algo más que guardar una herramienta

Los autores enmarcan estos hábitos en un cambio cultural más amplio. Las pantallas hoy alojan conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria, desde el chat familiar hasta la coordinación de una salida con amigos. Por eso, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta: puede sentirse, por un rato, como si uno abandonara un poco el mundo, como si se corriera de la mesa donde están pasando cosas.

El libro apunta, sobre el cierre, a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos terminen concentrando todo el esfuerzo de pensar. Yo, la verdad, mientras leía todo esto pensaba en mi vecina Marta, que vive a la vuelta en La Boca y siempre me dice que el nieto no la mira cuando va a visitarla porque está pendiente del chat del colegio. Entender estos mecanismos, creo, no es para echarle la culpa a nadie: es para empezar a mirarnos un poco más a nosotros mismos, y de paso mirar también a los que tenemos al lado.

Me quedé dando vueltas en la cabeza con una imagen bastante simple: la del nieto de mi vecino revisando el celular a las tres de la mañana, medio dormido, buscando una vibración que todavía no llegó. Del otro lado de la puerta, la abuela que le dejó una taza de leche en la mesita de luz, esperando que por un rato, solo por un ratito, los ojos de ese pibe vuelvan a la mesa.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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