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Dos años y medio, una carpa prestada y un sueño propio: la historia de Ezequiel, el neuquino que abrió La Fonda

Llegó a Neuquén desde Azul con lo puesto, durmió en la calle y trabajó en logística y ventas hasta juntar los pesos para montar su propio local de comida en el barrio Mariano Moreno. Una reconstrucción en primera persona sobre el esfuerzo, la ayuda de los vecinos y la cocina que se cocina con dos hornallas.

Por Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana · 7 de septiembre de 2026 · hace 2 h

La verdad es que a mí me cuesta empezar esta nota sin antes contarles cómo estaba el aire aquella vez que Raúl le acercó la carpa a Ezequiel, porque en Neuquén, cuando el río pasa cerca, el frío no es un detalle: es un personaje más de la historia. Y ese personaje, en febrero del 2024, estaba haciendo de las suyas sobre un joven de treinta y tres años que acababa de bajar de un viaje a dedo desde Azul, en el sur de la provincia de Buenos Aires, con la ropa puesta y sin tener dónde pasar la noche. Se llama Ezequiel Banegas, hoy tiene treinta y seis, y el sábado que viene va a cortar la cinta de su propio local de comida, La Fonda, en Mitre y Correntoso, en el barrio Mariano Moreno. Pero para llegar hasta acá tuvo que pasar por cosas que a uno, cuando las escucha de primera mano, le ordenan un poco la cabeza y le recuerdan eso que los viejos llamaban, en un castellano bien nuestro, el ñeque: esa fuerza silenciosa para seguir cuando todo parece cuesta arriba.

Lo que más me quedó dando vueltas, después de charlar con él, es la imagen de alguien durmiendo en la calle con una carpa prestada mientras juntaba fuerzas para empezar de nuevo. Ezequiel llegó a la capital neuquina sin trabajo, sin contactos y sin un techo. Las primeras noches las pasó a la intemperie, hasta que publicó en un grupo de Facebook que necesitaba una carpa. El primero en responder fue Raúl, un vecino del barrio que nunca le cobró un peso y que le acercó, además, una almohada y un acolchado para que pudiera soportar las noches patagónicas. Ahí nomás, casi sin pensarlo, se armó lo que en estos pagos llamamos una red de cuidao, esa red invisible que aparece cuando alguien la necesita y que muchas veces ni siquiera sabe que existe hasta que la tiene delante. 'Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante', me dijo Ezequiel, ya sentado en la mesa del local que está terminando de poner a punto, todavía con olor a pintura fresca.

El refugio, los primeros trabajos y el aprendizaje

Esa ayuda le permitió ganar tiempo mientras buscaba dónde instalarse. Poco después encontró lugar en un refugio de la calle Belgrano al 2500, donde recibió acompañamiento para reordenar su vida cotidiana y, sobre todo, para empezar a pensar en un proyecto que lo contuviera. Ahí aprendió, me contó, algo que parece obvio pero que muchas veces se nos olvida: que pedir también es una forma de trabajar. Después de eso, su primer empleo estable llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística de la zona. Más tarde se fue a un corralón de Cipolletti, en la otra orilla del río, donde empezó como vendedor y terminó siendo nada menos que jefe de ventas. Esa experiencia, según me dijo con esa media sonrisa que uno reconoce en la gente que laburó mucho, le dejó herramientas que iba a usar más adelante, cuando dejara de vender materiales de construcción y empezara a vender comida casera a quinientas personas.

Porque la cocina, en realidad, siempre estuvo en los planes de Ezequiel. La diferencia fue que, cuando arrancó, no tenía un local ni un horno industrial: tenía un departamento con dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica. Con eso empezó a preparar tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa, ese paseo que mira al Limay y que en verano se llena de familias neuquinas que bajan a refrescarse. Cuando la demanda empezó a crecer, fue sumando pizzas, empanadas y hamburguesas. Cada producto nuevo se incorporó a medida que pudo invertir y responder a los pedidos, sin apurarse, sin mentirle a la clientela. Como me dijo él, con una expresión que me sonó a guaraní y que acá traducimos al pasar, yvy marae'y, que vendría a ser algo así como 'tierra sin mal', esa idea de que cuando uno trabaja con cuidado y sin hacer daño a nadie, algo termina funcionando.

Las redes, el ahorro y la cuenta regresiva para abrir

Las redes sociales fueron otra de las patas del crecimiento. Arrancó con apenas quince seguidores en Instagram y, en poco más de un año, se acercó a los mil. 'Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende', me reconoció Ezequiel, y lo dijo con un tono que no era de euforia sino de asombro sereno, como el que tenemos cuando algo que uno imaginaba de a poco empieza a hacerse carne en la realidad. A la par de esa construcción pública, hubo otra silenciosa y más larga: durante un año entero estuvo guardando plata para poder alquilar y equipar un local. 'Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas', me contó, y en esa frase corta se condensan los almuerzos que no se dio, los gustos que se sacó y las salidas que postergó, que son, en definitiva, la materia prima con la que se hacen los sueños que después vemos inaugurarse con una foto en el diario.

Cuando le pregunté qué era lo que más le importaba del proyecto, antes de que pudiera contestarme del todo me miró fijo y me dijo, casi sin levantar la voz, que lo que más le importa es que quienes entren a La Fonda perciban algo que él tardó años en volver a sentir después de dormir en la calle: un lugar donde estar a gusto. Esa palabra, 'percibir', me quedó rebotando en la cabeza mientras me retiraba del local, todavía con el ruido de las herramientas de los últimos arreglos de fondo, porque sintetiza, a mi entender, todo lo que esta historia tiene para enseñarnos. Que a veces lo que uno necesita no es solo comer rico, sino sentarse en una mesa limpia y sentirse, aunque sea por un rato, parte de algo. Y si el barrio Mariano Moreno, que es un barrio obrero y querible de Neuquén, le regala a Ezequiel esa posibilidad a partir del sábado, entonces esta nota, más allá de los números y los horarios, termina valiendo la pena. La Fonda queda en Mitre y Correntoso, ahí nomás, a metros de la casa de su dueño, que es la mejor forma que conozco de cerrar un círculo: dormir a dos cuadras del sueño cumplido.

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Ariel Da SilvaSociedad y vida cotidiana

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